Salió, sigilosa, a estirar las piernas. Miró al horizonte, hacia donde el sol habría de caer, y emprendió la marcha. A su marido le gustaba pensar que si nunca regresó fue porque encontró el caldero de oro junto al comienzo del arcoiris y que, allí, ella le esperaría hasta que él venciera su cobardía y tomara el mismo camino. Le habrían bastado una mirada al barranco, o indagar un poco sobre aquellos buitres, para descubrir por qué se llamaba aquel paraje el despeñadero.
CREDO DE LA MIRADA
Hace 6 años
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