miércoles, 6 de noviembre de 2013

EL DÍA QUE ME SEPARÉ DE C.B., EL CRÍTICO. I

Una noche Philippe Noiret apareció en mi sueño. Lloraba de forma amarga, inconsolable, a la manera de un niño o de quien ha perdido algo para siempre. Por favor, escúchame, he venido a ti esta noche para pedirte un favor, no, no es un sueño, no a la manera que piensas, estoy en este mundo en el que  sueños y cine son lo mismo, pero no es tu voluntad, no es tu subconsciente el que fabrica esta historia, soy yo, unos días Alfredo, otros Pablo Neruda, quien te pide auxilio. Como una alucinación, de repente, cesó su llanto y con cara de pequeño cartero, de proyectista de cine de barrio, me susurró con la voz de una banshee su súplica.

Fueron tan extrañas aquellas palabras, fue en un idioma tan olvidado, tan oscuro, tan perdido en las brumas del tiempo y de las islas, que creí no haberlo entendido. Pero aquel mismo día, un miércoles cualquiera, entendí su mensaje mientras veía un capítulo de The Walking Dead. Algo o alguien nos ha quitado la identidad a los actores, ya no somos nuestros personajes, ya no somos nuestras creaciones; quizás de esto se salve algún director, quizás de esto se salve alguna película; pero el cine está muriendo. Salvadlo.

En realidad no creí ni una de las palabras que yo mismo había querido entender, ¿quién era yo?, ¿un cinéfilo? ¿un entendido?, ¿acaso un Bastian Baltasar Bux para el cine?, ¿qué poder tenía? No podía ser sino una fantasía más, un sueño más, y seguirlo conduciría a una decepción más de este seguidor de deseos demasiado altos para él.

Pero aquella noche volvieron a aparecer en sueños varios actores. En realidad fueron actrices. Cogidas de la mano, unas veces sentadas en sofás, otras caminando al paso de una melodía lenta y armoniosa, pasaron Julia Roberts, Audrey y Katharine Hepburn, Kim Novak y Maureen O´Hara. ¿Sabes dónde está en el peligro? En aquellos que me premiaron por Erin Brokowich, odio esa película, jamás entendieron mi trabajo en otras películas, ¿crees que estuve mal en El Estanque Dorado?, ¿crees que era una película cursi?, ¿te pareció demasiado hippy Todos rieron?, ¿solo disimulé que era mala actriz cuando me dirigió, y torturó, Hitchcock?, ¿acaso todas nuestras películas de madurez, todas nuestras películas en color, todas las películas bien hechas son malas?, ¿acaso mi trilogía irlandesa de mineros, hombres rudos y católicos socarrones fue un mal legado?.

No sé qué me condujo a deducir lo que debía deducir, a concluir lo que concluí. (Perdonen esta intromisión en la lectura, pero me encantaría que se dijera, lo que concluje; sin duda, más basto, más hiriente a la garganta y al oído, sin duda más concluyente) No lo sé, había algo que me mantenía en un estado de gracia casi hipnótico, en una situación de visionario, de vidente, que me llevó al resultado. La crítica, la que forma opiniones; la crítica malsana, la que es ególatra; la crítica, la que se regodea en las formas desagradables, en aspectos visuales sucios, la que levanta a los directores con vocación de torturadores, ora por aburridos, ora por explícitos, ora por necios, esa es la que mata, no al cine, sino las ganas de ver cine.

Sabía quién era mi objetivo, el gran crítico, C.B.; pero no sabía donde buscarlo. Me vestí, como no debía ser menos en esta ocasión, con traje, corbata, gabardina y sombrero, un fedora, y una Smith & Wesson en mi bolsillo; vestí de blanco sucio, grises y negro los días y fui en su busca.

No lo encontré, luego supe que fue porque lo busqué en los clásicos, en El Sueño Eterno, La Fiera de mi Niña, o Historias de Filadelfia. Podía haberlo buscado en la Blancanieves española, pero ahí me habría quedado sin palabras.

Acababa de empezar la búsqueda y ya estaba agotado. Supuse que en vez de encarnar a un personaje de cine negro, esta vez debía planificar mi búsqueda mejor y fui descartando. No buscaría en los películas animadas, ni en las de Walt Disney, ni en las de Pixar; y aunque Persépolis, Chico y Rita o Vals con Bashir fueran otra cosa, creo que perdería el tiempo. Tampoco las de aventuras, si alguna vez C.B. fue niño y soñó con ser un Jedi o llevar espada láser, ya lo habría olvidado. De las policiacas me quedaría con las del estilo a Teniente Corrupto; de ciencia ficción jamás con las americanas, jamás con el Tarkowsky de Polaris, si acaso con coreanas como The Host. De cine con sentimientos, nunca de una cinematografía conocida como la española, la inglesa, la alemana, la francesa o la italiana; tendría que ser iraní, pakistaní, peruana o estadounidense del circuito independiente. En fin, mi selección tendría que ser en los mercados menos trillados, en los cines menos reputados, quizás en directores ya decadentes. Pero también tendría que estar atento a la arbitrariedad, a pensar en que podría encontrarlo en películas menores de Scorsesse como El Aviador, en el cine de Amenábar, en el de Alex de la Iglesia. También en que podría encontrarlo en alguna película de Woody Allen, presto a destripar a su autor; en alguna película de directores noveles a quienes destrozar o encumbrar por capricho.

En fin, mi búsqueda no sería sencilla. Un ser de criterios arbitrarios como él podría estar en muchos sitios o en ninguno; adorar lo nuevo u odiarlo; respetar los clásicos o reirse de ellos.

Como es de suponer, no fue fácil mi periplo, pero al final lo encontré. Charlamos. No sé si aquella conversación tuvo éxito pues jamás he vuelto a, ¿soñar?, con aquellos actores o actrices, jamás volvieron a mí. Y que no se preocupe el lector, si lo hay, es verdad que reemplacé la Smith & Wesson por un Colt, pero no lo usé. Una vez que localicé a C.B., paseamos por varios escenarios y acabamos en un angosto pasillo del Grand Canyon. Allí lo dejé. En la boca de aquel desfiladero esperaba Henry Fonda, sable en mano, al mando de su regimiento, dispuesto a realizar la última carga de su caballería ligera. Dispuesto a vengar la memoria de un amor otoñal a la orilla de un estanque. 

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