lunes, 11 de agosto de 2014
LOS DESORIENTADOS.
jueves, 19 de junio de 2014
COMENTARIOS.
Un blog es un cuaderno. Virtual, electrónico, pantalla al mundo o lo que sea. Sí, tecnología del siglo XXI, de finales del XX, y ya desfasado. Sí, ya ha cambiado la forma de escribir. Desde el relato oral al papiro, luego al papel, a la imprenta, a la máquina de escribir, hemos llegado a la puntilla. Al comentario destilado que apostilla.
Salvo para la ironía, el sarcasmo, o para dirigir a un conductor despistado, no me bastan dos frases. Bueno, con dos palabras como te amo, por favor, te quiero o con monosílabos como ven, sí o no, se construyen mundos y vidas. Pero para expresar lo que significan seis años de ensueño, un reinado de 40 años, los desastres de Calatrava, o el abandono en nuestro país de la educación o la sanidad, dos frases se quedan cortas.
Dirán algunos, si no sabes hacerlo con esos mimbres es que no sabes resumir lo que piensas. Yo, que no sé si pienso, o si lo que hago es rotar ideas en mi mente a la manera de las balas en el cargador de un revólver, no lo entiendo. Pues no creo que de cualquier cosa se pueda tener la seguridad para resumir la propia opinión en una frase o en un meme, porque no creo que esa frase pueda albergar matices con todo lo que se quiere expresar y que, dada su cortedad, hemos aprendido a rellenar lo que sugieren las frases de los demás a nuestro antojo. De ahí los problemas, que también los suscitan estos nuevos medios.
Estamos dejando a la prensa, a los tertulianos, a los politólogos que sean ellos los que rellenen, y dominen, en nuestro mundo, la información y el pensamiento. Y nosotros nos estamos dejando, nos basta con la comodidad de hacer un comentario. De hacer un titular para ser retuiteado, a veces solo con la intención de saber que nos siguen. No importa que ni siquiera nos lean.
Un blog es un cuaderno, esto ya fue dicho. Un blog responde a algo anticuado, esto también. Y les pido que sean anticuados y me cuenten qué les parecen las entradas, si las leen. Pues, a veces, este fondo negro desconsuela, uno ve que han sido más de ocho mil visitas a sus páginas, y piensa, si es eso lo que hace, al ver las estadísticas de la página, que solo puede tener seguridad de que sean visitas reales las que provienen del extranjero y que la mayoría de las de aquí, son entradas del propio autor para corregir y pulir.
Comenten, comenten, pero no sean cortos. O sí, pero comenten. Por favor.
miércoles, 18 de junio de 2014
LLAMADME FRIKI.
miércoles, 4 de junio de 2014
LA MONEDA
jueves, 29 de mayo de 2014
EL DÍA QUE ME SEPARÉ DE C.B. II. EL ENCUENTRO.
LA BÚSQUEDA
martes, 20 de mayo de 2014
EL POETA BRADBURY
martes, 22 de abril de 2014
EL ESCRITOR. HISTORIAS SOBRE LA EXCELENCIA VII.
Llegaron otros galardones menores. Fue casi una rutina de relato y premio, de concurso y premio, y todo transcurrió con la misma cadencia hasta que, convencido de que debía superarse a sí mismo, escribió algo parecido a una confesión desencantada. Invirtió en su relato casi dos semanas, pulió las palabras, cuadró los párrafos, midió que cada categoría de sucesos encajara con las precedentes y las que la seguían. Mucho para un niño de doce años. Y presentó su relato con el ánimo de que, al leerlo, alguien decidiera cambiar el mundo. Ese año la rutina de los concursos cambió. Ganó un niño recién llegado, del que luego supo que era hijo de un profesor del instituto asociado al colegio. A todos nos leyeron un día su cuento. Una almibarada historia de la que no recordó gran cosa salvo los esperados clichés sobre la Navidad y la familia. Ese día se sintió mucho más ganador que en las ocasiones anteriores.
Desde la primera historia a aquella había habido muchos escritos, poemas enfebrecidos y llenos de ripios y épica vacía, cuentos ñoños escritos para salir del paso tras algún apuro casero, epítetos nunca encontrados; el niño recuerda casi todos pero ninguno como la novela frustrada. Con su amigo Luis decidió escribir un libro al alimón. Se trataba de una historia de piratas, bucaneros y soldados que nació el día en que tuvieron que reescribir el final de “La Isla del Tesoro”. El inicio de aquella novela contaba como zarpaba del puerto de Cádiz la goleta Nuestra Señora de Begoña. El comienzo era espectacular, pues se describía de proa a popa el velero, contando las hileras de cañones, el velámen, el mascarón de proa, el castilo de popa, la carga, los soldados y la plata y el oro que portaba para sufragar los gastos de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. De una cuartilla y media no pasaron, ahí comenzaron las discrepancias artísticas. Luis quería acabar la historia en dos cuartillas más contando como unos piratas, los buenos de la historia, se quedaban con el barco y el tesoro. El escritor pensaba que no merecía la pena acabar tan pronto una historia en la que se habían invertido más de cuarenta líneas en describir el navío y que era mejor esperar a que los piratas lo abordaran y mataran al capitán, y que un joven teniente de marina se organizara, recuperara la goleta y entregara su carga a George Washington. Y eso en no menos de cincuenta cuartillas. Aquellas discrepancias artísticas derivaron en la ruptura del dúo. Y Luis, que era el dueño del cuaderno, quedó con la custodia del hijo común(1). Tiempo después, en un ejercicio de escritura y lectura obligatorio, en el día en que Ramón contó la delicada historia de un niño vagabundo y Herrera nos llevó en las alas de los piratas del aire, Luis aprovechó lo que se había escrito. Cuando comenzó a leer, la audiencia quedó en silencio, y se imaginó viendo como surcaba las aguas el Nuestra Señora de Begoña. Una vez que el bajel había enfilado el camino de América, la lectura viró, y naufragó, pues las ideas de Luis se mostraron pueriles, mucho más en contraste con la esforzada descripción inicial. No hubo crítica más feroz que la del profesor de Lengua. “Luis, esta es la historia que imaginaba de ti. Lo que no me explico es cómo has podido escribir un comienzo tan esperanzador”.
Cuando el niño escritor pasó al instituto, dejó atrás a los antiguos compañeros y decidió mantener en secreto, incluso para él, la escritura. Así fue durante años, si escribía no era más que alguna cosa por mandato. Que si ahora una redacción sobre la época califal, que si ahora una sobre el inicio del lenguaje, que si una sobre el Romancero, que si… Años baldíos habría de suponer, años de lectura, de formación, en realidad. Fue el tiempo en el que las lecturas de libros de aventura fueron cambiadas por la lectura de autores de todo tipo, de novelas, de poesía, de algunos ensayos, de autores clásicos y de autores posmodernos, de grandes autores y de artículos en fanzines. Fue el momento en el que decidió que el cómic, el cine y la literatura no eran sino lo mismo, una forma de contar historias, de expresar sentimientos, de liberar el alma.
Este adolescente no escribió para ningún público hasta que no iba a llegar el día en que marchara a la universidad. Abrumado por tantos compañeros brillantes había permanecido sin escribir, pero un concurso en una revista de cómics le hizo soñar con las treinta mil pesetas del primer premio. Seguro que le vendrían muy bien. Escribió un relato sobre el fin del mundo y esperó. Al mes siguiente publicaron el relato con el tercer premio; al otro mes, el del segundo. Ninguno estaba mejor escrito que el suyo, así que esperó al tercer mes, pero, esta vez, en la revista no hubo relato. Ni el cuarto mes, ni el quinto. Era definitivo. Sin decir nada dejaban desierto el primer premio. Fue un mazazo, y no por el dinero, con el que, como buena lechera, había comprado ya varios Levi´s, sino porque se dio cuenta de que, quizás, no era objetivo y su historia, ni era tan buena, ni estaba tan bien escrita, ni tenía la calidad suficiente. El daño fue tanto que ni tan siquiera le consoló saber que varios meses más tarde publicaron su relato y que nunca hubo ningún primer premio porque la cicatería de los editores suspendió el concurso para ahorrar treinta mil. Pelas, que eran catalanes.
Adiós al relato y al cuento. La universidad trajo el viento del diario y de los poemas. El amor, o quizás el desamor, le trajeron también el aroma de la desolación, la soledad, la pequeñez del mundo, la falsedad de esta realidad. Así nacieron los versos sin fin, sin rima, sin forma enclaustrada, sin métrica. Hubo muchos, es posible que ninguno mereciera la categoría de perdurable, es posible que ninguno mereciera el nombre de poema. Mas el atrevimiento de la ignorancia le condujo a pensar que si sus sentimientos le parecían nobles y de altos ideales, sus ¿poemas? llevarían su esencia, lo suficiente para merecer ser publicados, honrados por el premio literario. Es sabido que no, pues no hablan de él los diarios, no hablan de él los anaqueles, no hablan de él los críticos.
A lo Cervantes, sintió este escritor; nunca nadie tuvo en estima sus poemas, nació para la prosa. Y en la prosa, con tinte más o menos poético, persistió. En su día, sin saberlo, se apuntó a la moda del blog. Y si a otros les condujo la tendencia, a él le llevaron la edición sobre fondo negro y la posibilidad de estar escribiendo sin usar un cuaderno, signo más evidente de dedicación a la afición literaria que no quería sino mantener en la privacidad. Y en estas surgieron los temas, los escritos, unos cuantos que eran como su diario, otros fabulaciones, otros que quería que fueran metáforas. Y sí, al tiempo, ese blog fue, más o menos difundiéndose. Nunca pasaron de cuarenta los lectores, tampoco se buscaban más.
Pero, cosas de la vida, en la historia de este escritor se une, de alguna forma, la historia de la estirpe del poeta Juan Ramón. Y, voz autorizada, y, voz distinguida y con conocimiento del asunto, dice: “Ahora tu obligación es publicar”. Palabras que remueven la conciencia literaria, quizás la identidad, del escritor. Palabras que le dicen, en tu vida has resuelto varias cosas y andas dando vueltas a qué hacer con otras, porque sí que son importantes para ti algunas, sí que tienes obligaciones, sí que es posible que hagas esto mejor que otros, pero debes mejorar, pulir, trabajar con oficio y limar, dedicar tiempo y construir, sí, construir, un libro digno de tener ese nombre.
Y la maldición del escritor que aparece en “La Peste” nace en él, la maldición del folio en blanco, la de la frase perfecta, la de la novela que quiere ser y que no fue, la de los temas que le han pisado Pérez Reverte, Eco y Haneke(2). La de no tener tema, la de no tener tino, ni oficio. La de la presunción de que algo se hace mejor de como lo hacen otros, la de reirse de historias de otros en “Historias sobre la Excelencia”. Pues si otros merecen el sarcasmo o la ironía, este escritor merece la burla. Pues ni es escritor, ni es excelente.
- Con el tiempo, este niño habría de sorprenderse el día en que abrió un libro de Arturo Pérez Reverte y se describía un barco de una forma tan parecida a la suya, y con un nombre tan parecido al de aquel pequeño relato, que tuvo que pensar en una de dos opciones. O la improbable de que le llegara al cartagenero la descripción de hace treinta años o la más certera de que solo hay una manera de describir una nave. Y debe ser esta, pues también George Lucas iniciaba así sus trilogías galácticas. Y si alguien ha de pensar que coinciden los nombres pasado el tiempo, se le ha de contestar que Begoña se llamó el barco en honor a la hermana mayor de Luis, que para eso nos dejaba su cuarto.
- A la referida historia sobre el barco, se unen las historias sobre los Sabios de Sión y el cementerio judío de Praga y la película Amor. La historia de Umberto Eco fue motivo de una entrada antigua de este blog, la de Haneke barruntaba por la imaginación de este, el que escribe. Se trataba de un relato basado en una historia que me conmovió, un anciano de Mallorca al que detectan un cáncer en fase terminal y del que depende su esposa, una enferma de Alzhéimer muy avanzado. Aquel hombre mató a su esposa de la forma más dulce que supo y luego se suicidó. Tan grande como fue la conmoción por la historia, me resultó de estomagante la reacción de una ministra de por aquel entonces. Sin saber nada de los pormenores, sin tener ni idea de lo que ocurría, se apresuró a condenar lo que ella definió como un crimen machista. Es posible que mi historia no se escriba nunca, quizás porque se parezca mucho al argumento de la película de Haneke. Quizás porque metiendo a un político, yo pensaba en una concejal, me habría salido al estilo de “La estanquera de Vallecas”.
jueves, 10 de abril de 2014
EL ENÓLOGO. HISTORIAS SOBRE LA EXCELENCIA III.
Tanto me ocupaba en ese tiempo la relación de vinos y de denominaciones de origen que compré alguna revista en el aeropuerto sobre añadas, caldos novedosos y maridajes. Esta palabra empezaba a trasladar y a desplazar por aquel entonces a las antiguas preguntas de, ¿pegan la carne y un vino blanco?, o, si el vino blanco es para el marisco y el pescado y el tinto para las carnes, ¿con qué pega beber rosado?. Y, seamos claros, hicieron flaco favor a las conversaciones domésticas en las que ya la madre de la casa se hacía un lío, y ahora más, porque pasaba de no saber con qué vino a acertar a no saberlo ni a tener las palabras adecuadas para preguntarlo; no fuera que el cuñado, ese que sabe tanto, le dijera que no podía maridar un vino de Toro con unas gambas. “¡Vino de Toro!, ¡vino de toro!, si es tinto es rioja, y marido solo es el que se casa con una mujer, que ya no solo se desvirtuó el matrimonio, ahora también quieren casar a los vinos, ¡Leche!.” Pero volvamos a la historia que, en esta ocasión, marcho a la deriva. El asunto es que llevaba alguna revista que otra en la mano cuando me recogieron una prima mía y su novio. Y debo decir que su novio echó más de una vistazo a las revistas que había puesto bajo mi brazo para poder llevar la maleta y la funda del traje, tanto que yo me sentí incómodo, pensaba que miraba alguna mancha o algún defecto en mi ropa.
Aguanté como pude una conversación interminable con la que se pretendía ponerme al día de años de ausencia familiar, di las gracias y marché a acostarme. Durante todo aquel rato, el novio permaneció callado, dando vueltas a un palillo de dientes redondo en su boca y amparado tras unas gafas de sol enormes que le daban el aspecto de una mosca lamiendo el azúcar sobre la mesa de la cocina. Jamás habría pensado que aquel muchachote buscaba asombrarme.
Pasemos por alto la ceremonia, pasemos por alto los tules, los linos blancos de los invitados, y pasemos por alto los tocados, pamelas y colores a lo Falcon Crest de los vestidos de las invitadas. Es lo mejor, dado que no queremos extendernos sobre este interesante asunto sino sobre el recinto de la celebración, bar de polígono industrial, honrada casa de menús de dos platos y postre, gustoso altar de la albóndiga. En este lugar nos hallamos convocados para comer. Y lo cierto es que si la comida no podía decirse que fuera mala, tampoco podría decirse que fuera lo contrario, y no fue por el arte del cocinero, sino porque estos sitios cuando pierden su esencia de lunes a viernes, cuando pierden al camionero que acaba de entregar su carga, al tornero, al administrativo y al jefe que quiere congraciarse comiendo con sus empleados, lo pierden todo. Su gracia, su esencia, su ángel.
A mí vino a suplirme esa desgracia el novio de mi prima. Aunque este hombre habría encajado más en algún lugar de carretera, secundaria a poder ser. El caso es que este muchacho entabló conversación conmigo, y yo, a pesar de lo que por ahí se diga, soy un hombre amable y sufrido que aguanta lo que le echen. Y aguanté, vaya que si aguanté.
Recurramos a otra elipsis, y obviemos los comentarios sobre las pechugas, no de la comida, que no recuerdo que hubiera, sino de las invitadas, en especial de las de mi prima. Y no es que yo sienta un gran amor filial por mis parientes, sino escrúpulo, y aquello lo sobrepasaba. Obviemos los comentarios sobre otras cuestiones y centrémonos en el vino, asunto sobre el cual se quería cimentar una amistad. No anticipo mucho si digo que quiso Dios que no fuera así. Y que por estas y otras razones, jamás podré afirmar con total seguridad y sin remordimiento, que Dios no existe.
Yo apenas comía, bebía un poco de vino, no recuerdo el nombre, sin muchas ganas. Y, en ese momento en el que, en todo evento familiar, las mesas se quedan medio despobladas, el muchacho ocupó el asiento contiguo al mío. No has debido pasártelo muy bien, comentaba, has venido solo, y no has podido estar con los hombres, todo el rato aquí al lado de las mujeres hablando de trapitos, sí, contestaba yo, sí, sí, sí, sin convicción, y allí conmigo y con el “Quinto” podrías haber hablado de cosas de tíos, qué sé yo, no te extrañes, de tías, de las motos de esta mañana, de cualquier cosa. Pero no te preocupes, decía y a la vez me tomaba por el brazo, he visto que te gusta el vino, y yo de eso sé un rato. ¿Sí?, y esta vez era un sí de verdadera intriga.
Aquella conversación había tenido altibajos. Empezó regular, pero la historia del abuelo me conmovió. Así fue hasta que me habló de los vinos a granel de aquella época, polvitos, alcohol, zumo de uva y agua. Y no pudo acabar peor que gritando para llamar al camarero. Én ese momento pensé en que tenía que hacer algo para marcharme pero fue el propio camarero el que me salvó.
Y justo en el momento en el que el camarero se marchaba añadió:
- Oye, este vino es un Fuentesquina. ¿Me puedes decir el año y el tipo de uva? No veo bien la etiqueta.
- Mire usted, pues no lo sé, ni me interesa mucho. Este es el vino que tenemos. Si le gusta, bien, y si no, también.
Aquellas palabras fueron mágicas porque mi contertulio se calló. Se había servido una copa de vino que apuró de un trago y la digestión pareció haberle cerrado la boca. Nunca supe si lo que digería era aquel vino ácido y aguado o la forma en la que el camarero hizo entender que aquello era lo que era, que ese vino era lo que era y que todos éramos lo que éramos. Que no intentásemos cambiar eso y darle el día.
Durante el viaje de vuelta estuve dándole vueltas al asunto. Pensaba en el trabajo que le tuvo que dar a aquel muchacho estudiar algo de vinos para impresionarme. Imaginé que alguna frase de James Bond haciendo el hortera ante un sumiller le habría impresionado y que quiso repetirla. Imaginé su esfuerzo, un verdadero esfuerzo de superación y estudio, para mezclar Chateaubriand, Château Angélus, Champagne, Murcia, con riojas, espumosos, moscateles y el universo de Ian Fleming; para confundir aquel salón de comidas con el Casino Royale. Y pensé en que, al final, era una especie de quijote que confundió la caballería con la enología. O que, quizás, todo aquello alrededor del vino no era sino un mundo ficticio alrededor de ilusiones, de sabores imaginarios, de trajes del emperador en el paladar.
En el aeropuerto había un contenedor para el reciclaje de papel. Allí durmieron aquella noche el recordatorio, con foto, del evento, un folleto sobre la compañía de aviones y las revistas que había comprado a la ida. En aquel momento no habría distinguido una cosa de otra.
(a) Tipo de vino monovarietal, dulce y añejo del Levante español. Se elabora a partir de la uva monastrell a la que se deja sobremadurar en su cepa. Fue un vino muy preciado a partir de la Edad Media que estuvo a punto de desaparecer entre los siglos XIX y XX. A partir de barricas antiguas, de los testimonios recogidos en notas de literatos como Dumas o Defoe, o de los recetarios de los cocineros de Felipe II o Luis XIV se ha recuperado este vino.
miércoles, 2 de abril de 2014
EL EXTRAÑO CASO DE LOS SUPERPAPÁS.
Esta esfera contiene en su interior a otras, podríamos verla como un cojinete esférico lleno de rodamientos o como una esfera de Mohr, pero su envoltura externa fue hace unos años la de unos seres apresurados, gorditos y vestidos de chandal, a ser posible de felpa. Las características exteriores de estos padres están mutando. Ahora a esa mezcla, que va quedando obsoleta, se unen, según su autonombramiento, los alternativos, los ciudadanos del mundo y los hispter de nuevo cuño. Eso sí, en cualquier caso, padres y madres, seamos políticamente correctos, niños y niñas, prolonguemos la corrección, mantienen una línea común. No verá usted a una niña en un parque con chandal y a su supermamá con un vestido de Zara. Será más bien que madre e hija comparten a Lola Palabradehonor, y que superpapá e hijo llevan pantalón de cuadritos, camiseta de los Rolling y una cadenita, como de reloj, saliendo del bolsillo. Incluso una vez creí ver a un niño, y a su superpapi, con barba y cabeza rapada en los columpios. Jamás supe si se trataba de un postizo. Que los superpapis lo pueden todo.
Quizás esta característica no baste para distinguir a los superpapás. ¿Quién no ha visto a familias numero-sosísimas vestidas todas con vestidos, camisas, pantalones cortos y faldas idénticas? No. El aspecto exterior engaña. La verdadera característica de unos superpadres está en que lo saben, lo conocen, lo hacen, o mejor lo han hecho ya, todo. Hablemos de comidas, ellos nos ganarán. Porque, a usted le cuesta preparar un menú diario equilibrado, ellos tienen la comida programada hasta verano, y no avanzan más por no saber si tienen que poner una comida de celebración o de reparación moral cuando juegue la selección; si buscamos recetas de Thermomix, no se preocupe, ellos las tienen todas, y las han probado; estuvieron en los casting de Masterchef, también en los de la versión Junior. Pero hablemos del cole, que nos depriman, porque, ¿qué hijo de superpadre no es un niño superdotado?, ¿qué hija de supermadre no es la mejor en el baile?. Y sustituyan baile, niño, niña, futbol, inglés, superpadre, supermadre, salsa, judo, esgrima, vela… Se hacen una idea, ¿verdad?. Sí, los superpadres, son aquellos que abren una mochila y contiene El Corte Inglés, batidos, bollos, toallitas, jerseys, mudas, tareas, y que cierran la mochila y parece la funda del móvil. Sí, son ellos, los que se saben los horarios de Eurodisney, los hoteles, las animaciones de los hoteles, los zoos, los descuentos de la Banda…
Una vez saqué provecho de una horda de superpadres en Eurodisney. Como ejemplares ejemplares de superpadres habían hecho coincidir, y de forma misteriosa dilatar para que la conjunción fuera perfecta, sus vacaciones con las vacaciones escolares de sus retoños. Nos cruzamos con ellos a la entrada del parque. Los recuerdo a las nueve de la mañana azorados, sudando, con sus “chándales” idénticos, amplios. Nosotros pensábamos que éramos los primeros en entrar al parque, ya que abría a esa hora, pero se ve que no contábamos con la existencia y el poder de los super. En fin, aquellos super no habían encontrado a otros super con los que rivalizar, así que se encontraban con el depósito de cosasenlasquesoyelmejor lleno, y necesitaban soltar lastre. Nosotros fuimos los afortunados receptores de una guía de los mejores restaurantes, horarios, atracciones y planificación del parque.
Contémplenlos. Los superpadres se caracterizan por ser a la vez esclavos y dueños de sus hijos. Porque he observado que la vida de estas familias está domeñada, ¡vaya arcaísmo chulo!, por la vida infantil, que no hay otra razón de ser que el disfrute y el engrandecimiento del niño, y que cuidan de sus hijos como cuidaron en su día del álbum de cromos o del Commodore 64. Y que los hijos en sí son una posesión, una forma de canalizar frustraciones, de pasear en bici por donde ellos no pudieron, de ganar batallas que no lucharon, de modificar su historia. Afecto, verdadero amor, le llaman ellos.
martes, 18 de marzo de 2014
EL COCINERO GOURMAND. HISTORIAS SOBRE LA EXCELENCIA I.
El dueño del hotel tenía la costumbre de visitar cada noche, tras la cena, cada una de las mesas y preguntar qué nos había parecido. Para la tercera noche allí, mi amigo ya había elaborado una rudimentaria teoría culinaria sobre los platos, los ingredientes, y la cocina del lugar. Cuando el jefe se sentó con nosotros, se sirvió vino y nos preguntó, venía algo picado por la mesa precedente. Allí, el comensal, comentarista de fútbol, le había narrado como si de una alineación se tratara que el relleno del pollo era demasiado fuerte. Intentamos calmar su orgullo herido y dijimos que nos había encantado. Bueno, casi todos, porque el cocinillas había comenzado a disertar sobre rellenos; de allí pasó al pollo de corral diciendo que era insuperable y, por comparación, el pollo que comimos una porquería; que si los cocineros con ínfulas, como Adriá, eran como vendedores de baratijas, cosa que el anfitrión tomó como que él era un cocinero con ínfulas; y detalles así. Ante tal crítica, el dueño de la cocina sorbía su vino con amargura, callado, aguantando el tipo. El cliente siempre lleva razón.
Pero, ¡ay!, mi amigo dio un paso en falso. Se convirtió de repente de cliente en colega del dueño, y le preguntó por la receta de alguno de los bollos. Dígame, amigo, colega, que yo también me dedico a esto y cocino, ¿de dónde ha sacado esta receta de las magdalenas? Yo es que tengo una que saqué de Internet… Aquellas palabras despejaron la depresión de nuestro restaurador. De una forma tranquila le expuso a su colega, a su amigo, no a su cliente, la diferencia entre un cocinero aficionado y otro formado que conoce al dedillo las proporciones de las distintas masas, de las que llevan mantequilla, levadura, vino, de las que fermentan de una forma, de otra, de las que se hornean rápido, de las que se hornean lento, de las que deben ser finas y crujientes, de las que llevan varios amasados y se pliegan sobre sí mísmas, del Diccionario del Pan (*), de los distintos tipos de harina de trigo, de sus calidades, de proteínas, de albúminas… Y, mientras mi amigo descubría su cara de póquer, el dueño le descubrió un mundo secreto con una pregunta, porque, amigo, más que amigo, colega diría yo, que usted está en el mundillo, para el pan, ¿qué masa madre usa usted? Pregunta que mi amigo jamás respondió, porque desconocía lo que era una masa madre, su origen y su uso y solo pudo balbucear cosas inconexas sobre los yogures del Carrefour.
En aquel momento descubrí la excelencia del hostelero, fiel en la calidad de lo que nos preparaba, fiel en el cariño puesto en la cocina, fiel en el conocimiento del mundo en el que se movía sin creer nunca que conocer como la palma de su mano sus fogones y lo que en ellos cocinaba, lo elevara por encima del criterio de sus comensales.
La respuesta de mi amigo se escalonó en dos fases. La primera fue casi inmediata. Al día siguiente se marchó a desayunar a un bar de carretera cercano. De allí vino elogiando la exquisitez de un dónut industrial y diciendo que ya estaba harto de desayunar siempre lo mismo.
La segunda etapa consistió en tomar un camino diferente al que nos parecía lógico. Yo habría estudiado, usted se habría dedicado a la marquetería, y su amigo de usted se habría convertido en ciclista. Pues no, él ni estudió, ni abandonó la fantasía michelinesca, fue simple, cambió los amigos a los que asombrar con sus platos y sus conocimientos. Un día, al cabo del tiempo, hizo un intento de explicarnos en qué consistía una masa madre y como mantenerla viva, pero no pasó de un tímido escarceo.
Hasta hoy pensaba en la excelencia de nuestro anfitrión; ahora he descubierto que mi amigo también fue excelente en su huida. Fue un soberbio vendedor de aire y una vez agotado su mundo, se buscó otro donde representar el mismo papel. Desde este momento sé que hubo excelencia en su cobardía.
(*) Dictionnaire universel du pan. Dirigido por Jean-Philippe de Tonnac. Ed. Bouquins, 2010. ISBN 9782221112007