viernes, 22 de marzo de 2013

EL SALTO

La saltadora inicia la carrera. Un pequeño balanceo de cadera hacia atrás, estira las piernas para tomar la distancia exacta y empieza una carrera en progresión. Cuando llega a la máxima velocidad, talona y se eleva. El estadio es un clamor, su vuelo es majestuoso, lento, plácido. Aterriza como una pluma, se pliega y sale del foso.

Mientras espera la medición, su corazón la maltrata, intenta romperle una costilla para salir a ver la distancia recorrida, y lo hace en un galope veloz. Pero la saltadora lo retiene. 

Mientras espera la medición recuerda los días y días de entrenamiento. Las sesiones extenuantes de carreras, el dolor que le producía la arena áspera y fría de su estadio. Las peleas con su entrenadora, las renuncias a salir, tener novio, ir al cine...

El grito del público la impulsa a mirar el marcador, 9,00 m, ha saltado nueve metros. No es solo su record, es el record del mundo, es la medalla de oro, es lo que ha deseado toda su vida. Y salta de alegría. Salta, llora, sonríe. Disfruta.

Es un mazazo, un velo negro, la noticia de que le han anulado el salto. De que una jueza ha visto que en el talonamiento ha sobrepasado por una décima de milímetro la marca. De que es posible que haya una huella impresa en la plastilina superior a la micra. De nada sirve suplicar, pedir, reiterar, repetir mil veces que una décima no es nada, que esa jueza, sustituta, no debería tener voz ni voto, que el reglamento de la competición dice que la huella debe ser clara y ratificada por todos lo jueces.  De nada sirve pedir que le resten la micra y le pongan si quieren 8,99 m. Que no importa, pero que no le arrebaten el salto, la medalla. De nada sirve.

Un aplauso la rescata del pozo en el que se hunde. Después sabría que llevaba diez minutos llorando y de que el estadio entero llevaba diez minutos llorando con ella y aplaudiéndola a la vez. Alguien  decidió cuando anularon el salto levantarse y comenzar a aplaudir. Fue uno solo al principio, después unos pocos, al rato una zona y al poco todo el estadio. Aplauden porque han visto algo único, un vuelo por encima de la lógica, por encima de la historia. Todos aplauden, incluidos todos los jueces, a excepción de la que ha anulado el salto, ahora ya ni tan siquiera protagonista.

Y Carmen, la saltadora, sonríe. No necesita la marca, no necesita la medalla. Tiene en sus piernas el vuelo y ante sí la gloria. 

UNA CHICA SUIZA

La sabia dama suiza apenas desayuna. El pan es unas veces demasiado crudo, otras pequeño y otras es un trozo de pueblo duro y áspero que no puede tragar. El café, el que no es su café, es un engrudo.

La sabia dama suiza es sabia no por suiza, tampoco por vieja, apenas es una chiquilla pero ha vivido mucho desde los tiempos en el reducto minero. Ha visto al mundo progresar varias veces, revolucionarse, alcanzar la libertad y ahora perderla; ha cocinado banquetes, ha vivido delicias, ha degustado la gloria.

La sabia dama suiza es así, espontánea, callada, sentida y lógica hasta la extenuación. Como el campo, la nieve, los prados, el chocolate y los trenes, los puntualísimos trenes suizos.

A la sabia dama suiza a veces se le escapan algunas lágrimas. Quienes están a su lado hacen que miran hacia otro lado, pero de reojo no pueden evitar mirar y ver el reflejo de una pequeña niña suiza con un armario lleno de vestidos, de una niña que recuerda a su padre, que añora los versos recitados en el francés de su alma y que sabe que quiere que el tiempo vuele. Pero que no sabe si quiere que vuele hacia adelante o hacia atrás. 

La sabia dama suiza.

lunes, 11 de marzo de 2013

IN MEMORIAM

Dos años atrás.

Convaleciente, cuando pensaba en redactar un artículo sobre el manga, sobre Akira, y tras haber releído el relato de Murakami en el que una ola gigante devoraba a un adolescente en la playa. Aquella mañana la Tierra tembló y una ola gigante arrasó la isla de Hokkaido.

Yo pensaba en Godzilla, en el terrible y, a la vez, tierno Godzilla. Nacido del desastre nuclear, enorme, gigantesco...torpe hasta dar lástima. Pero estos desastres unidos, el natural, el que arrasó la tierra y las vidas, y el que el hombre creó, la central nuclear al borde del abismo, han sido monstruos de peor especie. Se han convertido en un desastre sordo, invisible, acuático, letal. Como un espectro mudo.

Y Japón, la Tierra del Sol Naciente fue, de nuevo, pasto de la fisión atómica.


Nueve años atrás.

Aquella mañana maldije la desconexión local para hablar de noticias rijosas porque el desastre se intuía aun sin haber visto imagen alguna. La voz de los periodistas temblaba desde Atocha, cuando se creía que solo Atocha había sido el objetivo. Mi mente daba vueltas y vueltas al hecho de que, fuera cual fuera el tren atacado, tan solo dos años y medio antes, era uno de mis medios habituales en la desconcertante Madrid.

Fue inevitable elucubrar, dudar, recordar al terrorista vasco detenido poco antes en un tren portando explosivos. Inevitable recordar el once de septiembre en Nueva York. Inevitable pensar en la invasión de Bagdag. Inevitable pensar que el mundo volvía a ser un lugar lleno de maldad, dolor y horror. Fue inevitable llorar.

La melodía de un Nokia sobresaliendo de un vagón reventado nos llevaba al otro lado de la línea, a la llamada angustiosa, a la búsqueda de alguien. ¡Dios Mío!, ¿dónde estás? ¡Por favor!, ¡por favor, coge el teléfono!, ¡por favor! Y el silencio. El silencio junto al ensordecedor ruido de sierras cortando el hierro, el de los bisturíes cortando en la carne herida y el de la angustia y la muerte cortando las almas.

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Tal día como hoy, once de marzo. Y desde entonces, desde cualquier entonces, el mundo solo ha sido peor.
Y desde aquí, desde esta tierra, parece que nuestro único destino es llamar algún día a las puertas del cielo.



[...] It's getting dark too dark to see
Feels like I'm knockin' on heaven's door[...]
[...] That cold black cloud is comin' down
Feels like I'm knockin' on heaven's door
Knock-knock-knockin' on heaven's door
Knock-knock-knockin' on heaven's door

miércoles, 20 de febrero de 2013

EN EL LADO DEL CONTRARIO

El día que escuché la palabra empatía, tal y como se explica, ponerse en el lugar del otro, decidí hacerla mía.

La ocasión llegó pronto. Tan pronto como llegan los conflictos, tan deprisa como un vendaval de problemas. Y decidí ser empático.

Me imaginé a un lado de una mesa y al otro lado a mi contrario, al que para tener fuerza en mis argumentos hasta ese día traté como mi oponente. Y me imaginé pensando en lo que él pensaría en cada una de mis argumentaciones. Y me imaginé contestando como él y como yo. Y como yo imaginaba que mi contrario era bueno, por tanto debía ser empático, entonces él pensaría en lo que yo, a mi vez, estaría pensando. Y yo estaría pensando en lo que él debería estar pensando sobre lo que yo pensaría. Y así estuve, como la flecha a la que siempre queda la mitad del camino. Paradoja que nunca entendí ni con la flecha ni con la pobre tortuga.

Sí. Fue más fácil imaginar un tablero de ajedrez. Yo con blancas y mi contrario con negras. Y solo supe hacer la primera jugada sin pensar, adelantar un peón. Luego me imaginé en el lugar de las negras, pensando en lo que debería hacer para contrarrestar el movimiento del peón, sabiendo que el contrario de ese momento, yo mismo, el de las blancas, movería un alfil si yo, el otro, adelantaba el peón del alfil y que movería un caballo si era otro peón. Y pensaba y movía condicionado por la condición impuesta por la condición a la que yo imaginaba que el contrario se había condicionado por mi apertura. Y así la partida de ajedrez se movió de lado a lado del tablero, sin avanzar, sin  riesgos, sin ataques ni sorpresas. Y así ni siquiera hubo tablas sino un baile de piezas por el tablero, una extraña concordia en la que los peones blancos y los negros jugaron a la pelota usando de porterías las torres, la realeza realizó un picnic y los caballeros alfiles conspiraron en una esquina del tablero. Y los caballos, por fin, retozaron.

Y fue tal mi ensoñación. Y fue tal mi empatía, que el tablero de ajedrez se materializó. Y yo me movía de un lado a otro del tablero, todo hay que decirlo, ante el asombro de mi oponente, el pobre antiempático, que no podía imaginar lo que yo hacía. Y ante la consternación del juez quien resolvió a favor del otro, no por no hacer caso a mis argumentos, que eran los míos y los contrarios, las respuestas a los contrarios y las réplicas a la respuestas, todo eso a la vez, y, en suma, nada. No, el juez resolvió a favor del contrario, que supo no ser yo, por aplicación del principio de indeterminación de Heisenberg. Y sentenció : "Es posible saber donde está la parte y es posible saber qué argumento muestra, pero no ambas cosas a la vez".

lunes, 4 de febrero de 2013

CAMISAS Y TRAJES

Ni siquiera nadie los llama documentos, sino papeles. Los papeles del pepé.

Es posible que sean un fraude. Deberíamos admitir esta posibilidad, pero en este estado de las cosas, es difícil pensarlo.

Me asombran cosas de esta documentación, muchas cosas. Casi lo primero que pienso es en qué razones tienen estos cargos públicos, que en su mayoría cobran salarios jugosísimos, para ocultar una cantidad, para ellos, menor. No creo que el objetivo sea ocultar nada al fisco, más bien parece una maniobra para ocultar la existencia de dinero que no debería llegar a la cuenta de ningún partido. Algo  ilícito e inmoral y que como un secreto ha sido repartido, no para el partido, sino para algunos de los del partido. Y es significativo que quienes han alzado la voz para verificar algún pago han sido solo los que han cobrado cantidades menores o los que les han dado un fin claro o lo han tomado como un préstamo.

Me asombra también que se desvele esto a un periódico. Cualquier imputado en un caso de este tipo daría al juez o al fiscal esta documentación con el ánimo de pactar una pena reducida. La intención parece clara, si fuera documentación falsa es la de hundir el prestigio del diario que las publica. Como ya pasó con Der Spiegel y los Diarios de Hitler. Imaginemos que fuera información veraz, secreta, pero cierta; el abanico se abre y aparecen algunos nombres, algunas conjeturas, venganzas internas, retorcidas conspiraciones. Pero quien haya sido el que las ha revelado, ha querido que fueran publicadas, que su repercusión fuera la mayor posible. Y esto suena a venganza, a moriré matando; o a mí me hicistéis esto, ahora vais a pagar; o en una maquiavélica conjura para que algún lider caido vuelva por sus fueros como salvador y regenerador del partido y de la clase política.

Es raro ver como este asunta afecta solo a personas que tienen una situación acomodada. Que cuentan con un rico patrimonio famililar y que no necesitan de los ingresos por su trabajo para llevar una vida aburguesada. Es raro porque no estamos hablando del lucro indecente del que tiene cuentas en Suiza, sino de la miseria por la que se corrompen. No estamos atacando a los que se corrompen con tal de mantener un sueldo que es su sustento de vida, o el que le permite acceder a una vida un poco más fácil. Hablamos de personas que pueden considerar este dinero oscuro como un extra para caprichos. Es raro porque, aunque el destino de este dinero fuera gastos de representación, viajes, comidas, trajes o corbatas, obligaciones que su actividad pública condiciona, de alguna manera entienden que esto va por cuenta de los demás, que su manutención e imagen corren por cuenta de todos, que ellos ya tienen bastante con figurar. Y es raro porque desde su posición defienden que los políticos no cobren, con lo cual, ¡ay, jacobinos!, tan solo quienes tengan una vida asegurada por la familia o el matrimonio podrán dedicarse a la política, a servir a los demás. Mala cosa predicar la austeridad, implantar medidas populistas y estar podrido a causa del dinero. Y de la infamia.

No creo en los movimientos espontáneos que piden una regeneración absoluta de esta democracia. Me dan miedo. No sé qué se oculta tras ellos. Y no creo, por más que todos los indicios conduzcan a ello, que todos sean los políticos sean iguales, ni que el sistema no pueda funcionar. Por increíble que parezca, pienso que hay todavía ideales, vocación de servicio y honradez. Al menos un indicio de que algo hay es que sobresale parte de lo que ocurre y esta parte se está haciendo pública. Soy pesimista y pienso que quedará en poco lo que de aquí salga; serán apartados algunos políticos de aquí y allá, tendrán una condena leve, y, con el tiempo, volverán a sus feudos a hacer lo mismo. Respaldados por los que no hayan sido condenados, porque habrán servido de escarnio público y limpiavergüenzas, y sabrán que los demás siempre les deberán sus silencios. 

Es triste que en la situación de ruina que vivimos tengamos que ver el expolio constante; el cambio de favores por bolsos de marca, por tratamientos de peluquería, por viajes en cruceros horteras, por satisfacer las más ardientes fantasías de marujas y marujos. Porque no es otra cosa sino vivir como personajes de telenovela lo que consiguen.  

Quizás alguien debería escribir algún manual para políticos, al modo de las vidas de santos. Y en él incluir discursos y dialéctica en las Cámaras, valor ante los asaltantes, pulcritud y honradez, ejemplos que se pueden sacar no solo de la democracia griega, de los senadores republicanos romanos, del parlamento revolucionario francés, del inglés que frenó el absolutismo,... También hay ejemplos y, muchos, del Parlamento y del Senado español. Sin ir más lejos, la de un Presidente del Gobierno, que en el siglo XIX vivía en el edificio de las Cortes, quien había reunido a un grupo de periodistas a mediodía, que no lo dejaron ni un segundo durante varias horas y que, muerto de hambre, tras comprobar que todos los periodistas habían almorzado pidió a un ujier que bajara al café más cercano y encargara para él un filete con patatas, vino y café para todos. La primera sorpresa de los periodistas fue comprobar como aquel Presidente no contaba con un cocinero y sirviente propios. La segunda fue ver como al llegar el camarero, el Presidente abríó su chaleco, sacó un duro de su bolsillo y pagó con él. Nadie habría imaginado comida tan frugal para un alto mandatario y, menos, que él mismo se pagara su manutención.

Ejemplo para muchos políticos. Pero alguna vez deberían dejar de pensar en los trajes y leer.

miércoles, 16 de enero de 2013

SOCIALISMO SENTIMENTAL

Imagino que esta entrada no será corta. Espero que no, si doy con la tecla de lo que quiero contar. También, si consigo acertar, aspiro a no desanimar al eventual lector.
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La idea de escribir sobre el socialismo me la han dado por igual tres cuestiones que se me han planteado, una sobre los liberales, otra un vídeo soez de un profesor de economía que decía que la caída del Imperio Romano la provocó el socialismo y una tercera que suponía una pregunta conyugal sobre lo que yo soy, en términos políticos o ideológicos, se entiende.

Ya hace años, hubo un tiempo en que no sabía qué eran las derechas o las izquierdas. Un día era de un bando y al siguiente de otro, dependía de lo que oyera a mis amigos. Quizás un comic, Rusia en Llamas, me hizo entender de una forma muy emotiva cuál era mi lado. Y poco tiempo después en el 82, algunos amigos nos emocionamos con la primera victoria del PSOE. Era una época distinta a esta, y siempre recordaré que en unas elecciones anteriores, ante mi pregunta de qué era un mitin, mi padre me llevó a uno con Alfonso Guerra y Felipe González.

Cuando ya había leído Rusia en Llamas, comprado con los ahorrillos de muchas semanas, y asistido al primer mitin de mi vida, el partido comunista ganó la alcaldía de Córdoba. Aquello desató una oleada de miedos en la ciudad como yo jamás había visto. Y sirvió para que la gente mayor contara muchos horrores de la guerra y algún otro milagro con el arcángel San Rafael despistando a las tropas rojas. Así que mi inclinación hacia la izquierda se tambaleaba porque se contradecía con la natural e incuestionable fe religiosa.

Pero muy poco después, en el año 1982, la visita del Papa me fue indiferente, no así la victoria socialista en las generales. Creo que para esa época había decidido ya el lado sentimental en el que encontrarme y, cuando en Historia, estudiamos los siglos XVIII y XIX, creí encontrar apoyo y justificación intelectual a lo que creía, y, podía ya decir, sentía.

Me resultaba imposible leer sobre ciertas partes de la Historia y no sentir simpatía por los marginados, por los que han estado al margen del poder, de los favores de los regímenes y de los sistemas. Mirar con ojos alegres sus conquistas, sus luchas, sus rebeliones, significaba, de forma automática, mirar con antipatía, y odio, a la parte contraria, al poder absolutista de monarcas, imperios, Parlamentos, tiranos y dictadores. Ahora sé que era, y es, una interpretación personal y sé que al mirar los mismos hechos otros ojos no ven lo mismo. Y sé que, incluso mirándolos con los ojos de derechas, algunas de las conquistas de libertad y de lucha contra los reyes absolutistas tienen tal grandeza que nadie las discute ni las considera del otro sino de la humanidad.

Pero sobre lo que he contado de mis ideas, escoradas hacia babor, no existe nada de lo que se pueda deducir de qué pie cojeo exactamente. Sí que es el izquierdo, pero ¿de qué izquierdo?

Cuando hablo de mis vivencias se entiende que transcurren en una época de transición política en España y no creo que disten demasiado de las de otros; cuando hablo de mis lecturas tampoco creo que puedan distar de las de otros, al fin y al cabo a lo que he tenido acceso ha sido a una oferta poco marginal de libros, revistas o comics respaldados por cierto éxito; así que mi modelado interior no puede ser muy distinto al de otros. Ni tan siquiera cuando hablo de Historia, o historia, cuando hablo de los marginados, de los oprimidos, puedo dejar de pensar que nadie con algo de conciencia, de derechas o de izquierdas, pueda sentir, al menos, algo de compasión por estos grupos. Y pienso en los ideales de los partidos políticos, y casi todos, en su origen, luchan contra la injusticia.

Creo que la forma más ordenada de expresar lo que intento contar es contestar a las tres preguntas que me planteaba al principio de este entrada. Lo correcto es empezar por los liberales y, dado a ser ordenado y canónico, por aquí empiezo.

Liberales.

Yo veraneaba en Cádiz, dos veces en el siglo XIX, refugio de liberales. Así que me interesaba mucho la historia de la Constitución de 1812 y la de los Cien Mil Hijos de San Luís. Y las veces que estudiaba la Constitución de 1978 siempre se comentaba la herencia de la Pepa en el, por ahora, nuestro último texto constitucional. Y más que poder emanado del Pueblo, de ambas emana cierto estado de felicidad. Algo que convierte a ambas en algo hermoso, sin saber muy bien por qué.

Recuerdo además una pregunta a la que no supe responder hasta hace muy poco, a qué responden, qué influencia tienen las corrientes históricas y las filosóficas en las constituciones españolas. Cierto es que ahora mismo, con la intención de no ser pesado ni pedante, es imposible citar fechas de los textos que hay entre ambas, todos aquellos textos que se redactaron en el siglo XIX y que fueron poco más que leyes de organización. Para lo que quiero contar me interesa mucho más la de 1812.

No creo que hubiera existido esta Constitución sin hitos anteriores, sin la Revolución e Independencia de Estados Unidos, sin la Revolución Francesa y sobre ciertas ideas filosóficas como el utilitarismo de Hobbes.

Yo entiendo las revoluciones citadas como la consecuencia de una lucha de poder entre la burguesía y el poder de una monarquía anquilosada en maneras y modos antiguos de gobierno. Son los colonos los que no entienden por qué deben pagar a un rey que está tan lejos, que no ayuda a su tierra y que los embarca en guerras que ellos sostienen con su trabajo. En Francia ocurre lo mismo, no es el pueblo, el vulgo llano, el que se rebela; una clase no aristocrática, harta de pagar las guerras de un rey que los mata de hambre, harta de dejar que sean sus hijos los que deban servir en el ejército sin poder mandarlo, se rebela. Y de fondo la idea de que el individuo debe ser feliz, y de que para ello tiene derecho a prosperar sin que importe la clase social adquirida al nacer y considerando que es posible alcanzar la felicidad individual siendo útil para un colectivo mayor, por ejemplo, la sociedad.

Así que los liberales en el norte de América, en Francia y en las Españas europea y americana, solo buscan algo que ahora nos parece tan elemental y esencial como la vida. Tan solo reclamaron libertad, voz, capacidad para decidir sobre su destino, su vida y su hacienda. Y fueron por ello liberales, los abanderados de la libertad. En contra a quienes tenían era a los conservadores.

Hoy en día, la palabra liberal tiene otra acepción. Que no deja de ser curiosa y paradójica. Los liberales buscan libertad económica ante todo, no quieren que un "Estado opresor" les obligue a pagar impuestos, no entienden que deban pagar seguridad social para pensiones o salud o seguridad. Creen que el individuo debe prosperar por sí solo y que por sus medios y su trabajo debe conseguir bienestar, cuidados, seguridad,...

La idea de que se deba premiar el esfuerzo individual no solo es buena, es estupenda. El problema no surge cuando el individuo se esfuerza y consigue acceder a un plano diferente, a una vida más cómoda, sino en que esta extrema idea liberal conlleva que para que uno medre debe sacar ventaja a otros que no la conseguirán. Y ataca una idea tan primordial y tan básica como la de la libertad del individuo, la cooperación. Es cierto que no podemos considerarnos solo hormiguitas luchando por el bien de la especie humana, también lo es que los logros de los que ahora disfruta la sociedad han venido de la transmisión de conocimientos, de formas de vida, de especialización en trabajos para los que es necesario articular una sociedad.

En tiempos el señor feudal contaba con un arma, la fuerza, el ejército, para vivir por encima del grupo; y la supuesta protección que brindaba en su feudo le permitía toda clase de desmanes. Hoy en día ese arma es el dinero, el poder económico, la posibilidad de contratar, mejor dicho de emplear, a gente y la posibilidad de con eso los trabajadores accedan a lo básico. Y, una de las paradojas, lo que vale para el que tiene el dinero no vale para otros. Porque una de las premisas es, si quieres ganar más, trabaja más. Sí, regla de tres cierta, salvo para el que tiene un salario al que se le dicen si no quieres perder tu salario vamos a rebajarlo, si no quieres perder tu salario trabaja más horas, si no quieres perder tu salario renuncia a tus derechos.

Pero este mundo liberal, que se sostendría ideológicamente si extendiera su premisa de la libertad e igualdad individual de forma universal, falla. Y falla porque parte de supuestos como la herencia o el acceso de ciertos individuos a elementos de formación mejores a los de los otros y porque necesita de extensos lugares en los que estas reglas no funcionen. Expliquémoslo. Es claro que un individuo debe formarse, y es claro que si quiere alcanzar un determinado objetivo su formación debe ser mejor. Pues, en el universo liberal, la mejor formación, como lo entienden, es la privada. Para acceder a ella el individuo no depende de sí mismo sino de su familia. Primera ayuda que invalida la idea de que el individuo puede ser lo que quiera por sí mismo. Ayuda que se repite con los contactos profesionales a los que pueda acceder, la sanidad y la imagen que puede permitirse o el dinero con el que pueda contar para iniciar cualquier proyecto. Es decir, el individuo podrá ser individuo y ejercer su libertad solo cuando haya recurrido a una estructura que no depende de él. Pero desde el punto de vista de las naciones podemos pensar en algo equivalente. Para que Alemania, Francia, Estados Unidos o, incluso, España prosperen, es necesario que en naciones como China el reconocimiento de la libertad individual no se permita. O que África o la América andina no tengan cubiertas ni tan siquiera las necesidades básicas para la subsistencia.

Así que de aquellos liberales que hicieron de la Ley, el Estado y la Razón su bandera; de aquellos liberales que lucharon por conquistar la libertad del hombre y dejaron de ser siervos, esclavos y súbditos para ser ciudadanos poco queda. Tan solo un nombre. Simpático, pero tan solo un nombre.

La Historia. El Imperio Romano.

El franquismo, y la educación que permitía, hizo mucho daño. Imagino las clases de Historia que se permitían. Lo que no imaginaba es que un profesor de Teoría Económica en pleno siglo XXI podría llegar a tal punto de visión cerril como para culpar al socialismo de la caída del Imperio Romano.

Un niño diría que ¡vaya tontería, el socialismo no existía en aquella época! No soy tan idiota como para quedarme ahí. Entiendo al profesor, quiere decir que un modelo similar al que el socialismo mantenía en España colapsó el Imperio. Yo sin entender de Historia lo rebato. Por cierto, el mismo niño de antes diría que Jesucristo fue el primer comunista.

La tésis del vídeo era que la burocracia, la corrupción y el engrosamiento del Estado acabaron con la maquinaria del Imperio. La analogía era clara, para quien quisiera verla así, con la etapa socialista del siglo XXI. Y la tesis de que el Estado estaba burocratizado y lleno de funcionarios indolentes e ineficaces también. No quiero ni pensar en que también se refería el profesor a la supuesta teoría de algunos historiadores que vieron como causa de la caída romana el supuesto afeminamiento de la sociedad. O la llegada de inmigrantes.

Entonces, debía ser que el mal de la burocratización, el exceso de dirigentes públicos, de agentes intermedios en cada intervención administrativa era un mal exclusivo del socialismo. Por tanto erradicado el socialismo estará erradicado el mal.

Sin embargo, la carga burocrática que se soporta en España no proviene ni de lejos, ni del siglo XXI, ni del último tercio del siglo XX. Ha sido una mala concepción del Estado la que ha provocado triplicidades y tetraplicidades en las competencias que asumen las Administraciones y eso ha sido culpa de varios de los llamados pactos de Estado en los que comparten responsabilidad todos los grupos políticos y los nacionalismos que no han sabido compaginar una identidad de pueblo, de país, de nación, o de identidad territorial con esquemas eficientes para políticas de economía o sanidad. Es más bien un mal de la democracia.

También fue un mal democrático la forma en la que se dignificó el trabajo del funcionario. Es decir, considerar a los servidores públicos trabajadores importantes de una organización necesaria y, como tales, reconocerles los mismos derechos laborales que al resto de trabajadores fue algo tan de razón como beneficioso. Y estuvo bien, restarles el poder omnímodo que en cierta época tenían los que colmaban los puestos de relevancia; aquellos que se consideraron ajenos a toda ley. El problema no fue aplicar el raciocinio y la justicia a la función pública, estuvo en mantener anexa a la Administración miles de puestos para afines a los partidos o a los que podían contratarlos.

Y ha sido también un mal nacido en los últimos años el que la Administración, cada vez más flaca de medios, y cada vez más obligada a asumir nuevas funciones haya solicitado cada vez más servicios de de empresas privadas.

Estos supuestos males han sido la punta de lanza de opiniones retrógradas y conservadoras para considerar que el Estado en sí es un mal. Y es más, si se piensa bien, la retórica empleada da una idea muy clara de qué piensa el responsable del video. Imperio, ¿qué nos dice esta palabra?, ¿qué tiempos de España evoca? Burocracia, ¿se refiere con eso a la casta política? ¿se referirá acaso con eso al oficial de juzgados que no puede ni etiquetar expedientes?

Así que esta teoría tan débil no se sostiene. No la que se refiere a las causas del declive latino, sino la que la asimila al socialismo las malas prácticas de una civilización basada en la dominación, la sumisión, la fortaleza militar y la esclavitud. ¿Por qué? Porque de alguna forma lo que persigue es desacreditar la idea misma de Estado, la manera de formalizar la cooperación entre personas y de ser gobernados por iguales con la posibilidad, poco probable pero posible, de convertirse en gobernante de los iguales. Y, de alguna manera, deja entrever que los servidores públicos no electos forman una increíble camarilla de personas que no aportan nada a la sociedad y que son deudores de favores por ocupar ese puesto.

Es posible que nadie le haya dicho a esta profesor que tras el Imperio Romano en Europa se inició la Edad Media, los Años Oscuros. Y es posible que nadie le haya dicho que tras la organización imperial, la burocrática, llegó la sociedad feudal ¿Hará alguna analogía este profesor con los nuevos señores feudales?, ¿con esos que ahora heredan y regalan partidos, comisiones y feudos?, ¿con esos que ahora deben vasallaje a las grandes corporaciones y a los mercados?, ¿con esos que ahora nos consideran siervos?

Lo que soy.

La pregunta surgió hace años. Hablábamos sobre qué votar en unas elecciones generales y yo dudaba. Entonces me preguntaste, ¿tú qué eres? Y no supe contestarte.

Una vez decidida la afiliación a la izquierda uno se debate entre varias familias: socialdemocracia, socialismo a la europea, socialismo a la cubana, comunismo en sus múltiples formas... Y yo siempre he dudado en dónde quedarme.

Tengo clara la diferencia entre el comunismo utópico, ese estado final de igualdad social inalcanzable, y sus aplicaciones en distintos países. Ninguna, claramente, ninguna, me gusta. Ninguno de los regímenes impuestos ha conseguido pasar a una fase posterior y han prolongado la dictadura del pueblo, convirtiendo esta fase en épocas de Terror, de sometimiento y de dictadura personal. No es necesario recurrir a Pol-Pot, a Ceaucescu, a Mao, a Stalin. Tampoco los regímenes nicaragüenses o cubano me parecen la mejor de las aplicaciones prácticas de una idea filosófica. Así, que mostrando mi simpatía por el comunismo filosófico, por la igualdad de hombres universal, abomino de los regímenes comunistas que conozco.

El anarquismo me parece también una idea pura. Una idea, quizás inaplicable y contradictoria. Pretende que el ser humano sea libre, que no haya ataduras, deberes, trabajos,... y va contra la idea misma de la cooperación humana. El anarquista puede vivir en esta sociedad, pero sin esta sociedad de la que necesita y, a la vez, quiere destruir no puede vivir. En caso de desaparición de la sociedad la idea es implantar otra de caracter comunal. Es decir el anarquista quiere derribar unas barreras para construir otras, iniciar una sociedad casi de caracter tribal, volver al principio de la Historia. Para ver si, de alguna forma, esta vez hay más suerte.

No. Adoro a los anarquistas de verdad, los que saben vivir sin nada, o trabajando en el momento justo, los que detestan la propiedad, las normas, las reglas, las imposiciones. Es cierto, son personas y espíritus libres. Pero solo pueden progresar como individuos, su idea no es extensible a una sociedad, a una forma de gobierno.

Y, parece que por descarte, queda el socialismo. Pero no es así. Se trata de una elección basada en otros hechos.

Desde que en 1985 descubrí que había corrientes socialistas que conciliaban el socialismo científico, conocí la calidad de vida de los suecos, a pesar o gracias a la gran presión fiscal, y supe de que el socialismo europeo había renunciado en los años setenta a la violencia, entonces encontré una vía para encuadrar mis ideas.

Quizás lo que me ha gustó del socialismo sueco y del alemán ha sido la ausencia de dogmatismos, la ausencia de elementos de presión al grupo, el intento de desarrollar la libertad del individuo dentro de la sociedad. Lejos de las grandes boutades de la gauche divine, y de sus incongruencias, que decían que ellos querían un socialismo con angulas o caviar para todos, y que vivían en comunas en la Costa Brava o Ibiza sostenidos por grandes posesiones y fortunas familiares, es posible encontrar un equilibrio entre el desarrollo personal, la libertad de elección, el progreso,... y la comunidad organizada que pide más a quien más tiene y que gestiona de forma comunitaria bienes y servicios que, sin el aporte de todos, serían para una minoría.

He aquí la política. Las siglas PSOE han desvirtuado la idea socialista. Han creado en España un modelo de gestión y de pensamiento único, a veces verdaderamente de gilipollas, que han dañado la posibilidad de que nadie vea en el socialismo algo distinto a épocas de dominio de una casta política sin formación ni ideales. Este no es el socialismo que defiendo.

Tampoco, aunque sus ideales sean más cercanos a los del socialismo que los del PSOE, ha conseguido IU desembarazarse de la inercia que supone una historia lastrada de crímenes y dictaduras. Y la defensa ciega que realizan de Venezuela, Cuba, Bolivia o Ecuador, sin mirar al populismo, y a las flaquezas de sus líderes tampoco ayuda a sentir en IU el adalid de mis ideas.

Así que ahí estoy. Socialista sin partido. De izquierdas de corazón, pero con ideas que no casan con el pensamiento único de la izquierda española. Para mí no siempre un rico es un enemigo y un pobre un amigo. Mis amigos son de un lado y de otro; entiendo más la honestidad, la bonhomía, la franqueza y las vivencias comunes como los elementos en los que se forja una amistad. Al igual que entiendo que la Justicia, no la ley, que la Prosperidad, no el enriquecimiento, que la Igualdad, no la igualación, forjan mi pensamiento político.

Por eso soy un socialista sentimental.

viernes, 28 de diciembre de 2012

CRÓNICA DEL FUGITIVO.

Supimos de él a través de de las redes sociales. El fugitivo huyó de nosotros y de todo, salvo de sí mismo y de su incansable verborrea y forma de llevar la contraria a todos. Unos días antes habíamos descubierto como se había ido desprendiendo de todo lo antiguo. Y era obvio que nosotros estábamos en ese conjunto de cosas antiguas.

Nadie imaginaba que día tras día deshiciera todo lo hecho, retornara por todos los caminos emprendidos alguna vez y cortara todos los lazos que lo ataban a algún pasado. De unos se despidió con un escueto adiós. De otros tomando unas copas y de los demás no se tomó la molestia.

Embarcó. No es que fuera gran cosa el barco pero valía para aislarse. Hasta que al abrir la bolsa de la comida descubrió su móvil y el cargador. Durante días pensó en lanzarlo al mar y una mañana estuvo a punto. Mirando el teléfono antes de tirarlo recibió un whatsapp. La antena del sistema de localización le proporcionaba cobertura. Sin abrir el mensaje se metió en la cabina de popa y acarició la superficie lisa del teléfono.

Ahora solo sabemos que navega sin rumbo conocido. Que escribe sin ton ni son y que opina de todo. Del pescado que comió, de la cebolla liofilizada que usa, de la maroma que ata la vela que en realidad se llama jarcia, de las dársenas de los puertos... 

A veces habla de la soledad que siente, de lo que ansía fondear en algún puerto. Y entonces, solo entonces, lo entendemos.     

viernes, 16 de noviembre de 2012

LAS COSAS QUE NUNCA TE DIGO.

Sé que cuando tengo ganas de decirte
estás guapa, te quiero,
te quiero así,
feliz,
me callo.

Sé que debería decirte a menudo,
me gusta como haces las cosas que tú haces,
me gusta cuando estás despistada,
libre,
y no ejercito este derecho a pedirte,
abrázame en la forma en la que me gusta que tú me abraces,
bésame como me gusta que tú me beses,
acuéstate a mi lado y martirízame con el frío delicioso de tus pies.

Sé que no siempre soy yo el que callo,
hay días en los que te cuento esto como un ruido de fondo,
como un murmullo que acalla
el timbre de un teléfono,
la melodía de Violeta
o un absurdo y dulce reclamo infantil.

Sé lo que me gusta tu piel,
que yo sé suave y cálida.
Sé lo que me gusta el arco de tu espalda,
el que yo creo que parece hecho para mí,
para que me acople y me reciba.
Sé lo que me gustan los días en los que te veo,
tranquila,
amable,
dulce,
serena,
alegre,
o todo lo contrario.

Sé que son estas,
y las otras,
las cosas que me gustaría decirte,
recitarte.
Y nunca te digo.
Aunque nunca no sea nunca.

miércoles, 17 de octubre de 2012

A LA SOMBRA DE MURAKAMI

En Almodóvar vivía alguien a quien llamaban el Feo Gómez. El Feo Gómez era raro. Y extraordinario. Tenía barba, una casa decorada a lo árabe, vivía con su padre y unos gatos y bebía té. Yo tendría unos tres años y medio o cuatro cuando visité aquella casa en la que no había ni un juguete.

La habitación a la que me llevaron era pequeña, tenía muchos libros y alguna que otra estrella de ocho puntas en la madera de la contraventana modulaba la luz. Allí me quedé, esperando por una eternidad algo con lo que jugar, hasta que llegó un gato y se recostó contra mí.

Mientras bebían té decidieron venir a verme. Recuerdo aquella tarde como la primera en la que no merendé. Y nos vieron a mí y al gato juntos.

- Tranquilo, decía el Feo Gómez. El gato no te hará nada, no hace nada.
- Entonces es manso, contestaba yo.

Se rieron.

- No hace nada porque es un cachorro tranquilo.
- ¿Por qué dices que el gato es manso?, ¿de dónde has sacado esa palabra?
- Hoy en Furia ha salido un caballo salvaje. Como no dejaba que le pusieran una silla, Furia se puso a su lado y el caballo se tranquilizó porque era manso, solo estaba asustado.
- Ya, pero un gato no puede ser manso.
- ¿Por qué no?, ¿por qué un caballo puede ser manso y un gato no?

Volvieron a reirse. Y yo sentí que se reían del gato y de mí. Pero no sabía como contarles el abismo en el que eso me sumía.

Al poco, mientras terminaban el té, el gato manso se marchó ajeno a su mansedumbre. No volví a verlo, tampoco al Feo Gómez.

viernes, 21 de septiembre de 2012

CUENTOS DEL DÉFICIT CERO. UN TERCIO MÁS.

Cuando el café está impregnando de aroma la cocina llega Pedro. Ha pasado varias guardias seguidas en varios hospitales y apenas recuerda ni de cuál vuelve ni a cuál tendrá que acudir dentro de dos días. Solo sabe que tiene ahora un poco de tiempo para disfrutar de su casa. Olga se irá a su trabajo de media jornada y la interna se llevará y recogerá a los niños del cole. Solo, va a quedarse solo. Podrá hacer lo que quiera.

Olga vuelve a las tres y encuentra a Pedro aun en la cocina, pensativo, preocupado. No quiere preguntar, sabe que es duro aguantar ciclos de cuatro días sin venir a casa, durmiendo en camas de hospital y atendiendo a gente en mal estado. Olga sabe que ayer le contó que había tenido que dejar de atender a un cincuentón en paro desde que se inició la crisis y a un marroquí sin ningún tipo de documento. A Pedro le propusieron objetar, pero el director de la Clínica lo miró y él pensó en la tranquilidad que la interna les daba en casa y en lo bueno que era que ella subiera las maletas, no estaba para rebeldías quijotescas. Olga cree que hizo lo más sensato. Pero tiene que ser duro decirle a alguien, vaya a morirse a casa, yo no puedo atenderle. Olga siente que ni un terrorista merece oir eso.

Olga mira ensimismada a Pedro, piensa que vive una lucha interior y que su juramento hipocrático le está provocando un fuerte dilema moral. Estás bien Pedro, lanza con dulzura. Sí, no te preocupes, tranquiliza el médico, estaba pensando en que si en vez de hacer lo de todo el mundo fuera al revés que el mundo podría añadir un ciclo más cada dos meses, comprarnos el coche con el deuvedé integrado en los asientos traseros y ganar este año un tercio más.