lunes, 11 de agosto de 2014

LOS DESORIENTADOS.

(ADVERTENCIA: NO LEER SI SE TIENE INTENCIÓN DE LEER LOS DESORIENTADOS DE AMIN MAALOUF)

No creo que mi visión de Oriente Medio sea la más certera, a la leyenda, a las historias sobre la caballerosidad de Saladino, o el esplendor de la corte Omeya, se sobreponen cientos de años en los que los habitantes de Líbano, Jordania, Siria, bien podían ser llamados moros o árabes. Incultura vil que han, si no cambiado, moderado las lecturas de libros y cómics sobre estos países, sobre Irán, Iraq, Turquía, Afganistán... Pero el poso de años de considerar a estas gentes los otros, los invasores, los bárbaros, los atrasados queda, y me sigo sorprendiendo, como buen lector, con las historias que provienen de allí. Como si me las contara Sherezade.

Pensaba que el título se refería a gente que se encuentra sin rumbo, pudiera ser; pero, se me ocurre, que se trata de gente que ha perdido "su Oriente", de exiliados, de extranjeros en el país en el que viven y de extranjeros en el país al que vuelven. Y es así también con los que permanecen en su país, han perdido el país en el que vivieron, pues si, este país que nunca nombra el escritor, ha sobrevivido a las guerras, su verdadero país, el interior, el que forman sus familias, sus amigos, sus vivencias, hace años que quedó atrás.

Esta historia es la de un reencuentro, la de una vuelta, la de un sortilegio, la de una catarsis. Es, para el protagonista, la historia perfecta; es, para los demás la historia que no viviremos; quizás no tengamos esas deudas con el pasado, quizás no tengamos esas necesidades y hemos aprendido a no dar la vuelta al pasado, sino a caminar hacia adelante; aunque nos pueda esperar en una curva la guadaña de la maldita muerte; pero hemos aprendido que así somos, con nuestras carencias, nuestros defectos, y nuestros afectos. 

Me turbó el libro, no puedo dejar de pensarlo; en una época en la que mi mujer está reencontrando sus raíces, en la que está reforjando la cesta que ya tenía en el pasado, yo también he sentido la necesidad de reencontrar, aunque sea en un simple mensaje, los mimbres una vez empezados a trenzar; los de Córdoba, los de los primeros años en Sevilla, los únicos válidos de la playa, los de Morón. 

Y no me quiero dormir, necesito el cuento de Sherezade, las historias refinadas y cultas de aquellos a los que Maalouf convierte en sus instrumentos, en la fantasía de un cuarentón que jamás fue feliz, que, quizás, jamás acabe la biografía de Atila. Adam, el primer hombre; Adam, ¿el último? 

Y pienso en mi patria, mi pequeña patria, formada por tres mujeres; y pienso en vosotros, amigos, amigas, familia, y siento que sois a la vez mi patria y mi frontera, a donde quiero llegar y de donde no me quiero ir.

Si se está turbado, no se puede quedar uno a medias tintas. Instalarse en mitad del camino hacia ningún sitio, mantener la boca medio cerrada, es una tontería, una rendición a las propias convicciones. Por eso creo que es mejor empezar de nuevo. Y sí, en esta ocasión es posible que destripe el libro.

Al acabar este libro pensé que a Amin Maalouf le faltó algo para convertir en obra maestra esta historia. Y es este final abrupto en el que el protagonista desaparece pero no del todo; sobra o falta algo. Si se tratara de una película se podría pensar que el protagonista ha muerto y que de alguna manera se ha de acabar el proyecto, por lo que lo mejor es acomodarlo. Tratándose de un escrito pienso que o le faltaron fuerzas, o ganas, o quiso estar acorde a los tiempos e imitar al cine. Y aquí lo mejor habría sido recurrir a la fórmula de señalar que el diario es un diario inacabado; de que quizás todo lo vivido lo vive alguien que al recibir la primera llamada entra en una especie de coma o cualquier recurso que o nos hubiera preparado para el desenlace o nos hubiera resultado una sorpresa. Para nada me conforma el final a modo de final de serie de televisión. Lo siento. 

Cuando comencé en verano la lectura, Israel bombardeaba Gaza y una facción radical y extrema del Islam extendía su horror por Oriente. Hace años Israel bombardeaba Líbano, Egipto o Siria y el terror estaba en Argelia, Irán, Iraq o Yemen. Por eso pensé que esta historia merece ese marco, un marco intemporal en un país innominado que parece vivir un atisbo de paz. Oriente es tierra de sutilezas, de complicaciones bizantinas en las que es fácil perderse, y yo no soy un experto en ellas. Mi visión de esta tierra no es, seguro que no lo es, la más certera. Pienso en leyendas, en historias de cruzados, en Saladino, en los Omeyas. Y mi vil incultura que yo creo moderada por la lectura de libros y cómics sobre Irán, Palestina, Siria, Turquía, Egipto, Líbano o Afganistán, demuestra que estoy convirtiendo en un todo a una pléyade de naciones y de culturas. Y mi fatalidad, o mi incultura, me hacen pensar que dentro de diez años, con distintos escenarios, Israel bombardeará algún territorio y el terror fanático nos atemorizará a todos. 

Desnortado. Esnortao. Aquí, en Andalucía se usa esta palabra como sinónimo de tonto, es posible que venga de despistado, es decir el que no encuentra la pista, la huella, el camino. Así entendí yo el título, referido a gente que se encuentra sin rumbo. Se me ocurrió, sin embargo, que se trata de gente que ha perdido "su Oriente", de exiliados, de extranjeros en el país en el que viven y de extranjeros en el país al que vuelven. Pero no solo son desorientados los que se fueron, los que permanecieron en su país perdieron, y cambiaron, el país en el que vivieron, pues si, este país que nunca nombra el escritor, ha sobrevivido a las guerras, su verdadero país, el interior, el que forman sus familias, sus amigos, sus vivencias y sus costumbres, hace años que quedó atrás.

El escritor nombra protagonista a un cuarentón, que vive y revive una historia perfecta; vuelve a su tierra, se reconcilia con sus recuerdos, cierra las historias con los amigos que dejó atrás, vive la pasión que nunca supo reclamar, y disfruta de una posición acomodada y privilegiada. Es como el sueño de un niño de cuarenta años. Quizás contado así, parece un personaje egocéntrico que poco puede gustar. Si alguno ha sufrido alguna vez un golpe muy fuerte sabe que, al principio, no duele, no se siente nada, y solo poco a poco, cuando se empieza a desentumecer la zona, empieza ese dolor como de agujas que se convierte en un dolor continuo e insoportable. Así entiendo yo el proceso de Adam. Un despertar, una catarsis, hasta un sortilegio. Hacia un punto en el que Adam no es nadie sino todos los amigos que fueron, todas las vidas que se cruzaron en él, y que, poco a poco, van llenando el vacío del exiliado, ocupando el hueco que él no dejó que terminaran de ocupar.  

Mi turbación no consistió en que sienta que tengo deudas con el pasado, no. Hay cosas, temas, asuntos, personas, actitudes, momentos, que se han cerrado mal o en falso. Claro, las hay seguro en la vida de todos. Pero no tengo esas deudas con lo ocurrido, no tengo esas necesidades y he aprendido, o lo he intentado, a no dar la vuelta al pretérito, sino a caminar hacia adelante; aunque me pueda esperar en una curva la guadaña de la maldita muerte; pero he aprendido que así soy, con carencias, con defectos. Con afectos.

Lo que más me turbó fue la búsqueda de los antiguos amigos, el encuentro con lo que son ahora, la convergencia en un punto actual de caminos que se separaron.Y es posible que sea porque veo que mi mujer se está reconciliando con sus raíces, que, por fin, abre los ojos hacia el futuro sin renunciar a lo forjado con antelación y yo he sentido la necesidad de pensar en qué mimbres empecé a trenzar que merezcan la pena ser retomados. Y eso me conduce a los amigos de Córdoba, estos a los que el tiempo ha agrandado y unido a una época llena de cambios, llena de ilusiones y de miedos, los compañeros de estación cuando estábamos a punto de coger distintos trenes; a algunos de los amigos de los primeros años en Sevilla, esos años duros, interminables, desazonadores, desesperanzadores; a uno de los amigos que conocí en la playa y que se convirtió en compañero de charlas y de anhelos, de coloquios sobre libros, y sobre las mujeres; a otros de los que por el trabajo conocí y trascendieron más allá del horario compartido. Todos tienen nombre, todos saben quiénes son.  

Sentí, leyéndolo, que no quería dormir, que necesitaba el cuento de Sherezade, las historias refinadas y cultas de aquellos a los que Maalouf convierte en sus instrumentos, en la fantasía de un cuarentón que jamás fue feliz, que, quizás, jamás acabe la biografía de Atila.  

jueves, 19 de junio de 2014

COMENTARIOS.

Un blog es un cuaderno. Virtual, electrónico, pantalla al mundo o lo que sea. Sí, tecnología del siglo XXI, de finales del XX, y ya desfasado. Sí, ya ha cambiado la forma de escribir. Desde el relato oral al papiro, luego al papel, a la imprenta, a la máquina de escribir, hemos llegado a la puntilla. Al comentario destilado que apostilla.

Salvo para la ironía, el sarcasmo, o para dirigir a un conductor despistado, no me bastan dos frases. Bueno, con dos palabras como te amo, por favor, te quiero o con monosílabos como ven, sí o no, se construyen mundos y vidas. Pero para expresar lo que significan seis años de ensueño, un reinado de 40 años, los desastres de Calatrava, o el abandono en nuestro país de la educación o la sanidad, dos frases se quedan cortas.

Dirán algunos, si no sabes hacerlo con esos mimbres es que no sabes resumir lo que piensas. Yo, que no sé si pienso, o si lo que hago es rotar ideas en mi mente a la manera de las balas en el cargador de un revólver, no lo entiendo. Pues no creo que de cualquier cosa se pueda tener la seguridad para resumir la propia opinión en una frase o en un meme, porque no creo que esa frase pueda albergar matices con todo lo que se quiere expresar y que, dada su cortedad, hemos aprendido a rellenar lo que sugieren las frases de los demás a nuestro antojo. De ahí los problemas,  que también los suscitan estos nuevos medios.

Estamos dejando a la prensa, a los tertulianos, a los politólogos que sean ellos los que rellenen, y dominen, en nuestro mundo, la información y el pensamiento. Y nosotros nos estamos dejando, nos basta con la comodidad de hacer un comentario. De hacer un titular para ser retuiteado, a veces solo con la intención de saber que nos siguen. No importa que ni siquiera nos lean.

Un blog es un cuaderno, esto ya fue dicho. Un blog responde a algo anticuado, esto también. Y les pido que sean anticuados y me cuenten qué les parecen las entradas, si las leen. Pues, a veces, este fondo negro desconsuela, uno ve que han sido más de ocho mil visitas a sus páginas, y piensa, si es eso lo que hace, al ver las estadísticas de la página, que solo puede tener seguridad de que sean visitas reales las que provienen del extranjero y que la mayoría de las de aquí, son entradas del propio autor para corregir y pulir.

Comenten, comenten, pero no sean cortos. O sí, pero comenten. Por favor.

miércoles, 18 de junio de 2014

LLAMADME FRIKI.

My Dear Tod Browning, if only you could see, if only you could know how much damage your film of 1932 has done. Just for a while I would be pleased to know that people understood your message, but I realise that over concepts the shadow of a name has flown. 

Neither Poetry nor Maths are for monsters; neither people without legs or arms nor people low minded could be considered nature fails; neither any of the creatures that in this moment are sharing our room, our time, our age could be considered freaks, except those who have taken the straight path to evil or those who have preferred to forget those things that are made with heart, and heart, too.

So, please, clever people, you, who can play and run, you, who have the sacred gift of enjoying life without suffering; you, damned happy and beautiful people, call me freak. Call me freak and name me friend of Poetry, Theatre, Literature, Physics, Maths, History, make me friend of forgotten people, make me companion of a Legion, that one composed of hearts and souls, heavy and damaged hearts, light and eternal souls.

Llamadme Friki. Call me Freak.

miércoles, 4 de junio de 2014

LA MONEDA

Si alguien me tiene por alguien de izquierdas me gusta pensar que acierta. A esta persona no le sorprendería que La Moneda fuera un edificio referencial para mi vida. Se confundiría, sin embargo, si dijera que la fecha a la que asociarlo es la del 11 de septiembre, en palabras de Silvio Rodríguez,  la del doble salto escalofriante.

Si alguien que me conoce dijera que me gustan los grabados, también me inclino a pensar en su certero diagnóstico. Erraría quien conociendo mi biografía pensara en Durero y en su antológica exposición en la Escuela de Artes y Oficios. Durero es un genio, pero los vientos y las tintas aprendidas al sol de África son algo más para mí.

Si alguien me dice que me gusta el vino, aquí acertaría. En el centro de la diana. Pero, ¿y la cerveza?, ¿y las cabinas de teléfono?, ¿y perderme del grupo?. Sin duda un lector no avisado, y no avispado, no dará con la tecla de este galimatías que cuento. Pero, permitidme, lectores, que mantenga la historia, nuestra historia, en este secreto.

Permitidme lectores, que diga, nos gusta La Moneda, la de Sevilla. Nos gustan los grabados, los de Bea. Nos gusta que nos inviten a eventos, recuérdalo Mari Nieves. Nos gusta la cerveza, la de las exposiciones y la de ese bar en el arco centenario. Nos gusta perdernos, y besarnos, mantener la tensión, la ilusión y los secretos. Nos gusta.

Veinte años más tarde. Que no son nada.

jueves, 29 de mayo de 2014

EL DÍA QUE ME SEPARÉ DE C.B. II. EL ENCUENTRO.


Perseguido por el lamento de las banshees, dolido por el dolor de las actrices, abrumado por la cercanía del abismo. Así he transitado por los filmes; así, como Orfeo, en pos de la puerta del Hades, así, he caminado. Y te encuentro aquí, C.B., jugando en el sofá de Martín Hache, congelando botellas de vino de Champagne, manejando una esfera de cristal a la que unos días llamas Xanadú y otros Rosebud. Díme, ¿qué haces aquí, C.B.?
 
¿Quién eres tú para preguntarme? Yo soy la opinión, yo soy el crítico, yo soy quien decide la moda, quien entroniza a los maestros, quien despelleja a quien se le antoja.
 
Junto a C.B., quien ahora está en el camarote del Nautilius, vestido de Nemo, dormita su compañero. Groupie lo llaman algunos. Esclavo lo siente él. El compañero está gordo, tendrá unos cincuenta años, la piel de la cara un poco picada desde una adolescencia atroz, el pelo cortado con un estilo que fue novedoso hace décadas, la ropa de color estridente es demasiado ajustada en unas zonas, demasiado holgada en otras. El compañero dormita. Asiente a las palabras de C.B., pero dormita. Dormita.
 
C.B. charla, expone, cuenta; parlotea y solo él se escucha. C.B. no responde a nada ni a nadie, y ni siquiera mi pregunta de por qué muestra tan poco respeto al decir que no le interesan determinados trabajos, determinadas personas,  motivan una respuesta más allá del me aburren y no me interesan.
 
C.B. cuenta cómo descubrió el poder de deshacer egos y reputaciones, cómo su aspecto desaliñado y su odio a la felicidad le han dotado de una credibilidad superior a la del resto de los mortales, cómo desde su púlpito puede hablar de películas, y de música, y de salmón, y de whisky, y de libros, y de lo que desee. Él, C.B., es el amo. Y no le importa destruir vidas o mundos, el placer que el poder le otorga vale más que esas vidas, que esos mundos.
 
C.B. calla. El Colt frente a su cara, ese Colt que se convierte en una Lüger, una Beretta, un Magnum o una Remington, a medida que caminamos por El Desafío de las Águilas, El Tesoro de Sierra Madre o Perdición, lo intimida. Nunca le gustaron a C.B. las películas con final feliz; y lo que no sabe es que, quizás, a mí sí. C.B. calla, porque por un momento ha adivinado mi gusto por un final feliz, pero no sabe en qué consiste.
 
C.B. sale al desértico paisaje donde el 7º de Caballería carga. Yo me doy la vuelta, tiro al suelo mi revólver y camino por una senda interminable en un cementerio de Viena. Suena la melodía escalonada de una cítara.
 
El compañero de C.B. dormita. No importa quién venga luego. Él asentirá. Y dormitará. Ahora, dormita. Dormita.

LA BÚSQUEDA

martes, 20 de mayo de 2014

EL POETA BRADBURY

“Hay un tiempo para todo. Sí. Una época para derrumbarse, una época para construir. Sí.
Una hora para guardar silencio y otra para hablar. Sí, todo. Pero, algo más. ¿Qué más? Algo, algo...
Y, a cada lado del río, había un árbol de la vida con doce clases distintas de frutas,
y cada mes entregaban su cosecha; y las hojas de los árboles servían para curar a las naciones.
Sí —pensó Montag—, eso es lo que guardaré para mediodía. Para mediodía... Cuando alcancemos la ciudad”
FARENHEIT 451
Ray Bradbury
Melancholia.

Bonito nombre para un planeta. Bonito nombre para el fin del mundo.

Y Trier, el cineasta, pensó en qué maldito día se le ocurrió que Eros debía inundar su película sobre la catástrofe. Y Trier, el cineasta, pensó, mal voy si sigo este camino de sexualidad incontenida.

Truffaut, el maestro, contestó. Lars, no eres Ed Wood, tranquilo. Eros y Thánatos; Thánatos y Eros caminan juntos, has contado una maravillosa historia, Lars. Cuando comenzó la película pensé que no tenía ni idea de lo que me contabas, pensé en que nada tenía sentido, pero, de repente, toda aquella atmósfera cargada de electricidad, todo aquel refinamiento y aquella contención de sentimientos que manaban como fuentes, cobró sentido. No has hecho serie B, Lars, no has hecho serie B. Al final has llegado y has hecho poesía. El cine de catástrofes hecho poema.

Maestro, pero, heme aquí, soy el bocazas incontenido, soy el idiota que todo lo estropea.

Esta vez no, Lars. Esta vez no. ¿En qué pensabas?

Pensé en muchas cosas, en “Celebración”, en “Rompiendo las olas”, en “Farenheit 451”. No son películas en las que la sorpresa llega al final. No. Cada una de ellas se compone de dos películas unidas en una; y sí, en apariencia, los personajes no cambian, el escenario es el mismo, pero nada tiene que ver la segunda con la primera. Y si la primera parte es un aburrimiento sin ella la segunda parte no tendría sentido.

Debo tomarlo como un halago.

Y Truffaut, tomándose la barbilla entre el pulgar y el índice, añade.

Déjame contarte una historia. Hace años buscaba inspiración y la encontré en un pequeño libro que hablaba de libros, de la sociedad, ya no de aquel entonces sino de la que vendría con los años. La de este siglo XXI. De la soledad del hombre, de su autodestrucción. No conocía a aquel escritor, Bradbury. Y sé que muchos pensarán que estoy loco, pero nunca lo vi como un escritor de ciencia ficción sino como un poeta. Quizás con versos demasiado largos, todo un libro, pero poeta de metáforas, de símbolos, de ambientes. Con él descubrí la magia del espacio, de los cinturones de asteroides, de los campos magnéticos, la metafísica de la existencia extraterrestre…Con él empecé a soñar más allá de este mundo, con el rojo planeta de Marte. Y descubrí que no había imagen más poética que la de los hombres-libro paseando en la otoñal ribera de un río que une ciudades arrasadas.

Esa es la imagen que recuerdo de su película, maestro.

Entonces, acerté. Y ahora dime, y ve con cuidado, tu respuesta es fundamental. ¿Qué es Melancholia?

Es el fin inexorable, la demostración científica de que somos insignificantes en el Universo, y que la vida no tiene cabida en las leyes universales. Somos un accidente, una digresión en el Universo que será corregida.

Lars, eres un poeta. No como Bradbury. Pero eres un poeta. Dime que Melancholia es el final. Dime que todo acaba ahí.

martes, 22 de abril de 2014

EL ESCRITOR. HISTORIAS SOBRE LA EXCELENCIA VII.

“E il mio maestro mi insegnò com'è difficile trovare l'alba dentro l'imbrunire.”
Franco Battiato.
Prospettiva Nevski

Fue hace mucho tiempo, mucho, casi una vida, cuando el cruce de una bufanda cambió su existencia. Hasta ese día, había un niño que leía sin desmayo las obras de Verne y de Salgari, de Karl May, de Fenimoore Cooper  y de Sir Walter Scott; desde que alguien leyó y decidió que era digno de galardón aquel relato, que no decía nada, acerca de alguien que sale con el frío de la noche a escuchar la Misa del Gallo, sobre aquel niño pesó una losa; su mundo interior, el mundo que habitaron Sandokán, Nemo y los fareros del fin del mundo, debía salir a flote convertido en palabra digna de ser leída, digna de ser compartida.

Llegaron otros galardones menores. Fue casi una rutina de relato y premio, de concurso y premio, y todo transcurrió con la misma cadencia hasta que, convencido de que debía superarse a sí mismo, escribió algo parecido a una confesión desencantada. Invirtió en su relato casi dos semanas, pulió las palabras, cuadró los párrafos, midió que cada categoría de sucesos encajara con las precedentes y las que la seguían. Mucho para un niño de doce años. Y presentó su relato con el ánimo de que, al leerlo, alguien decidiera cambiar el mundo. Ese año la rutina de los concursos cambió. Ganó un niño recién llegado, del que luego supo que era hijo de un profesor del instituto asociado al colegio. A todos nos leyeron un día su cuento. Una almibarada historia de la que no recordó gran cosa salvo los esperados clichés sobre la Navidad y la familia. Ese día se sintió mucho más ganador que en las ocasiones anteriores.

Desde la primera historia a aquella había habido muchos escritos, poemas enfebrecidos y llenos de ripios y épica vacía, cuentos ñoños escritos para salir del paso tras algún apuro casero, epítetos nunca encontrados; el niño recuerda casi todos pero ninguno como la novela frustrada. Con su amigo Luis decidió escribir un libro al alimón. Se trataba de una historia de piratas, bucaneros y soldados que nació el día en que tuvieron que reescribir el final de “La Isla del Tesoro”. El inicio de aquella novela contaba como zarpaba del puerto de Cádiz la goleta Nuestra Señora de Begoña. El comienzo era espectacular, pues se describía de proa a popa el velero, contando las hileras de cañones, el velámen, el mascarón de proa, el castilo de popa, la carga, los soldados y la plata y el oro que portaba para sufragar los gastos de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. De una cuartilla y media no pasaron, ahí comenzaron las discrepancias artísticas. Luis quería acabar la historia en dos cuartillas más contando como unos piratas, los buenos de la historia, se quedaban con el barco y el tesoro. El escritor pensaba que no merecía la pena acabar tan pronto una historia  en la que se habían invertido más de cuarenta líneas en describir el navío y que era mejor esperar a que los piratas lo abordaran y mataran al capitán, y que un joven teniente de marina se organizara, recuperara la goleta y entregara   su carga a George Washington. Y eso en no menos de cincuenta cuartillas. Aquellas discrepancias artísticas derivaron en la ruptura del dúo. Y Luis, que era el dueño del cuaderno, quedó con la custodia del hijo común(1). Tiempo después, en un ejercicio de escritura y lectura obligatorio, en el día en que Ramón contó la delicada historia de un niño vagabundo y Herrera nos llevó en las alas de los piratas del aire, Luis aprovechó lo que se había escrito. Cuando comenzó a leer, la audiencia quedó en silencio, y se imaginó viendo como surcaba las aguas el Nuestra Señora de Begoña. Una vez que el bajel había enfilado el camino de América, la lectura viró, y naufragó, pues las ideas de Luis se mostraron pueriles, mucho más en contraste con la esforzada descripción inicial. No hubo crítica más feroz que la del profesor de Lengua. “Luis, esta es la historia que imaginaba de ti. Lo que no me explico es cómo has podido escribir un comienzo tan esperanzador”.

Cuando el niño escritor pasó al instituto, dejó atrás a los antiguos compañeros y decidió mantener en secreto, incluso para él, la escritura. Así fue durante años, si escribía no era más que alguna cosa por mandato. Que si ahora una redacción sobre la época califal, que si ahora una sobre el inicio del lenguaje, que si una sobre el Romancero, que si… Años baldíos habría de suponer, años de lectura, de formación, en realidad. Fue el tiempo en el que las lecturas de libros de aventura fueron cambiadas por la lectura de autores de todo tipo, de novelas, de poesía, de algunos ensayos, de autores clásicos y de autores posmodernos, de grandes autores y de artículos en fanzines. Fue el momento en el que decidió que el cómic, el cine y la literatura no eran sino lo mismo, una forma de contar historias, de expresar sentimientos, de liberar el alma.

Este adolescente no escribió para ningún público hasta que no iba a llegar el día en que marchara a la universidad. Abrumado por tantos compañeros brillantes había permanecido sin escribir, pero un concurso en una revista de cómics le hizo soñar con las treinta mil pesetas del primer premio. Seguro que le vendrían muy bien. Escribió un relato sobre el fin del mundo y esperó. Al mes siguiente publicaron el relato con el tercer premio; al otro mes, el del segundo. Ninguno estaba mejor escrito que el suyo, así que esperó al tercer mes, pero, esta vez, en la revista no hubo relato. Ni el cuarto mes, ni el quinto. Era definitivo. Sin decir nada dejaban desierto el primer premio. Fue un mazazo, y no por el dinero, con el que, como buena lechera, había comprado ya varios Levi´s, sino porque se dio cuenta de que, quizás, no era objetivo y su historia, ni era tan buena, ni estaba tan bien escrita, ni tenía la calidad suficiente. El daño fue tanto que ni tan siquiera le consoló saber que varios meses más tarde publicaron su relato y que nunca hubo ningún primer premio porque la cicatería de los editores suspendió el concurso para ahorrar treinta mil. Pelas, que eran catalanes.

Adiós al relato y al cuento. La universidad trajo el viento del diario y de los poemas. El amor, o quizás el desamor, le trajeron también el aroma de la desolación, la soledad, la pequeñez del mundo, la falsedad de esta realidad. Así nacieron los versos sin fin, sin rima, sin forma enclaustrada, sin métrica. Hubo muchos, es posible que ninguno mereciera la categoría de perdurable, es posible que ninguno mereciera el nombre de poema. Mas el atrevimiento de la ignorancia le condujo a pensar que si sus sentimientos le parecían nobles y de altos ideales, sus ¿poemas? llevarían su esencia, lo suficiente para merecer ser publicados, honrados por el premio literario. Es sabido que no, pues no hablan de él los diarios, no hablan de él los anaqueles, no hablan de él los críticos.

A lo Cervantes, sintió este escritor; nunca nadie tuvo en estima sus poemas, nació para la prosa. Y en la prosa, con tinte más o menos poético, persistió. En su día, sin saberlo, se apuntó a la moda del blog. Y si a otros les condujo la tendencia, a él le llevaron la edición sobre fondo negro y la posibilidad de estar escribiendo sin usar un cuaderno, signo más evidente de dedicación a la afición literaria que no quería sino mantener en la privacidad. Y en estas surgieron los temas, los escritos, unos cuantos que eran como su diario, otros fabulaciones, otros que quería que fueran metáforas. Y sí, al tiempo, ese blog fue, más o menos difundiéndose. Nunca pasaron de cuarenta los lectores, tampoco se buscaban más.

Pero, cosas de la vida, en la historia de este escritor se une, de alguna forma, la historia de la estirpe del poeta Juan Ramón. Y, voz autorizada, y, voz distinguida y con conocimiento del asunto, dice: “Ahora tu obligación es publicar”. Palabras que remueven la conciencia literaria, quizás la identidad, del escritor. Palabras que le dicen, en tu vida has resuelto varias cosas y andas dando vueltas a qué hacer con otras, porque sí que son importantes para ti algunas, sí que tienes obligaciones, sí que es posible que hagas esto mejor que otros, pero debes mejorar, pulir, trabajar con oficio y limar, dedicar tiempo y construir, sí, construir, un libro digno de tener ese nombre.

Y la maldición del escritor que aparece en “La Peste” nace en él, la maldición del folio en blanco, la de la frase perfecta, la de la novela que quiere ser y que no fue, la de los temas que le han pisado Pérez Reverte, Eco y Haneke(2). La de no tener tema, la de no tener tino, ni oficio. La de la presunción de que algo se hace mejor de como lo hacen otros, la de reirse de historias de otros en “Historias sobre la Excelencia”. Pues si otros merecen el sarcasmo o la ironía, este escritor merece la burla. Pues ni es escritor, ni es excelente.

  1. Con el tiempo, este niño habría de sorprenderse el día en que abrió un libro de Arturo Pérez Reverte y se describía un barco de una forma tan parecida a la suya, y con un nombre tan parecido al de aquel pequeño relato, que tuvo que pensar en una de dos opciones. O la improbable de que le llegara al cartagenero la descripción de hace treinta años o la más certera de que solo hay una manera de describir una nave. Y debe ser esta, pues también George Lucas iniciaba así sus trilogías galácticas. Y si alguien ha de pensar que coinciden los nombres pasado el tiempo, se le ha de contestar que Begoña se llamó el barco en honor a la hermana mayor de Luis, que para eso nos dejaba su cuarto.
  2. A la referida historia sobre el barco, se unen las historias sobre los Sabios de Sión y el cementerio judío de Praga y la película Amor. La historia de Umberto Eco fue motivo de una entrada antigua de este blog, la de Haneke barruntaba por la imaginación de este, el que escribe. Se trataba de un relato basado en una historia que me conmovió, un anciano de Mallorca al que detectan un cáncer en fase terminal y del que depende su esposa, una enferma de Alzhéimer muy avanzado. Aquel hombre mató a su esposa de la forma más dulce que supo y luego se suicidó. Tan grande como fue la conmoción por la historia, me resultó de estomagante la reacción de una ministra de por aquel entonces. Sin saber nada de los pormenores, sin tener ni idea de lo que ocurría, se apresuró a condenar lo que ella definió como un crimen machista. Es posible que mi historia no se escriba nunca, quizás porque se parezca mucho al argumento de la película de Haneke. Quizás porque metiendo a un político, yo pensaba en una concejal, me habría salido al estilo de “La estanquera de Vallecas”.

jueves, 10 de abril de 2014

EL ENÓLOGO. HISTORIAS SOBRE LA EXCELENCIA III.

En la época en la que yo estaba emocionado por la historia del fondillón(a) me invitaron a una celebración familiar. Es de recibo aseverar que no me atraía en exceso la idea de cruzar la península para regalar un reloj Casio o su equivalente en órgano electrónico, videojuego o crucifijo dorado, que todo es para jugar y todo es fantasía. O eso dicen, tan claro no está. Pero, por más que exprimiera mi seso y por más que pensara en la relación de enfermedades que podría sufrir de repente y curarme en un santiamén, ni hallé diagnóstico que cuadrara, ni encontré virus al que acoger con amor en mi seno. Así que desde el oeste viajé al este con la insana intención de ver como un infante que, pasado ese día, jamás volvería a pensar en la transustanciación deglutía su primera sagrada forma.

Tanto me ocupaba en ese tiempo la relación de vinos y de denominaciones de origen que compré alguna revista en el aeropuerto sobre añadas, caldos novedosos y maridajes. Esta palabra empezaba a trasladar y a desplazar por aquel entonces a las antiguas preguntas de, ¿pegan la carne y un vino blanco?, o, si el vino blanco es para el marisco y el pescado y el tinto para las carnes, ¿con qué pega beber rosado?. Y, seamos claros, hicieron flaco favor a las conversaciones domésticas en las que ya la madre de la casa se hacía un lío, y ahora más, porque pasaba de no saber con qué vino a acertar a no saberlo ni a tener las palabras adecuadas para preguntarlo; no fuera que el cuñado, ese que sabe tanto, le dijera que no podía maridar un vino de Toro con unas gambas. “¡Vino de Toro!, ¡vino de toro!, si es tinto es rioja, y marido solo es el que se casa con una mujer, que ya no solo se desvirtuó el matrimonio, ahora también quieren casar a los vinos, ¡Leche!.” Pero volvamos a la historia que, en esta ocasión, marcho a la deriva. El asunto es que llevaba alguna revista que otra en la mano cuando me recogieron una prima mía y su novio. Y debo decir que su novio echó más de una vistazo a las revistas que había puesto bajo mi brazo para poder llevar la maleta y la funda del traje, tanto que yo me sentí incómodo, pensaba que miraba alguna mancha o algún defecto en mi ropa.

Aguanté como pude una conversación interminable con la que se pretendía ponerme al día de años de ausencia familiar, di las gracias y marché a acostarme. Durante todo aquel rato, el novio permaneció callado, dando vueltas a un palillo de dientes redondo en su boca y amparado tras unas gafas de sol enormes que le daban el aspecto de una mosca lamiendo el azúcar sobre la mesa de la cocina. Jamás habría pensado que aquel muchachote buscaba asombrarme.

Pasemos por alto la ceremonia, pasemos por alto los tules, los linos blancos de los invitados, y pasemos por alto los tocados, pamelas y colores a lo Falcon Crest de los vestidos de las invitadas. Es lo mejor, dado que no queremos extendernos sobre este interesante asunto sino sobre el recinto de la celebración, bar de polígono industrial, honrada casa de menús de dos platos y postre, gustoso altar de la albóndiga. En este lugar nos hallamos convocados para comer. Y lo cierto es que si la comida no podía decirse que fuera mala, tampoco podría decirse que fuera lo contrario, y no fue por el arte del cocinero, sino porque estos sitios cuando pierden su esencia de lunes a viernes, cuando pierden al camionero que acaba de entregar su carga, al tornero, al administrativo y al jefe que quiere congraciarse comiendo con sus empleados, lo pierden todo. Su gracia, su esencia, su ángel.

A mí vino a suplirme esa desgracia el novio de mi prima. Aunque este hombre habría encajado más en algún lugar de carretera, secundaria a poder ser. El caso es que este muchacho entabló conversación conmigo, y yo, a pesar de lo que por ahí se diga, soy un hombre amable y sufrido que aguanta lo que le echen. Y aguanté, vaya que si aguanté.

Recurramos a otra elipsis, y obviemos los comentarios sobre las pechugas, no de la comida, que no recuerdo que hubiera, sino de las invitadas, en especial de las de mi prima. Y no es que yo sienta un gran amor filial por mis parientes, sino escrúpulo, y aquello lo sobrepasaba. Obviemos los comentarios sobre otras cuestiones y centrémonos en el vino, asunto sobre el cual se quería cimentar una amistad. No anticipo mucho si digo que quiso Dios que no fuera así. Y que por estas y otras razones, jamás podré afirmar con total seguridad y sin remordimiento, que Dios no existe.

Yo apenas comía, bebía un poco de vino, no recuerdo el nombre, sin muchas ganas. Y, en ese momento en el que, en todo evento familiar, las mesas se quedan medio despobladas, el muchacho ocupó  el asiento contiguo al mío. No has debido pasártelo muy bien, comentaba, has venido solo, y no has podido estar con los hombres, todo el rato aquí al lado de las mujeres hablando de trapitos, sí, contestaba yo, sí, sí, sí, sin convicción, y allí conmigo y con el “Quinto” podrías haber hablado de cosas de tíos, qué sé yo, no te extrañes, de tías, de las motos de esta mañana, de cualquier cosa. Pero no te preocupes, decía y a la vez me tomaba por el brazo, he visto que te gusta el vino, y yo de eso sé un rato. ¿Sí?, y esta vez era un sí de verdadera intriga.
“Hombre, a mí el vino, es que me viene de familia. Fíjate, mi abuelo hacía un vino cojonudo con uvas de sus parras y nos poníamos ciegos desde que éramos críos. Jugábamos a las cartas y el que perdía, trago de vino. Mi abuelo es que era mucho abuelo, a mi hermano y a mí nos crió él, porque mi madre nos dejó y se fue a Mallorca a trabajar en los hoteles y mi padre anda por ahí. Así que con mi abuelo, el pobrecito, en el campo hasta los doce años. Cuando nos vinimos aquí, a Llorent, descubrimos la bodega de Paco. No veas qué Jumillas hemos comprado ahí, del vino bueno, ¡eh!, del que está sin etiquetar, que es el que mejor entra. Y ahora con tu prima hemos comprado mucho, como a ella le gusta más suave, unos moscateles, unos vinos de málaga y para mí, unos riojas, unos tintos de Requena. Lo único que le pedía a Paco es que fuera del barato. Pero lo que son las cosas, empecé a ganar dinero de albañil, y no veas lo que he descubierto, mira me tomé una botella el otro día de champán, un champán de Murcia que está que te mueres, y un vino francés, que me dije si es francés tiene que ser bueno, que a mí el francéeees, jajajá, jejejé, y si no pregúntale a tu prima, jajajá, jejejé, pues bueno, me tomé una botella de Chato de Brian, que no veas y otra de Chato de Ángela, que yo qué sé qué te puedo contar. La más barata ciento cincuenta mil pesetas. Y es que yo soy así, me gusta una cosa y la compro. Y por eso me ha dado ahora, que si un vino de 1971, que si otro de 1984, que si una de 1953 para tu tío. En fin, fíjate, ¡Camarero!, ¡Camarero!”

Aquella conversación había tenido altibajos. Empezó regular, pero la historia del abuelo me conmovió. Así fue hasta que me habló de los vinos a granel de aquella época, polvitos, alcohol, zumo de uva y agua. Y no pudo acabar peor que gritando para llamar al camarero. Én ese momento pensé en que tenía que hacer algo para marcharme pero fue el propio camarero el que me salvó.
- El señor dirá, palabras que cualquier usuario de establecimientos como este sabe que encierran un resentimiento inmenso.
- Mira muchacho ¿nos puedes traer una botella de este vino de la comida.
- Aquí la tiene usted, dijo a la vez que tomaba la botella a medio beber de la mesa contigua. ¿Quiere el señor Casera?
- No. Es para nosotros, no te molestes, nos gustan las cosas fuertes.

Y justo en el momento en el que el camarero se marchaba añadió:
- Oye, este vino es un Fuentesquina. ¿Me puedes decir el año y el tipo de uva? No veo bien la etiqueta.
- Mire usted, pues no lo sé, ni me interesa mucho. Este es el vino que tenemos. Si le gusta, bien, y si no, también.

Aquellas palabras fueron mágicas porque mi contertulio se calló. Se había servido una copa de vino que apuró de un trago y la digestión pareció haberle cerrado la boca. Nunca supe si lo que digería era aquel vino ácido y aguado o la forma en la que el camarero hizo entender que aquello era lo que era, que ese vino era lo que era y que todos éramos lo que éramos. Que no intentásemos cambiar eso y darle el día.

Durante el viaje de vuelta estuve dándole vueltas al asunto. Pensaba en el trabajo que le tuvo que dar a aquel muchacho estudiar algo de vinos para impresionarme. Imaginé que alguna frase de James Bond haciendo el hortera ante un sumiller le habría impresionado y que quiso repetirla. Imaginé su esfuerzo, un verdadero esfuerzo de superación y estudio, para mezclar Chateaubriand, Château Angélus, Champagne, Murcia, con riojas, espumosos, moscateles y el universo de Ian Fleming; para confundir aquel salón de comidas con el Casino Royale. Y pensé en que, al final, era una especie de quijote que confundió la caballería con la enología. O que, quizás, todo aquello alrededor del vino no era sino un mundo ficticio alrededor de ilusiones, de sabores imaginarios, de trajes del emperador en el paladar.

En el aeropuerto había un contenedor para el reciclaje de papel. Allí durmieron aquella noche el recordatorio, con foto, del evento, un folleto sobre la compañía de aviones y las revistas que había comprado a la ida. En aquel momento no habría distinguido una cosa de otra.
 
(a) Tipo de vino monovarietal, dulce y añejo del Levante español.  Se elabora a partir de la uva monastrell a la que se deja sobremadurar en su cepa. Fue un vino muy preciado a partir de la Edad Media que estuvo a punto de desaparecer entre los siglos XIX y XX. A partir de barricas antiguas, de los testimonios recogidos en notas de literatos como Dumas o Defoe, o de los recetarios de los cocineros de Felipe II o Luis XIV se ha recuperado este vino.

miércoles, 2 de abril de 2014

EL EXTRAÑO CASO DE LOS SUPERPAPÁS.

En  mi azarosa, o abúlica, o aburrida, vida, pues cada cual la verá de una forma, he visto a gentes variopintas y me he sentido mil veces fuera de las peculiares esferas en las que se ejecutan las relaciones humanas. Pero he de confesar que entre las más peculiares, sin género alguno de duda, está la esfera de los superpadres.

Esta esfera contiene en su interior a otras, podríamos verla como un cojinete esférico lleno de rodamientos o como una esfera de Mohr, pero su envoltura externa fue hace unos años la de unos seres apresurados, gorditos y vestidos de chandal, a ser posible de felpa. Las características exteriores de estos padres están mutando. Ahora a esa mezcla, que va quedando obsoleta, se unen, según su autonombramiento, los alternativos, los ciudadanos del mundo y los hispter de nuevo cuño. Eso sí, en cualquier caso, padres y madres, seamos políticamente correctos, niños y niñas, prolonguemos la corrección, mantienen una línea común. No verá usted a una niña en un parque con chandal y a su supermamá con un vestido de Zara. Será más bien que madre e hija comparten a Lola Palabradehonor, y que superpapá e hijo llevan pantalón de cuadritos, camiseta de los Rolling y una cadenita, como de reloj, saliendo del bolsillo. Incluso una vez creí ver a un niño, y a su superpapi, con barba y cabeza rapada en los columpios. Jamás supe si se trataba de un postizo. Que los superpapis lo pueden todo.

Quizás esta característica no baste para distinguir a los superpapás. ¿Quién no ha visto a familias numero-sosísimas vestidas todas con vestidos, camisas, pantalones cortos y faldas idénticas? No. El aspecto exterior engaña. La verdadera característica de unos superpadres está en que lo saben, lo conocen, lo hacen, o mejor lo han hecho ya, todo. Hablemos de comidas, ellos nos ganarán. Porque, a usted le cuesta preparar un menú diario equilibrado, ellos tienen la comida programada hasta verano, y no avanzan más por no saber si tienen que poner una comida de celebración o de reparación moral cuando juegue la selección; si buscamos recetas de Thermomix, no se preocupe, ellos las tienen todas, y las han probado; estuvieron en los casting de Masterchef, también en los de la versión Junior. Pero hablemos del cole, que nos depriman, porque, ¿qué hijo de superpadre no es un niño superdotado?, ¿qué hija de supermadre no es la mejor en el baile?. Y sustituyan  baile, niño, niña, futbol, inglés, superpadre, supermadre, salsa, judo, esgrima, vela… Se hacen una idea, ¿verdad?. Sí, los superpadres, son aquellos que abren una mochila y contiene El Corte Inglés, batidos, bollos, toallitas, jerseys, mudas, tareas, y que cierran la mochila y parece la funda del móvil. Sí, son ellos, los que se saben los horarios de Eurodisney, los hoteles, las animaciones de los hoteles, los zoos, los descuentos de la Banda…

Una vez saqué provecho de una horda de superpadres en Eurodisney. Como ejemplares ejemplares de superpadres habían hecho coincidir, y de forma misteriosa dilatar para que la conjunción fuera perfecta, sus vacaciones con las vacaciones escolares de sus retoños. Nos cruzamos con ellos a la entrada del parque. Los recuerdo a las nueve de la mañana azorados, sudando, con sus “chándales” idénticos, amplios. Nosotros pensábamos que éramos los primeros en entrar al parque, ya que abría a esa hora, pero se ve que no contábamos con la existencia y el poder de los super. En fin, aquellos super no habían encontrado a otros super con los que rivalizar, así que se encontraban con el depósito de cosasenlasquesoyelmejor lleno, y necesitaban soltar lastre. Nosotros fuimos los afortunados receptores de una guía de los mejores restaurantes, horarios, atracciones y planificación del parque.

Contémplenlos. Los superpadres se caracterizan por ser a la vez esclavos y dueños de sus hijos. Porque he observado que la vida de estas familias está domeñada, ¡vaya arcaísmo chulo!, por la vida infantil, que no hay otra razón de ser que el disfrute y el engrandecimiento del niño, y que cuidan de sus hijos como cuidaron en su día del álbum de cromos o del Commodore 64. Y que los hijos en sí son una posesión, una forma de canalizar frustraciones, de pasear en bici por donde ellos no pudieron, de ganar batallas que no lucharon, de modificar su historia. Afecto, verdadero amor, le llaman ellos.



martes, 18 de marzo de 2014

EL COCINERO GOURMAND. HISTORIAS SOBRE LA EXCELENCIA I.

Recuerdo a un antiguo amigo al que le dió por la cocina. Durante una época nos martirizó con sus recetarios. Hay que decir, ante todo, que tenía muy buena mano para andarse en las cocinas y llamar a los manejos que allí desplegaba, cocinar. Para eso su mano, y su lengua, eran buenísimas. Recreaba platos de los restaurantes que visitaba con una fidelidad asombrosa. Pero jamás nadie se atrevió a decirle que en su comida había algo de cafetería estandarizada de los setenta y que faltaba alma en el plato. Y tampoco nadie se atrevió nunca a pedirle que hablara de algo diferente a fogones, revistas de recetas, aliños, tascas y demás. Así, durante una época, fuimos sus catadores y nos tuvo por acólitos de su religión. Pero, como decían de los que tenían su sanmartín, a él también le llegó su momento.
En un viaje juntos nos hospedamos en un hotel con encanto. Todo lo que allí se comía lo preparaban  los dueños, desde los bollos del desayuno al asado de la noche. Las verduras eran del huerto del hotel; los huevos, de las gallinas que rodeaban la casa; las plantas aromáticas, del jardín. Toda una delicia.

El dueño del hotel tenía la costumbre de visitar cada noche, tras la cena, cada una de las mesas y preguntar qué nos había parecido. Para la tercera noche allí, mi amigo ya había elaborado una rudimentaria teoría culinaria sobre los platos, los ingredientes, y la cocina del lugar. Cuando el jefe se sentó con nosotros, se sirvió vino y nos preguntó, venía algo picado por la mesa precedente. Allí, el comensal, comentarista de fútbol, le había narrado como si de una alineación se tratara que el relleno del pollo era demasiado fuerte. Intentamos calmar su orgullo herido y dijimos que nos había encantado. Bueno, casi todos, porque el cocinillas había comenzado a disertar sobre rellenos; de allí pasó al pollo de corral diciendo que era insuperable y, por comparación, el pollo que comimos una porquería; que si los cocineros con ínfulas, como Adriá, eran como vendedores de baratijas, cosa que el anfitrión tomó como que él era un cocinero con ínfulas; y detalles así. Ante tal crítica, el dueño de la cocina sorbía su vino con amargura, callado, aguantando el tipo. El cliente siempre lleva razón.

Pero, ¡ay!, mi amigo dio un paso en falso. Se convirtió de repente de cliente en colega del dueño, y le preguntó por la receta de alguno de los bollos. Dígame, amigo, colega, que yo también me dedico a esto y cocino, ¿de dónde ha sacado esta receta de las magdalenas? Yo es que tengo una que saqué de Internet… Aquellas palabras despejaron la depresión de nuestro restaurador. De una forma  tranquila le expuso a su colega, a su amigo, no a su cliente, la diferencia entre un cocinero aficionado y otro formado que conoce al dedillo las proporciones de las distintas masas, de las que llevan mantequilla, levadura, vino, de las que fermentan de una forma, de otra, de las que se hornean rápido, de las que se hornean lento, de las que deben ser finas y crujientes, de las que llevan varios amasados y se pliegan sobre sí mísmas, del Diccionario del Pan (*), de los distintos tipos de harina de trigo, de sus calidades, de proteínas, de albúminas… Y, mientras mi amigo descubría su cara de póquer, el dueño le descubrió un mundo secreto con una pregunta, porque, amigo, más que amigo, colega diría yo, que usted está en el mundillo, para el pan, ¿qué masa madre usa usted? Pregunta que mi amigo jamás respondió, porque desconocía lo que era una masa madre, su origen y su uso y solo pudo balbucear cosas inconexas sobre los yogures del Carrefour.

En aquel momento descubrí la excelencia del hostelero, fiel en la calidad de lo que nos preparaba, fiel en el cariño puesto en la cocina, fiel en el conocimiento del mundo en el que se movía sin creer nunca que conocer como la palma de su mano sus fogones y lo que en ellos cocinaba, lo elevara por encima del criterio de sus comensales.

La respuesta de mi amigo se escalonó en dos fases. La primera fue casi inmediata. Al día siguiente se marchó a desayunar a un bar de carretera cercano. De allí vino elogiando la exquisitez de un dónut industrial y diciendo que ya estaba harto de desayunar siempre lo mismo.

La segunda etapa consistió en tomar un camino diferente al que nos parecía lógico. Yo habría estudiado, usted se habría dedicado a la marquetería, y su amigo de usted se habría convertido en ciclista. Pues no, él ni estudió, ni abandonó la fantasía michelinesca, fue simple, cambió los amigos a los que asombrar con sus platos y sus conocimientos. Un día, al cabo del tiempo, hizo un intento de explicarnos en qué consistía una masa madre y como mantenerla viva, pero no pasó de un tímido escarceo.

Hasta hoy pensaba en la excelencia de nuestro anfitrión; ahora he descubierto que mi amigo también fue excelente en su huida. Fue un soberbio vendedor de aire y una vez agotado su mundo, se buscó otro donde representar el mismo papel. Desde este momento sé que hubo excelencia en su cobardía.

(*) Dictionnaire universel du pan. Dirigido por Jean-Philippe de Tonnac. Ed. Bouquins, 2010. ISBN 9782221112007