miércoles, 12 de febrero de 2014

TENGO FRÍO.

Sobre la arena húmeda y fría la bota de un soldado es como una prensa sobre el corcho. Cruje ahogadamente y marca una impronta perecedera. Solo si la prensa combina la presión ejercida con una duración mayor, la marca se convierte en permanente. A la huella del soldado la borrarán el barrido de una ola, la lluvia o el peso de la propia arena. Pero esto es sobre la arena. Piense, por un momento piense, en que la bota se posa sobre usted y vea como la huella permanece para siempre en su corazón.

Es la frontera. Una frontera. La mano de un hombre, de este hombre, es negra. Digamos mejor, la mano de este hombre es negra como el resto de su piel. Pero afinemos más. Una mano negra se ase a una roca de un acantilado en la frontera, pertenece a un ser al que algunos no consideran un hombre porque su piel es negra. O eso se dice porque también podría pensarse que a este hombre no se le reconoce como tal porque es pobre y vive, esto sí que es un decir, al otro lado de la frontera.

El objetivo está claro para el soldado. El intruso no puede pasar, no debe pasar, ha recibido esta consigna. Y tampoco le conviene al soldado que pase. Le causará muchos trastornos; recogerlo, intentar entenderse con él en alguna lengua ignota, con suerte en el argot de la frontera, custodiarlo hasta algún hospital, darle de comer, alguna ropa y devolverlo al otro lado. Su turno acaba en hora y media. Imposible. No puede pasar. ¿Quién verá si una bota negra pisa una negra mano en la negra noche sin luna? ¿Quién reprochará que emprenda una acción tan simple como adelantar un paso su posición, levantar el empeine y ejercer una presión sobre aquellos dedos que se mueven como insectos en busca de asidero? ¿Quién le recriminará por un pisotón que ahorrará tantos recursos?

Acción y reacción. Ese es un principio universal. Una fuerza ejercida sobre otro cuerpo provoca una reacción. Pero la reacción que describimos no puede ser representada por un vector. Víctor Hugo sería más apropiado para esto. Podría realizar una minuciosa descripción de la altura del acantilado, de sus afilados salientes, de su accidentado fondo. Este novelista podríamos contarnos como, a modo de jorobado, el cuerpo de ese ser que quiere penetrar en el mundo de color cae, rebota, se mueve como un guiñapo por acciones y reacciones que implican la velocidad de caída libre y la dureza de la roca, calcárea, de menor entidad que la granítica. Pero roca. Es más, en la voz del genio, sabríamos la velocidad a la que bate el corazón del intruso, el dolor que le causan las laceraciones, cómo su mente y su cuerpo han liberado adrenalina y apenas siente un poco de calor cuando brota la sangre. Sabríamos por el francés qué siente, en qué piensa, a quién recuerda el anónimo trepador en el instante en el que afronta sus últimos segundos. Aquí, nuestro novelista podría contarnos si es un túnel lo que ve un hombre que jamás ha visto un túnel, o si acaso es un trozo de tierra cultivada el jardín que lo acoge. Por desgracia no contamos con su participación y solo sabemos que el hombre ha muerto en su caída. Los golpes lo han destrozado por dentro; su cuerpo ha ejercido una fuerza sobre la roca y sobre la lámina de agua; la lámina de agua y las rocas han ejercido una fuerza sobre el cuerpo. Desigual batalla. Acción y reacción.

El soldado bien podría ser un guardia de frontera. Un carabinero, un agente especial, un antidisturbios. Da igual. La frontera podría ser la de Corea, India, Estados Unidos, Turquía o España. Da igual. El soldado, permitan que lo nombre así, se siente respaldado. Se sabe importante. Cuida de su país, de sus ciudadanos, de sus compatriotas. Poco le importa que su rancho no sea el mejor, o que su descanso se haga en ásperos barracones. Poco le importa, pagan bien. Y su general ha declarado a quienes protestan, esos progres, que no deberían mirar al otro lado de la frontera, que no deberían contar los muertos, las rayas en el mar. Deberían mirar a estos pobres, digamos, soldados. Que viven en las peores condiciones, que duermen en jergones, comiendo la comida fría que se les envía. Nuestro soldado no piensa en eso. Allí quieto, frente al acantilado, frente a la frontera, siente frío. Ni la camiseta térmica, ni la camisa de algodón, ni el jersey de lana ceñida le bastan. Deberían cuidar más nuestro confort, se atreve a pensar.

Frente a la frontera. Frente a una frontera, el soldado vigila. Con un poco de frío, vigila. Observa las rocas a las que asirse y no encuentra negros dedos que las tomen. Este es su cometido, hacer que no pasen los negros dedos, los negros cuerpos. Y mientras mira esta línea en el éter que llaman frontera observa como, sin asirse a roca alguna, sin apoyarse en suelo alguno, una forma se eleva y cruza la frontera. Espectro lo llamarían unos, fantasma otros. Su color es ceniciento. Ceniza, polvo, polvo somos, en polvo nos convertimos. El espectro se le acerca, va desnudo, y hay marcas en su piel, ¿heridas de una caída?, ¿golpes de otros soldados?. El espectro se para junto a él, lo mira y le muestra la mano. Estos tíos no dejan de ser pedigüeños ni una vez muertos, piensa el soldado. La mano muestra una marca. Unos surcos con relieve, como los de una pisada. El soldado siente frío. No es el frío de la noche. Y el espectro lo mira. Y el soldado mira al fantasma. Se impresiona al ver el alma muerta del espectro y descubrir que mirando al fondo del alma de alguien se entienden las lenguas allende la frontera, el argot de la línea, las palabras que dicen tengo frío. Tengo frío.

Tengo frío.


jueves, 23 de enero de 2014

ENTREVISTA AL EXILIO.

Una tienda de vinos es algo extraño en cualquier lado. El vendedor piensa que vende magia, tiempo, sol, frío y campo; unos compradores buscan la magia pero levantan humo para comprarla, la mayoría busca una etiqueta bonita o un vino con el que quedar bien con un jefe o el médico que les atendió. Muchos piensan que es un establecimiento que vende borracheras y hay unos pocos, muy pocos, que buscan seducir a alguien por primera vez. A estos, solo a estos, les aplicaba unos enormes descuentos soñando con contribuir al amor. Sé que es una decisión empresarial descabellada, que de romanticismo no se vive. Pero de romanticismo se bebe. Y mi tienda, si no valía para eso, era mejor no haberla abierto.
 
Me costó integrarme en el barrio. La calle donde abrí es estrecha y, aunque es cercana al centro, la gente no suele pasar por allí nada más que para ir o para volver de zonas más comerciales. Al menos eso era lo que yo pensaba porque con el tiempo descubrí que los dos locales anexos al mío atraían a un tipo de público al que podrían interesar mis vinos. No crean que fue por una investigación minuciosa o por una estrategia de marketing. Fue por casualidad y por un apagón.
 
Aquella mañana al encender el equipo de aire acondicionado me dí cuenta de que ni éste funcionaba ni de que tampoco lo habían hecho el ordenador o la iluminación. Constaté entonces que llevaba más de una hora en la inopia pensando en las musarañas y dejando que pasara el tiempo. Despistado natural, el día que el agente de la inmobiliaria me explicó donde estaba el cuadro eléctrico, desconecté. Por eso fui hasta la tienda vecina para ver si era un apagón general y me libraba de buscar el teléfono de un electricista.
 
Contigua a mi local había una librería, mitad de viejo, mitad anticuario, mitad de editoriales selectas. Sí, sé que tres mitades de librería no son una librería, pero había allí en aquel mundo bibliotecómano algo que hacía que su orden fuera caótico y su desorden ordenado. En ese mundo de solapes, dos más dos son un resultado incierto que, a veces, coincide con cuatro. Una mujer con cierto porte y con la elegancia estandarizada de las marcas de ropa caras, leía sentada en un sillón de cuero. Era raro que en aquel lugar, de alguna forma exquisito, sonara de fondo un disco de Julio Iglesias. Levantó la vista y me miró.
 
- Buenos días.
- Es usted el vecino de al lado, disparó. Pensé que debía ir a verle y presentarme. Al día siguiente pensé que usted era el que debía venir como un gesto de cortesía. Y así llevamos una semana. En fin, está disculpado. ¿Qué desea?
 
Aquella presentación me dejó fuera de juego, desarmado y balbuceante ante esa mujer tan segura.
 
- Hola. Siento no haber venido antes, he estado muy ocupado con la apertura, disculpe. Mire, esta mañana me he dado cuenta de que no tenía luz y he venido para ver si era un problema mío o de la compañía eléctrica. Cuando he llegado y he oído la música ya me he dado cuenta de que soy yo el que estoy sin luz.
- Pilas.
- ¿Cómo?
- ¿No conoce usted las pilas? Va a ser verdad eso de que usted no tiene luz. O luces. Mire es una radio-cd, funciona a pilas. Pero podría ser también un ipod y funcionar con su batería. ¿No se ha dado usted cuenta de que estoy a oscuras? ¡Anda, invíteme a desayunar! Nunca llevo dinero encima. Así me cuenta algo sobre los vinos mientras esperamos a que Sevillana nos ilumine de nuevo.
 
El desayuno era algo mucho mejor de lo que esperaba. A. me llevó al establecimiento que lindaba con el mío justo al otro lado de la librería. Así que yo me encontraba en medio de ambos locales y elucubré sobre si alguien que fuera hacia el centro pararía a tomar café, comprar un vino y luego comprar un regalo, o, si alguien que saliera del centro, compraría un libro, tomaría un vino y luego un café. Esta última posibilidad me gustaba, pero al vino debía añadir la opción de que el cliente comiera algo, aunque fuera una conserva, un queso o embutido, mientras hojeaba el libro y hacía tiempo para un café. De no haber sido por el incondicional público que acudía de forma regular a la librería y la pastelería yo jamás habría mantenido mi negocio. Porque pajaritos e ideas tenía. Ninguna de ellas práctica. Pero volvamos a aquella mañana cuando me presentaron a C., la dueña y alma de Pigalle. C. era de un lugar en los Alpes, de un pueblecito pequeño que nunca supo si era italiano o suizo, ni falta que le hacía saberlo, y menos a C. que vivió en España desde que tenía un año, y se sentía francesa. Tan francesa que de haberlo sabido Miterrand o D´Staing deberían haberle hecho un monumento, pero, cosas de la Historia, prefirieron el centro Pompidou.
 
C. tenía genética de relojera, sin aparente esfuerzo cuidaba de su pastelería siempre limpia y luminosa, de la carta de cafés ligeros e infusiones relajantes, de sus hojaldres, croissants, petit choux y tartas bretonas, de aspecto rudo, pero delicados de sabor, crujientes en la boca y con la fuerza de verdaderos mosqueteros o revolucionarios del 48. Aquella mañana desayuné el primero de una larga serie de croissants en la compañía de las dos, pues C. pensaba que los comerciantes de la calle debíamos conocernos, asociarnos y luchar por nuestros derechos. Creo que ni ella sabía a qué derechos se refería, pero lo importante era luchar, asociarse, y luchar.
 
C.: Usted es muy joven para tomar café con nosotras. ¿No le preocupa su reputación?
J.: ¿Mi reputación? C., por favor, estoy casado, tengo hijos, y no me atrevería nunca a faltarle a ustedes el respeto.
C.: Pero, ¿no piensa usted en que nosotras podamos ser unas asaltacunas o que digan: Mira, por ahí va ese mariquita que se junta con las viejas?
J.: Pues… 
A.: C., anda ya, no te burles más de él. Parece que ya se ha despejado con el café pero aún está algo inmaduro. J., cuéntanos qué haces aquí.
J.: La verdad es que no lo sé. Siempre quise tener algo mío, depender solo de mi trabajo, no tener jefes y producir algo. Mi ilusión era tener viñedos, hacer vino, abrir mi bodega. No tenía dinero para eso y acabé aquí.
A.: Pues acabas de esclavizarte de por vida. Un negocio propio no descansa y tú, si quieres sobrevivir, no lo harás nunca.
C.: Llevas razón, A.
 
Jamás habría sabido contestar a aquello, si es que debía decir algo. Me libró de decir otra estupidez la entrada de un cliente, que C. lo atendiera y le llevara un café solo a la mesa de al lado. Por cierto, la única que daba a la calle, junto con la que ocupábamos, de las cinco del local. Así pude ver que se trataba de JM Tarrés, el cantautor. Tarrés debió sentirse molesto, tan expuesto  a los transeúntes que pasaban y giraban su cuello en posturas que intentaban ser disimuladas y acababan en dislocaciones de vértebras, que se mudó a la mesa más alejada del local.
 
J.: ¿Habéis visto quién es?
C.: Sí. ¡Qué maravilla! En mis tiempos había una canción suya que me gustaba mucho. “La noia de la vall”.
A.: Pshhh. Ni vendió nunca mucho, ni vende ahora.
J.: Hombre, A., a usted parece que no le gusta pero es bueno.
C.: ¡Tanto como bueno!. A ti te gustarán los cantautores, pero este salvo aquella canción, poco más se supo de él.
A.: Fíjate. Viviendo del cuento. Al fin y al cabo un comunistilla burgués que tiene más que nosotros tres juntos. Con lo mal que canta.
J.: Lo de comunista ya no lo sé. Sé que ha apoyado mucho a los socialistas, que ha tenido problemas con los nacionalistas catalanes porque se ha pronunciado en contra de la independencia, que no quiere a la derecha, ni la derecha lo quiere a él, que fue un exiliado…
A.: ¿Un exiliado?
J.: Sí, se exilió, si no recuerdo mal en septiembre del 75 en sudamérica.
A.: Mira, dijo condescendiente, no te creas esos cuentos. Eso seguro que fue una maniobra para vender más discos en aquella época. A saber si fue exilio o una gira por allí. O que tenía un lío.
C.: Pues yo no recuerdo nada. Y eso que en aquella época estaba muy al tanto. Si estuvo fuera fue una “boutade”. En aquella época todos gritaban Viva la libertad, para hacerse los progres. Pero lo hacían cuando Franco ya estaba muerto y sabíamos que iba a llegar la libertad.
J.: ¿Franco muerto en septiembre del 75? ¿No fue en noviembre?
C.: Lo mantenían vivo con mil máquinas. Todos sabíamos que estaba muerto. Y que iba a llegar la democracia.
J.: ¿Seguro?
C.: Seguro. Si hasta los comunistas campaban por aquí a sus anchas.
J.: Está equivocada. ¿Qué se apuesta?
C.: ¿Respecto a qué?, no has dicho nada sobre lo que estamos apostando.
J.: Una apuesta es una apuesta. No importa por lo que se apuesta sino lo que uno está dispuesto a arriesgar.
A.: Es imposible J. que tú lo sepas. No puedes tener recuerdos de esa época. El libro que estaba leyendo cuando llegaste contaba parte de esta historia, de como Franco, después de ganar la guerra cívil del 34 al 39, fue una marioneta de las camarillas que tenía alrededor. ¡Con lo bien que lo había hecho!, si se hubiera ido en el 40 habría sido perfecto. Pero todos dejaron tirado a Don Juan una y otra vez. Desde su hijo a los americanos, pasando por los ingleses.
 
En aquel momento, volvió la luz. Y fue providencial porque en mi interior nacía una enorme congoja que podía despertarse en un estallido de ira.  La necesidad de atender nuestros negocios nos movió. Y todos nos pusimos en marcha hacia algún sitio. El artista había pagado y salido unos instantes antes. 
 
Aquella tarde, me sorprendí cuando Tarrés entró en mi  enoteca, nombre con pretensiones, pero tan atractivo como vacío. Dio una vuelta entre las estanterías, cogió alguna botella, leyó las etiquetas, observó algunas de las latas y vino al mostrador.
 
T.: Buenas tardes. Estoy buscando un vino del Priorat, Sam Terinep. ¿No lo tiene?
J.: No, lo siento.
T.: ¿Y algún otro de esa denominación?
J.: La verdad es que… No lo sé. Llevo con esto abierto una semana y no sé muy bien que es lo que tengo. Fue un distribuidor el que me proporcionó el vino.
T.: ¿No sería David Alonso?
J.: Sí. Ese es mi distribuidor.
T.: Entonces, permítame un consejo, déjelo. David es muy trabajador, sabe a la perfección cuánto deja una botella, qué bodegas permiten un mayor margen, cuáles aparecen en la prensa y se venden mejor. Pero no le gusta el vino más allá de la mercancía. A usted lo veo distinto, aunque solo sea porque casi le ha regalado esa botella de Marboré a la chica que quería sorprender a su padre. No sé si ha sido porque quería que ella se sintiera bien ante su padre o porque a usted le ha gustado la chica. En cualquier caso es un romántico.
J.: Podría ser cierto.
T.: Y de izquierdas.
J.: ¿Cómo lo sabe?
T.: Esta mañana ví su cara cuando hablaban de Franco. Y escuché la conversación. Es lo que tiene ser músico, sin un buen oído no se sobrevive. Y yo ya paso de los 70.
J.: Discúlpeme. No quería importunarle. Pero sepa que es usted una referencia para mí. He crecido con sus canciones. Y mi mujer en sus primeras cartas me copiaba las letras de algunas para expresarme lo que sentía. Por eso no pude dejar de hablar de usted.
T.: Está disculpado. Y no crea que no siento cierta vanidad en conocer lo que me cuenta. No sabe lo que es imaginar algo, darle forma y perderlo en los recuerdos y en las vivencias de los demás. Es una forma de sentirme muy mayor. O muy joven.
J.: ¿Me permite que le regale algún vino?
T.: No. Pero puede hacer algo por mí. Coja dos copas, sírvame un poco de ese P.X. de Montilla y beba conmigo. No se preocupe, podemos abrir este turrón que he comprado. Blando, como me gusta. Almendra, azúcar y uva dulce madurada.
J.: Si le parece bien voy a cerrar la puerta, no quiero que le molesten.
T.: Sí, cierre. Tampoco le deben molestar a usted. Tiene una apuesta que ganar.
 
Antes de emprender cualquier otra conversación, Tarrés me habló de la importancia de que tuviera muchas referencias sobre los vinos que vendía. Tenerlos catalogados por regiones, por denominaciones, por tipos de uva, por cualquier referencia que me fuera útil. aconsejar a los clientes con qué tomarlos y dónde tomarlos, venderles el vino y la situación. Y, sobre todo, probarlos antes, conocerlos. Me dio el nombre de varios distribuidores, me enseñó a pedirles siempre una botella para probar antes de comprar un lote, y me aconsejó no atarme en exclusiva a ninguno. Uno no puede atarse al humo y es humo lo que vendemos.
 
J.: Caballero, es ahora cuando llega su turno. Le agradecería que me entrevistara.
 
Yo jamás había entrevistado a nadie, hasta ahora no lo he vuelto a hacer. Y no sé cómo lo hice. Si no salí airoso, salí, al menos, enterado.
 
J.: Señor Tarrés, ¿se considera usted un privilegiado?
T.: Claro, no podría ser de otra forma. He vivido mucho y he vivido de la mejor forma que he podido de una profesión que amo. Mi compañera de viaje está conmigo, tengo tres hijos que me colman, y un puñado de amigos que me aprecian y que yo aprecio. Además, he tenido la suerte de que este trabajo me ha permitido viajar, expandir mi mente, despreocuparme de lo material porque ganaba lo suficiente para poder ayudar a los míos. Me siento afortunado en ese sentido. Me siento muy mediterráneo y estoy seguro de que algún césar habría envidiado mi mayor fortuna. Poder vivir y gozar.
J.: Pero, se le acusa a usted de abandonar sus raíces.
T.: Eso lo dicen los necios. Los que creen que solo se puede cantar o hablar en una lengua, los que creen que solo se puede amar a un país, los que me quieren imponer lo que sentir. No sé cuántas canciones he escrito, pero sí le puedo decir que cada una nació de un sentimiento y nació libre para ser en catalán o en castellano. No creo que a mí se me pueda reprochar nada de eso. En el año 1968 querían que tradujera un éxito mío de aquella época al castellano para cantarlo en un festival internacional. Me negué y aquello me costó no solo perder los derechos sobre la canción y regalársela a un par de niños bien que cantaban. También un veto en TVE que duró hasta el año 1974. No crea que fue fácil aquella época. No es que nadie se metiera conmigo o mi familia, no, es que dejé de existir. De repente viví un ostracismo tremendo en este país. A pesar de eso, y gracias a eso, seguí cantando, sonando en las radio fórmulas no oficiales, organizando conciertos con mis compañeros de viaje en recintos semi clandestinos, y lo hice en catalán. Y en castellano, que no lo olvide nadie. Son mis dos lenguas.
Recuerdo cuando volvimos a TVE. Fue en 1974, un concierto que organizó la TVE de Cataluña, solo para Cataluña pero aquello fue un triunfo. Fue un acto de reivindicación de la libertad. De la mía. A hacer lo que quisiera. A expresarme. Al día siguiente los periódicos en vez de hablar de aquello, se dedicaron a hablar de un hijo mío al que hicieron mucho daño. Mi hijo nació de un acto de amor fuera de ningún matrimonio; su madre y yo no podíamos estar juntos, pero yo a él lo quería, lo amaba. Le hicieron ver que era algo ilégitimo, que sería siempre alguien sin padre. La prensa del Régimen nos martirizó. Siempre pensé que fue una venganza por el concierto de Poble Nou.
J.: Sin embargo, no manifestó usted aquí en España ninguna animadversión al Régimen.
T.: No soy un loco. Soy un hombre común y tengo miedo. Imagino que como usted. Además como buen catalán soy práctico. De haber alzado la voz más de la cuenta habría tenido en mi contra, no solo a la censura, sino a la Secreta. Que no se crea que no me tenían enfilado, pero yo no les daba oportunidad. Mis discos en catalán se vendían como, no recuerdo bien, pero era algo así como literatura en otras lenguas romances. De haber sido un loco jamás habría salido adelante. Todo lo que decíamos lo enmascarábamos, lo cubríamos de mil velos, tantos que era difícil hasta encontrar el sentido político a las canciones. Pero tenía ganas de gritar, de pedir voz y puño en alto muchas cosas. Pero me contuve. Y si usted me dice que mis canciones han acompañado su vida, doy por bien calmado mi ímpetu.
Yo no pude salir de España hasta 1975. Fue una gira por sudamérica. Imagine la época, la asfixia de vivir encerrado en este país que tanto olía a rancio, la libertad de América, los vientos revolucionarios, el Ché, los montoneros, el Gobierno de la República en Méjico… Allí teníamos vetada la entrada los españoles, pero en el aeropuerto de Ciudad de Méjico hablé. Me manifesté en contra de España, de aquella España de militares y silencios, de censuras… y de fusilamientos. Sí, me manifesté en contra de la pena de muerte. Y el presidente de Méjico llamó de inmediato y ordenó que me permitieran la entrada en el país. No pude imaginar que acabaría viendo allí once meses. Y no olvidaré nunca el 27 de septiembre de 1975.
J.: Dicen que todo es un invento suyo, que se autoexilió y que no había motivo para hacerlo. Casi que fue una maniobra de promoción de Pel de Maça.
T.: Le responderé a todo. Casi todos los exilios son autoexilios porque son voluntarios, lo otro son destierros. Uno escoge un camino frente a una disyuntiva, vivir en otro país sin amenazas de cárcel o muerte o vivir en el suyo con la certeza de que algo terrible va a pasar. Sé que dicen que tan solo me enfrentaba a una multa o que solo tendría que haberme retractado. No es verdad, el 12 de octubre la prensa española se hizo cargo de la noticia. A partir de entonces, los diarios Pueblo y Arriba empezaron una campaña de desprestigio contra mí. Eso era natural, que pidieran que no volviera más, que trocaran mi nombre Joan en Juanito, como puede imaginar sin ninguna intención cariñosa, que se solicitara para mí una condena ejemplar. Eso casi fue lo de menos, lo peor fue saber el cerco al que sometieron a mi madre. El que la invitaran a renegar de mí. Y estar yo lejos y sin posibilidad de comunicarme.
El día 11 de octubre se dictó orden de busca y captura contra mí. De haber pisado España mientras estaba vigente habría significado la cárcel. Y no quiera saber lo que la cárcel, aunque fuera por un día, significaba en aquella época. De una buena tunda no se libraba nadie. Y no crea que exagero. En lo que restó 1975 fueron ejecutados 17 presos en España a pesar de tener la presión de la comunidad internacional en contra. No quiero hablarle de desapariciones, intimidaciones o ataques en los domicilios de los rojos. No, no fueron años fáciles aquellos. Y no estaba muy claro qué iba a suceder. No, no lo crea. Había mucho miedo.
Y el disco…un fracaso. El Régimen lo secuestro de facto, impidiendo la distribución y la publicidad, aunque no la venta. Solo después del 20 de agosto de 1976, cuando pude regresar, se empezó a vender bien. Y no crea que no me arrepiento de aquello. Mi padre estaba ya muy enfermo y no sé cuánto contribuyó mi ausencia.
J.: ¿Se arrepiente de algo más de aquella época?
T.: Claro. Por un lado antes de vivir en Méjico había pasado una época en Argentina y me enamoré de una montonera guapísima, un verdadero encanto. Recuerdo su voz dulce, su acento embriagador, su energía sin fin. Ella me abrió a otra visión del mundo, la de la lucha activa. Me presentó a mucha gente, incluido un dibujante llamado Oesterheld. En Méjico ayudé a los montoneros con una canción, les regalé un himno. Esa canción ahora no quiero volver a oirla. Hace poco, un artículo hablaba de ella , de la canción, de Marie. Piensan que es porque ayudé a los montoneros, les guardé dinero, los cobijé en España. Se equivocan. Es porque escuchar algo de aquella canción me duele. Es cierto que les ayudé y de eso no me arrepiento. Me arrepiento de no haber sabido explicarles a Marie, a Oesterheld, a tantos de aquellos muchachos, que estaban en peligro, que la policía de aquí los había fichado y pasado los datos a la de allí. Oesterheld preparaba una biografía del Ché, otros algún acto subversivo, Marie salía a tomar un café. Desaparecieron. ¿Lo entiende? De un día para otro se fueron y jamás regresaron al hogar, al trabajo, a la historia. Los lloramos sin saber si su fin había sido rápido o lento. Quisimos imaginar que fue rápido teniendo la certeza de que fue doloroso.
Me arrepiento de no haberlos ilustrado en el miedo, de instruirlos para adelantarse a la maldad de los asesinos. En no mostrarles el camino de la huida. Del exilio.
No sabe usted lo duro que es exiliarse, aunque el exilio sea un exilio hacia el propio interior. Es renunciar al mundo, a la vida. Renunciar a ser un héroe. Renunciar a tener la paz que tienen los que luchan, porque desde cualquier exilio, aunque se luche, se vive en la derrota. Y sí, puede parecer una cobardía huir. Pero no crea que fue fácil. No lo es abandonar la tierra. No lo es dejar atrás los amigos. Y no lo es pensar que uno se ha librado mientras los demás no pueden. Yo me acordaba mucho de Víctor Jara, de su desaparición, y me veía así. Puede que nunca hubiera pasado, pero yo, no volviendo, evité que pasara.
Y a veces sueño con Marie. Y en el sueño me contento con despedirme, darle un beso en la mejilla y desearle buen viaje. El que no tuvo.
J.: Pero no podría ser toda la historia una falsedad, una invención. Dicen que ahora se reescriben la Historia y las biografías con mucha facilidad y que conviene ser un abanderado contra la dictadura.
T.: Podría. Pero ahí están las hemerotecas, los periódicos, el Registro del Ministerio del Interior. Es tan fácil como entrar en la hemeroteca digital de ABC. No busque portadas, nunca me ha considerado tan bien.
 
Tarrés se levantó, me dio la mano y se despidió. Parecía llorar y no quise decirle nada. Tiempo después recibí dos cajas de Sam Terinep y me enteré de que él era el propietario de la bodega que las producía. Era un motivo más para tenerle estima. Nunca intenté cobrar el pago de la apuesta. Me bastaron para saborear la victoria pequeños sorbos de aquel tinto y alegrarme de que todo lo que podía haber sido a partir de noviembre de 1975 hubiera derivado en que yo tenía una tienda de vinos. Entre una librera de derechas y una pastelera que merecía ser francesa.
 
 

 

Sobre la canción montonera

lunes, 16 de diciembre de 2013

HISTORIAS SOBRE LA EXCELENCIA

Entre las muchas cosas que olvidan los pagados de sí mismos hay una que resulta fundamental para descubrirlos: la falta de perspectiva. Sí, se distinguen, entre otras cosas, por la cortedad de miras que demuestran, creen que el mundo consiste en aquello que se divisa desde su altura, lo que está en los libros que han leído, en las películas que vieron, en las noticias que entendieron. Pocos lo notan (pocos lo notamos) hasta que no nos damos de bruces contra el suelo. Y pocos dicen lo de “solo sé que no sé nada” tras haberlo descubierto de verdad. La mayoría lo hacemos por repetición, puesto que el reducido espacio que habitamos no da para experiencia que no se confirme en él y nos permita descubrir que hay vida más allá del universo que controlamos.

A finales de los años 90, comencé a escuchar el concepto de excelencia a los directivos de las grandes empresas. No buscaban ya al trabajador incansable, al hombre efectivo; la búsqueda se centraba en el hombre activo, eficiente, conocedor de su trabajo y de su mundo. Yo me imaginaba algo opuesto a lo que yo era, personas que tienen sus documentos ordenados, impresos rellenos sin un tachón o una mancha, sin ni siquiera una arruga, capaces de resolver problemas complejos sin ensuciarse el puño de la camisa, buenos deportistas, aseados, triunfadores… Sin duda esa era la imagen que querían crear las grandes corporaciones en mi generación tocada por el grunge.

Como todas las ideas que sobrepasan el mundo empresarial, esta concepción inicial se desvirtuó al saltar a la calle y vulgarizarse. Tan lejos estaba aquella excelencia casi idílica del diccionario, como lo está hoy la imagen común de la excelencia. Término al que se le ha quitado ya su estado superlativo y que se podría comparar al estilo de cuál es más o menos excelente. Término que ya solo significa que se ha hecho un cursillo o se ha leído en Internet.

Mis historias están a medio camino de ningún sitio, de cualquiera de las definiciones de lo que se entiende por excelencia. Es posible que en vez de excelencia debiera hablar de ridículo, de altanería o de pretenciosos. Pero creo que estaría también en el centro de ningún lado. Los personajes de los que hablo son personas con un alto concepto de sí mismos, al menos de cara a los demás, puesto que pueden esconder un complejo de inferioridad. Son, además, gentes que creen que el mundo que tienen a su alcance sirve de muestra para el universo entero, y que, si el tabernero que conocen es antipático, deducirán que todos los taberneros del mundo lo son. Casi todos los que han inspirado estas historias han hecho algún curso que les dice que han alcanzado la excelencia o la maestría en algo. No imagino que haya alguien, de los que se cuentan entre mis amigos, que se pueda reconocer en estos pequeños relatos ni en los hechos cuasi ficticios que se cuentan. Sí, he de aclarar al lector, bienvenido y esperado lector, que me reconocerá en muchos de ellos o en todos, en parte o en todo, y no solo como narrador y testigo sino como el protagonista. Sea benevolente juez el despistado leedor, tanto de lo literario como de los personajes, pues está avisado de que no trascenderán más allá de estos píxeles mis palabras; tampoco deberían hacerlo sus críticas.

Casi nunca explico por qué, o por qué no, nace o crece un cuento o una historia. Hoy sí lo hice. Y no fue con ánimo de dar vidilla a mis historias o de contar quiénes son los que andan detrás de las mismas. No. Me apetecía escribir una especie de prólogo, que bien podría ser un epílogo o ser notas del autor. Y, de verdad, no puedo explicar, porque no las conozco, las razones por las que en determinado instante surge una idea.

EL COCINERO GOURMAND

EL ENÓLOGO

EL ESCRITOR


(SE AÑADIRÁN LOS DISTINTOS RELATOS)

jueves, 5 de diciembre de 2013

LA TRAICIÓN.

Mi psicoterapeuta es un hombre parecido a Nemo. No se debe quedar uno con esa impresión tras pensar en su porte de marino, viejo lobo de mar, y su perfecta barba. Cuando afirmo que existe esa similitud siempre pienso en que bucea por un océano insondable e inexplorado, por más de cien mil leguas. De viaje. De conquista.

Acudí a su consulta hace poco. A veces recalo en su consulta con el ánimo de contarle mi vida sin saber muy bien de qué voy a hablar, dejando que su prospección saque a flote esos muertos que se ahogaron sin yo saberlo. Ese día no. Contaba con una angustia atroz, con mucha rabia. Y tras tomar asiento en aquel diván frente a las fotografías de un gran poeta y de un gran austríaco, F. me preguntó:

- ¿Qué te ocurre? Te veo azorado.

- Lo estoy. Estoy muy enfadado, me siento triste y abandonado.

- ¿Qué ocurre?, ¿es algo con tu esposa?, ¿es tu familia?. Por favor, cuéntame.

- ¿Recuerdas aquellos amigos que te comenté? Pues me hacen el vacío, me ignoran. Eso es lo que me ocurre.

- ¿Por qué piensas eso?. Puede que hayas interpretado mal alguna situación y lo estés pasando mal por algo que solo es un malentendido.

- F., eso lo pensaba hace unos meses. Que todo era casualidad. Pero ahora soy consciente de que todo lo que yo imaginaba, ocurre. 

- Explícamelo, pero ve tranquilo. Te vendrá bien ordenar tus ideas.

- Hace años conocimos a una pareja en el parque, I. y D., nuestros hijos jugaban juntos y de charla en charla, de columpio en columpio, fuimos estructurando lo que yo creía que era una amistad. Al poco regresó mi amigo E. de León, había estado allí trabajando durante años y su contrató terminó. Era una persona alegre, muy bien relacionada, y en momentos, prepotente. De León vino con mucha humildad, estaba aquí, sin trabajo, sin perspectivas, con una mujer que valía más que él, según decía, y con dos hijas con la misma edad que mis hijos. Retomamos la amistad, nunca perdida, pero poco cultivada por la distancia, y empezamos a salir; de vez en cuando, avisábamos a I. y D. para que nos acompañaran. Era un gusto ver como se lo pasaban los niños.
Tan solo una historia ensombrecía la relación. Cada vez que nos quedábamos con I. y D., él nos comentaba lo mal que le caía E.; su hermano había trabajado para él y decía que era un negrero con los trabajadores. Pero en aquella época, E. parecía haber aprendido a valorar lo que significaba la familia, el tiempo, disfrutar de cosas muy sencillas. I. soportaba aquella relación porque los niños disfrutaban muchísimo. Y también, todo hay que decirlo, porque E. era espléndido a la hora de salir, beber y comer. Todo le parecía poco.
E. pronto encontró trabajo. Gracias a sus relaciones, montó una empresa y comenzó a recibir contratos de la administración. Eso le hizo dedicarse cada vez más a su negocio, viajar y ganar dinero, en apariencia, mucho dinero.
Fue también en aquella época cuando me rompí la pierna. Ya por entonces quedábamos poco, pero mi inmovilización nos obligó a mi mujer, a mis hijos y a mí a pasar una temporada retirados de las relaciones sociales. Fue bonito estar juntos, pero duro renunciar a cumpleaños, comidas, cines y cualquier evento a más de cien metros de mi casa.
Los padres de D. tenían una casa junto al pantano del Bembiétar, muy cerca de aquí. Allí habíamos ido en alguna ocasión. Pero, con mi pierna rota, esclavos además de la demencia de varios familiares, no pudimos acudir durante casi siete meses. Es verdad que I. y D. nos invitaron en tres o cuatro ocasiones al principio, después de la cuarta renuncia obligada, dejaron de invitarnos.
A partir de entonces nada volvió a ser igual. Sin saber por qué había como un velo en nuestra relación. Un telón inmaterial pero verdadero, que impedía el acercamiento total. Mi mujer y yo sospechábamos que algo había ocurrido entre ellos porque la complicidad que mostraban las dos parejas era enorme. Incluso mayor que la que nunca habíamos tenido entre los demás. Pensábamos, incluso en que podía pasar algo entre E. y D., ya que E. siempre decía que D. era guapísima. Y nos reíamos imaginando algo entre B. e I., tan serios e inescrutables ambos.
¡Ojalá hubiera sido eso!

- ¿Por qué dices eso?

- Porque la realidad me dolió. De casualidad, hace poco descubrí que quedaban entre ellos y no nos avisaban. Fue una de las hijas de D. quien un día nos contó las visitas a la casa del pantano de los otros niños, las veces que habían estado unos y otros en las casas de los otros, y cosas así. Pensé que la niña lo decía de forma inocente; pero, como después de contarlo, sonreía y miraba a mi hijo mayor escudriñándolo para ver cómo le afectaba aquello, se me reveló como la forma que tiene una pequeña cabrona de hacer daño. Y de ganarse el respeto de su madre. Pensé que así era como las brujas y los demonios se ganaban el cariño de sus progenitores.   
Desde entonces fui descubriendo, cuando coincidíamos, como quedaban a nuestras espaldas, como se citaban entre ellos sin avisarnos y como el odio contenido que tenían entre ellos, de repente, se había volcado sobre nosotros. Incluso en algún whatsapp equivocado confirmé, no solo mis sospechas, sino que se reían de mí. El triste me llamaban.

- Entiendo que estés dolido. ¿Les tenías mucho aprecio?

- Sobre todo a los niños. Si me duele es por ver cómo han dado de lado a mis hijos y como aquellos a los que yo cuidé y quise como si fueran de mi familia, ahora son personas que no conozco, que no quieren formar parte de mi vida. Imagina cómo puedes explicar a unos niños que sus amigos ya no lo son. Ni lo serán nunca.

- ¿No piensas en una reconciliación?

- Eso es imposible.

Nada más decir aquello sentí una liberación enorme. Mi vida, mi singular e ínfima vida, o como decían los que antes habían sido mis amigos, mi triste vida, daba un giro. Alejaba de mí toxicidades, alejaba de mí robos de energía. F. no se había percatado de ello, pero mi vida se hacía cada vez más libre. Y, es verdad, carecía de red mi salto mortal, carecía de apoyo mi caminar. F. retomó la conversación, anclada en el silencio que proporciona un éxtasis momentáneo.

- Me habías contado en otras ocasiones como eran tus amigos, la gran lista de cosas que os separaban, y las pocas que os unían. ¿Crees que merece la pena sufrir por ellos?

- No. Está claro que no.

- Si es así, ¿qué sentido tiene tu congoja?

- Es el mismo sentimiento que se tiene cuando rompes con tu pareja. Las cosas se agotan porque no dan para más, porque lo que las construyó ha llegado a su fin. Y nos duele. Porque no pensamos en la persona que dejamos o que nos deja, sino que pensamos en lo que tuvimos, y es eso, la unión, la intimidad, el amor lo que se añora. En este caso es lo mismo, no me duele tanto que no quieran llamarnos, que hayan renegado de nosotros, que se rían de mí. Lo que me destroza es sentir que se ha perdido aquel sueño, la ilusión de algo que alguna vez fue. O pareció ser. Es esa la traición que más escuece, la que se ha hecho a la amistad. Y no puedo negarlo, siento que jamás hubo nada, que fue si acaso un espejismo por el que H. y yo nos dejamos engañar. Y ahora es como si se hubiera roto el espejo y mirara a través de la superficie que ocupaba, y pudiera pasar ahora por ese hueco. Ese mundo, el que ocupaba y creaba el espejo, se ha perdido . Esa ilusión, la de la amistad y la confianza, se ha perdido igual. El marco queda, se puede atravesar mil y una veces, pero no hay nada. Todo se ha desvanecido.

- Te entiendo, aun así sigues llorando por eso.

- Sí. ¿Acaso jamás se ha llorado por la esposa infiel que se sorprende con un amante?, ¿acaso no se llora cuando nuestro amor escoge a otro?. F., lo sabes bien, se llora la añoranza. Tanto de lo que fue como lo de lo que hubiera podido ser.

- ¿También con ellos?

- También. Y sí, no me digas que no merecen la pena. Lo sé. No me digas tampoco que los olvide. Lo haré. 

El reloj que marcaba el fin de la sesión sonó. Pensé en mis palabras, en las de F. Y, aunque yo había hablado cien veces más que F., había algo en él que me hacía descubrir mis sentimientos y manejarlos. Guiarlos a través de la tormenta. Como un bravo timonel frente a los escollos. Como el piloto de una nave.

É la nave va.




lunes, 25 de noviembre de 2013

LOS AMERICANOS SIEMPRE CON LOS REMAKES

biblia-microscopio 

Me han llegado noticias del remake americano de una película querídisima por nuestro público, “Charly, el primer microscopio lector”.

Obsérvese esta secuencia esencial en la cinta, el momento en el que Charly se corrompe. Fotograma por fotograma, ha sido calcada del original.

Sin duda una mala noticia para la Distribuidora Paulina que ha tenido que vender los derechos del filme a la Productora Christian Creationism of the Latter-Day Movie Productions.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

EL DÍA QUE ME SEPARÉ DE C.B., EL CRÍTICO. I

Una noche Philippe Noiret apareció en mi sueño. Lloraba de forma amarga, inconsolable, a la manera de un niño o de quien ha perdido algo para siempre. Por favor, escúchame, he venido a ti esta noche para pedirte un favor, no, no es un sueño, no a la manera que piensas, estoy en este mundo en el que  sueños y cine son lo mismo, pero no es tu voluntad, no es tu subconsciente el que fabrica esta historia, soy yo, unos días Alfredo, otros Pablo Neruda, quien te pide auxilio. Como una alucinación, de repente, cesó su llanto y con cara de pequeño cartero, de proyectista de cine de barrio, me susurró con la voz de una banshee su súplica.

Fueron tan extrañas aquellas palabras, fue en un idioma tan olvidado, tan oscuro, tan perdido en las brumas del tiempo y de las islas, que creí no haberlo entendido. Pero aquel mismo día, un miércoles cualquiera, entendí su mensaje mientras veía un capítulo de The Walking Dead. Algo o alguien nos ha quitado la identidad a los actores, ya no somos nuestros personajes, ya no somos nuestras creaciones; quizás de esto se salve algún director, quizás de esto se salve alguna película; pero el cine está muriendo. Salvadlo.

En realidad no creí ni una de las palabras que yo mismo había querido entender, ¿quién era yo?, ¿un cinéfilo? ¿un entendido?, ¿acaso un Bastian Baltasar Bux para el cine?, ¿qué poder tenía? No podía ser sino una fantasía más, un sueño más, y seguirlo conduciría a una decepción más de este seguidor de deseos demasiado altos para él.

Pero aquella noche volvieron a aparecer en sueños varios actores. En realidad fueron actrices. Cogidas de la mano, unas veces sentadas en sofás, otras caminando al paso de una melodía lenta y armoniosa, pasaron Julia Roberts, Audrey y Katharine Hepburn, Kim Novak y Maureen O´Hara. ¿Sabes dónde está el peligro? En aquellos que me premiaron por Erin Brokowich, odio esa película, jamás entendieron mi trabajo en otras películas, ¿crees que estuve mal en El Estanque Dorado?, ¿crees que era una película cursi?, ¿te pareció demasiado hippy Todos rieron?, ¿solo disimulé que era mala actriz cuando me dirigió, y torturó, Hitchcock?, ¿acaso todas nuestras películas de madurez, todas nuestras películas en color, todas las películas bien hechas son malas?, ¿acaso mi trilogía irlandesa de mineros, hombres rudos y católicos socarrones fue un mal legado?.

No sé qué me condujo a deducir lo que debía deducir, a concluir lo que concluí. (Perdonen esta intromisión en la lectura, pero me encantaría que se dijera, lo que concluje; sin duda, más basto, más hiriente a la garganta y al oído, sin duda más concluyente) No lo sé, había algo que me mantenía en un estado de gracia casi hipnótico, en una situación de visionario, de vidente, que me llevó al resultado. La crítica, la que forma opiniones; la crítica malsana, la que es ególatra; la crítica, la que se regodea en las formas desagradables, en aspectos visuales sucios, la que levanta a los directores con vocación de torturadores, ora por aburridos, ora por explícitos, ora por necios, esa es la que mata, no al cine, sino las ganas de ver cine.

Sabía quién era mi objetivo, el gran crítico, C.B.; pero no sabía donde buscarlo. Me vestí, como no debía ser menos en esta ocasión, con traje, corbata, gabardina y sombrero, un fedora, y una Smith & Wesson en mi bolsillo; vestí de blanco sucio, grises y negro los días y fui en su busca.

No lo encontré, luego supe que fue porque lo busqué en los clásicos, en El Sueño Eterno, La Fiera de mi Niña, o Historias de Filadelfia. Podía haberlo buscado en la Blancanieves española, pero ahí me habría quedado sin palabras.

Acababa de empezar la búsqueda y ya estaba agotado. Supuse que en vez de encarnar a un personaje de cine negro, esta vez debía planificar mi búsqueda mejor y fui descartando. No buscaría en los películas animadas, ni en las de Walt Disney, ni en las de Pixar; y aunque Persépolis, Chico y Rita o Vals con Bashir fueran otra cosa, creo que perdería el tiempo. Tampoco las de aventuras, si alguna vez C.B. fue niño y soñó con ser un Jedi o llevar espada láser, ya lo habría olvidado. De las policiacas me quedaría con las del estilo a Teniente Corrupto; de ciencia ficción jamás con las americanas, jamás con el Tarkowsky de Polaris, si acaso con coreanas como The Host. De cine con sentimientos, nunca de una cinematografía conocida como la española, la inglesa, la alemana, la francesa o la italiana; tendría que ser iraní, pakistaní, peruana o estadounidense del circuito independiente. En fin, mi selección tendría que ser en los mercados menos trillados, en los cines menos reputados, quizás en directores ya decadentes. Pero también tendría que estar atento a la arbitrariedad, a pensar en que podría encontrarlo en películas menores de Scorsesse como El Aviador, en el cine de Amenábar, en el de Alex de la Iglesia. También en que podría encontrarlo en alguna película de Woody Allen, presto a destripar a su autor; en alguna película de directores noveles a quienes destrozar o encumbrar por capricho.

En fin, mi búsqueda no sería sencilla. Un ser de criterios arbitrarios como él podría estar en muchos sitios o en ninguno; adorar lo nuevo u odiarlo; respetar los clásicos o reirse de ellos.

Como es de suponer, no fue fácil mi periplo, pero al final lo encontré. Charlamos. No sé si aquella conversación tuvo éxito pues jamás he vuelto a, ¿soñar?, con aquellos actores o actrices, jamás volvieron a mí. Y que no se preocupe el lector, si lo hay, es verdad que reemplacé la Smith & Wesson por un Colt, pero no lo usé. Una vez que localicé a C.B., paseamos por varios escenarios y acabamos en un angosto pasillo del Grand Canyon. Allí lo dejé. En la boca de aquel desfiladero esperaba Henry Fonda, sable en mano, al mando de su regimiento, dispuesto a realizar la última carga de su caballería ligera. Dispuesto a vengar la memoria de un amor otoñal a la orilla de un estanque. 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

QUEMA DE LIBROS

Si alguna vez han sentido ganas de quemar lo que han hecho, de trazar una raya que les impida volver atrás, de eliminar de su vida lo que no aporta nada, sabrán lo que digo. De lo que les hablo.

Ayer sentí unas ganas tremendas de quemar libros. No fue un arrebato de fanatismo, sino el deseo de quitar de mi vida papel impreso que no ha dejado huella memorable. En esas andanzas a lo Vázquez Montalbán me entretuve. Miré la estantería y descubrí que, más que sobrar, echaba de menos algunos libros. Sí, aunque imaginario, existía un hueco que rellenar y busqué los cómics de Manara, el fascículo de Spirit, el Elogio de la Madrastra, la Canción de Roldán, Orlando Furioso, el bolígrafo perdido, que no es libro, pero nunca se sabe. O empezaba pronto o más que a quemar iría a comprar.

Mi ayudante me pidió un criterio para escoger conmigo libros, le dije, malos o ñoños. Escogimos Irlanda de Espido Freire, Lo mejor que le puede pasar a un croissant, La Sombra del Viento, El Código da Vinci, La Hermandad de la Sábana Santa, El Tiempo de los Leones, La Historia del Chocolate, Recetas de Ensaladas, Pasta Fácil. En esas estábamos cuando mi ayudante preguntó, ese de qué va, cuál, dije yo, el de la pasta, no sé si habla de dinero o de comida, no lo sé, no lo he leído, tíralo. Asunto concluido.

Fue otra pregunta similar la que me llevó al último libro. Y este, es de cocina, o de turismo, me preguntó. Cuál, contesté con mi habitual simpatía y amabilidad, cuáaal. Este que se llama algo del sabor de la granada, ni idea de si se trata del árbol, de la fruta o de la ciudad. No lo he leído, repliqué, y fui consciente en ese instante de mi manía de almacenar libros sin leer; de todas formas, trae, dame el libro.

La contraportada traía la foto de un historiador y arqueólogo, lo que traducido quiere decir, de uno que acabó la carrera de Historia e hizo un cursillo de Arqueología. Luego el libro sería una lata, un peñazo más sobre lugares comunes, una historia familiar, vamos, de su familia, y una supuesta trama de héroes anónimos y sin recompensa. Contesté a mi ayudante,  es de cocina, de cómo sacar el jugo a la granada y de cómo hacer mermelada con ella. El idiota que lo escribió no sabe que la proporción de pectina y ácido de esta fruta impide que la mermelada cuaje.

Cuando mi amigo encendió la pira crujieron las ramas secas y los libros se entregaron a una suave incineración casi como si entraran en un baño. Las llamas se elevaron portando cenizas con tilde y coma, algunas con comillas, y las más con epítetos liberados de su forzada y siniestra condena en oraciones subordinadas. Así fue, al calor de la fogata al fin descansaron la niña triste que subía a los árboles, la pobre azteca que molía cacao y la copia del fantasma de la ópera que se perdió en Barcelona.

El problema estuvo en el último libro, duro de roer, plástico puro que no ardía pues sobre él se deslizaban las llamas, como si estuviera acostumbrado a sobrevivir escurriéndose. Solo al llegar un rescoldo a la foto del autor, prendió. Sí, pareció que allí hubiera un vacío, una impostura, y allí se alojó la llama, a carcajadas, feliz de encontrar alimento tan liviano. 

miércoles, 14 de agosto de 2013

LA FIESTA

Sentado en el banco, junto al viejo y enorme plátano, sorbía un vaso de whisky. Un whisky malo que se le estaba convirtiendo en el más amargo trago de su vida.
Ella lo había buscado por todo el recinto de la fiesta, quería charlar con él, decirle que su insistencia había sido el único motivo para acudir a esa reunión de antiguos alumnos. Pero él llegó un poco tarde, nervioso, y desapareció mientras ella hablaba con un antiguo novio. Y ahora, justo cuando se marchaba, lo vió, lejos de sus amigos, mirando a la antigua piscina, ahora vacía, y bebiendo.
Estuvo a punto de pasar por su lado sin decir nada, esquivar a aquel borracho y marcharse a casa. Se le ocurrían varias cosas mejores que estar allí, acosada por las preguntas de personas a las que hacía años había olvidado. Y, sin embargo, él, la única persona que le interesaba de aquel lugar, había pasado de ella y se había marchado a beber. No lo recordaba así.
Fue aquella amiga, la del pelo rizadísimo, la que la llamó. Oye, recuerda que el domingo iremos al campo, tráete a tus hijos, les va a encantar jugar con los míos. Sí, pensó ella, llevo veinte años sin saber de ti, y ahora, justo ahora, vamos a irnos a tu chalet, a llevar a mis hijos adolescentes para que entretengan y cuiden a los tuyos, y así, mientras, tú indagues sobre mi vida, mi divorcio, mi trabajo…Sí, es lo que pensaba.
Al darse la vuelta para tomar otro camino, lo vio de pie. Por lo visto, su amiga lo había alertado al llamarla. Y él la esperaba aun más nervioso.
   - Hola, dijo él. Tal vez de una forma un poco seca, un poco desganada.
   - Hooola, dijo ella. De esa forma a la vez jovial e inquisitiva que ella usaba y que a él le mortificaba y le encantaba.
   - Veo que ya te ibas. Lo siento.
   - Sí, vine para ver a alguien, lo he visto y ya me voy.
Claro que lo sabía. Justo al llegar la vió hablando con su antiguo novio, ahora un aprendiz de maduro soltero, un teleco con éxito, con aspecto deportivo y poseedor de una alucinante vida social que predicaba en cualquier plataforma pública. Verla con él fue como una cuchillada, como un desgarro en su alma. Eso motivó que se diera la vuelta, se encontrara con una de sus antiguas pandillas y le pidieran una bebida a su medida, un whisky DYC, con un poco de hielo. Y, él, que odiaba esta marca, y moría por un poco de whishy con sabor a turba y madera para escuchar jazz, lo tomó como el líquido más preciado. Al poco pudo esquivarlos, apartarse hasta aquel sitio, y beber a solas, con las agujas del whisky en su garganta e imaginando a Chet Baker tocar su trompeta.
   - Bueno, se armó de valor y se lo dijo, esperaba estar contigo un poco más. Siéntate un rato aquí, por favor.
   - Refresca, pensaba irme a casa y descansar. Tengo trabajo mañana.
   -¿Mañana domingo?
   - Tú sabes que para mí no existen ni los domingos ni los festivos.
   - ¡Por favor!
   - Está bien, solo un rato.
Ella tenía curiosidad por saber qué quería contarle él. Llevaba sin verlo desde el instituto, pero lo habría reconocido en cualquier sitio. Alguna arruga que otra y algunas canas, un poco más fuerte, con una musculatura ya hecha y, quizás, comenzando su declive, pero el mismo compañero que años atrás. Y tenía ganas de quedarse, pero no quería que se notara.
Él atendió esa insinuación de que refrescaba y le dio su chaqueta. Le sorprendió que ella, en contra de la costumbre, no se la pusiera sobre los hombros, sino que se la vistiera, y no le importara deslucir ese modelo negro del que no sabría decir el precio.
   - ¿Nos sentamos?
   - Vale.
Y así estuvieron, sentados, durante un silencio eterno. Ella preguntó:
   - Bueno, ¿qué querías contarme?
   - Pues… Antes de nada, perdona, ¿quieres beber algo? Dijo él para ganar tiempo.
   - Sabes que no bebo nada de alcohol y no me sienta bien beber demasiadas Coca-Colas.
   - Es verdad.
   - ¿Me lo cuentas?
Tuvo que tragar saliva.
   - En fin, supongo que sí. Quería hablar contigo pero no lo imaginaba así. Al menos no así en su totalidad. Pensaba que en algún momento de esta noche podría convencerte para llevarte a algún rincón íntimo a charlar y compartir contigo unas copas de vino. Incluso dejé a los camareros una botella de un vino blanco escogido para una noche de calor.
   - Lo siento. Deberías haber recordado lo de que no bebo y, además, hace fresco. Habría sido mejor tinto.
Su broma, si lo es, no le ha sentado bien a su discurso. No sabe cómo continuar. Da un sorbo al vaso y calla. El silencio vuelve a hacerse eterno.
    - Te has callado. Espero que no haya sido por lo que te he dicho.
    - No. Miente él.
    - Por favor, sigue. Díme de qué pensabas hablar.
    - Está bien. Guarda silencio.
    - Dime, por favor.
Su súplica le da fuerzas.
- Mira, un día eres un muchacho de diecisiete años. Al día siguiente tienes casi cuarenta años y no sabes qué ha pasado en medio. Sientes que todo lo que ha ocurrido, lo que has vivido, lo que has aprendido, las mujeres que has podido conocer, nada, nada de eso ha ocurrido. Te despiertas, miras por la ventana y ves el mismo sol. Miras tu casa y los cambios que ha habido, pero no los reconoces, piensas que es la misma casa. Y miras tu corazón y en él encuentras lo mismo que cuando tenías diecisiete años, una muchacha delgada y morena, dulce, de piel que imaginas suave. Y sueñas con que ella siga pensando también que tiene diecisiete años y que quiere retomar la conversación que dejastéis inacabada años atrás cuando él le confesó que estaba loco por ella y ella comenzó la temible frase de eres un chico estupendo, pero…Y para acabar esa charla, el muchacho que tiene diecisiete o cuarenta, ni él lo sabe, ha procurado engancharse al último tren, una fiesta de ex-alumnos de algo que ni recuerda, de gente que no significa nada, él solo quiere verla a ella, y ayuda a organizarla, a disponer la orquesta, la decoración, un poco demodé le dicen, y él piensa, sí, como más de veinte años atrás, y va a la fiesta, escoge traje, camisa, zapatos, para sacar de sí lo mejor y llega tarde porque, ese día, sí justo ese día, ha muerto el padre de su jefe, pero llega, y cuando espera encontrar a Cenicienta, la encuentra hablando con el príncipe maldito del que la rescató aquella noche de la conversación inacabada, aquel que la engañaba con cualquiera que se pusiera a tiro, y sí, se le viene entonces el mundo encima, sus cuarenta años se le agolpan todos a la vez, y, de repente, se encuentra solo, de espaldas a la fiesta y al mundo, bebiendo sorbos de algo infecto.
Ella lo mira y recuerda. Recuerda como la abrazó aquella noche mientras lloraba y como pensó en él durante mucho tiempo después. Sí, aquella noche, la había rescatado y después se había declarado y ella lo rechazó de la forma más amable que supo. Y sí, sabía que aquella era su última noche antes de marcharse a otra ciudad, pero jamás pensó que, poco después, empezaría a soñar con él, a querer que volviera a abrazarla, a rescatarla mil y una veces, y que él no volvería hasta muchos años después. Y sí, lo olvidó, con el tiempo, lo olvidó, más cuando comoció a otro canalla igual a aquel del que la había rescatado, pero famoso y con buena prensa, y se casó con él, y fue infeliz, y olvidó toda su vida anterior. Y sí, ni siquiera cuando se divorció, y las habladurías se cebaron con ella, pensó en que nadie la rescataría. Y sí, con toda la insistencia de él para que viniera, jamás imaginó que todavía pudiera sentir algo por ella. Y ahora está aquí, sentada a su lado, esperando en un silencio eterno que modula una antigua farola. Necesita un empujón para darse cuenta del todo, para ser consciente.
   - ¿Me darías un trago de whisky?
Él le entrega el vaso y ella da un sorbito que parece quemarle la garganta.
   - Jamás te contesté del todo. Dice ella. Pero hoy vine por ti.
Y él calla en un silencio eterno que modula una farola antigua. Y la mano de ella se desliza por el banco hasta que toma la suya.  Y él siente que es posible tener cuarenta años y que el corazón siga ardiendo. Y siente que hay algo en ella que le dice, espera, cada cosa debe ser dicha en su momento, espera, soy yo quien debe hablar ahora, espera, quiero que cambien algunas cosas en mi vida, espera.

lunes, 29 de abril de 2013

AMAR LA PIEDRA INERTE.

Como en todo mal relato, aquel día llovía. Y era de noche. Pasamos junto a la Giralda, y aquel sevillanísimo, proclamó: “Si algún día se cae este trozo de cielo, yo me muero”.
En el bien del arte y de la arquitectura, esa torre no ha caído. Se han desplomado lienzos de muralla en Lugo, trozos de las catedrales de Burgos y León, han robado en muchas Iglesias, de los pórticos de muchas iglesias, han expoliado yacimientos iberos y romanos. Pero que yo sepa, la Giralda sigue en pie. Y aquel sevillanísimo no ha tenido motivo arquitectónico para dejarnos.
Y no sé si aquel muchacho habría traspasado la frontera que separa un cierto tipo de amor por la belleza, por la estética. No lo sé porque no sé hasta qué límite el amor por las cosas se puede personalizar y querer la piedra basta o pulida, la ordenación planificada, el orden de la piedra o su disposición natural como se quiere a una hija, a una amante o a una madre.
Quizás yo, frío, no soy capaz de expresar mi amor. Por eso no soy capaz de amar las callejas de Córdoba, las plazas de Sevilla, los lugares de París, las iglesias de Roma o los puentes de Florencia. Y no porque no sienta algo especial al contemplarlas, al rememorar los paseos, las vivencias. Quizás yo, frío, no sea capaz de decir lo que me emocionan El Profeta, Las Meninas, Paulo, el tapiz de Hastings, o la música de Wagner; incluso los pastelillos de Belem. Quizás yo, frío, no sepa saber si lo que siento es amor.
Y es en ese quizás, en el que soy frío, inerte como la piedra, en el que amo. En el que siento. En el que amo a mi mujer y no le digo, si algún día te caes, yo me muero.

lunes, 22 de abril de 2013

MANIFIESTO DE UN IDIOTA.

Están la libertad de expresión, las redes sociales, los teléfonos, las autoediciones, los e-books, los diarios electrónicos, los i-pads, los chats, los blogs y los foros. Y seguro que se me olvida o no conozco algo. Seguro. Los medios de comunicación en los que las personas escriben y manifiestan opiniones son innumerables.
Como a mí me gusta clasificar y ordenar este mundo, creo que es necesario hacer tres categorías: las charlas de café, las de ínfula productiva, literaria o no, y las afán de perpetuarse. En las primeras, que equivalen a charlas de patio de vecinos, a conversaciones de tarde de estío o a encuentros en el autobús, decimos casi lo primero que se nos ocurre. No pasa nada por hacer un tuit pidiendo que no se acabe nunca la Feria o que nuestro estado en el FB sea “Odiando la lluvia”. Es así, de vez en cuando hay que ser superficial y no acomplejarse por ello. Los segundos son los que más me gustan, aquí hay gente que intenta escribir, hacer música, mostrar una vena artística, fotográfica, pictórica, divulgativa, de diseño o de cocina que mola. Es cierto que estamos muchos moñas y que hay much@ maleni suelta, pero también lo es que si no, daríamos la lata de otra forma, más personal y más pesada.
Pero los terceros, ¡ay, los terceros!, me matan. Quienes escriben  sesudos blogs de opinión con el orgullo de elevarse sobre los demás, de enseñarnos nuestros errores, de adoctrinarnos; quienes opinan a favor de todo lo que huele a un bando, o los que están en contra de todo lo de todos los bandos, quienes apoyan solo a lo que en ese momento es, de acuerdo a su bando, políticamente correcto, ya sea un escrache, la economía dirigida, Venezuela, Cuba, el aborto o unos delincuentes manifiestos. Y sí, en el deseo de elevarse, de congraciar, de dar el perfil de personas coherentes, honestas, humildes, de representar un papel, se lo creen. Y sí, estas personas además de defender a sus ladrones y condenar a los contrarios, de no abrir los ojos y no ver sino con anteojeras, además de eso, llega un momento en el que se creen por encima del bien y del mal, ya sea estético o moral; y puede que hagan tuits y charlas vecinales, o una foto, o un cuento, pero no pensarán que han hecho uno más, sino "el tuit", “la foto”, “el cuento”. Y sí, pienso que son idiotas.
El emperador Adriano, según Yourcenar, tenía un esclavo que a cada momento le repetía “eres mortal” para que nunca olvidara, no que moriría, sino que no era muy diferente a los demás. Esta gente, los opinadores, los tertulianos, debería tener alrededor a algunos que le dijeran algo. Ya les gustaría que fuera lo mismo que a Adriano, pero lo que se merecen es “eres idiota, eres idiota”. Suele ocurrir que tienen también idiotas alrededor, eso los condena.
Yo, por si acaso, tengo la autoestima por los suelos, me considero tonto y, cada vez que me pongo estupendo, me pego un leñazo. O me lo pegan, pero es porque tengo suerte y estoy rodeado de buenas e inteligentes personas que solo se toman en serio la vida, no las idioteces.