¡Qué bonito país!, con sus fronteras, sus siete provincias, su idioma, su música, su historia, sus montes, sus ríos, sus flautas y su todo. ¡Qué bonita entelequia!. Pero pronto empezaron los problemas, como no me había inventado un ejército, lo hicieron sus pobladores y comenzaron una guerra sorda y sucia, sin más sentido que el de poder sentirse héroes haciendo no sé cuantas barbaridades. Y sin más sentido que ondear una bandera que yo no había inventado.
Como ya estaba harto de este país, me inventé otro. Y como la pseudo historia me fue mal, acudí a la Historia, donde tampoco anduve fino, ya que, aunque escogí el anciano reino de Aragón, me salió otro que llamé Catalunya.
También me quedó bonito. Tenía todo lo del anterior, y más dinero, y selección de fútbol, y literatos, poetas, cantantes, historia con reyes y condes, y una bandera molona a rayas rojas y amarillas. Pero resultó un follón, no me entendía con ellos, lo que era Aragón ya no era Aragón, de repente eran varios países, varias islas, todo se normalizaba, y para mí, que soy un hombre un poco desordenado y más espontáneo, todo, todo, se me hizo demasiado.
Con dos países ya a mis espaldas, busqué el tercero, que sería el vencido, pero me salió, por azar, el de los vencedores. Supuse que era un problema de dimensiones e imaginé un país más grande, con mucho mar, mucho campo, varios ríos, montañas y valles de sobra para todos. Pero con todo lo grande que me salió, casi como Francia, la gente parecía no caber dentro. Y en un instante se me llenó de una gente rara, muy rara, que poco a poco y en silencio se adueñó del país, y pusieron una bandera que habían copiado de la anterior, aunque con muchas menos franjas. Y gritaban, ¡España!, ¡España!. Y decían que este país y los anteriores y los posteriores y los sucesivos eran y serían suyos. Y me entró miedo. Mucho miedo.
Sentí como nos inundaban el desorden, la anarquía, la desmembración; vi como nuestra vida se acababa, se interrumpía el sentido de nuestra existencia, se desmoronaban nuestros cimientos... Lo vi y corrí a la calle a contárselo a todo el mundo, quería que todos estuvieran advertidos. Gritaba y gritaba, la gente miraba como se mira a un loco y permanecía inalterada, impasible, bebiendo cerveza y comiendo pan, amándose y afanándose en sobrevivir ajena al desastre.
Y recordé que lo de los países había sido solo un invento, y entonces me desaparecieron las sombras y la desazón. Y no hallé muros de patria mía que mirar, y no hallé ruinas que cuidar y restaurar. Tan solo supe que lo real, si acaso había algo real, es ese lapso de tiempo entre nuestro parto y el viaje en la barca del viejo Caronte.