lunes, 31 de mayo de 2010

SUEÑO DE UN VIERNES. EL ABUELO.

(Dedicado a los que provocaron mi insomnio tras este sueño. Ellos saben quiénes son)

El paisaje es frondoso, no de un llamativo verde, de uno más bien apagado, el propio de un lugar mediterráneo. La casa es pequeña, acogedora, blanca por fuera, que es lo único que puedo ver. Hay un emparrado que da sombra a la parte delantera de la casa. En la sombra, un hombre se sienta a una mesa de basta madera. El hombre es delgado, alto, con el cráneo muy cuadrado, con una coronilla limpia, sin ningún pelo, sin ningún lunar. El hombre es mi abuelo.

Camino hacia él con una botella de vidrio verde, perlada de gotas de agua fría, llena de vino blanco. Lo beso como si lo viera a diario y me siento a la mesa.

- Abuelo, ¿por qué has venido?.

- ¿No querías hablar conmigo?.

-¿Yo?.

- Claro, ¿quién va a ser?.

- ¡Ah!, ya sé. Abuelo, ¿existe otra vida?.

- ¿Pero tú eres tonto?. Tanto tiempo sin verme y me preguntas por eso. Mira que si seguimos así me iré. Por favor, hijo, hablemos de amor, que es lo que me ha traído aquí. Y lo primero, sirve ese vino que traes.

Sirvo una copa. El vino desprende un aroma a jazmín y a lluvia. Oro transparente. Le entrego la copa a mi abuelo.

- ¿ Y tú?

- Yo no bebo. No me gusta el alcohol.

-¿Que no bebes?. Hijo, en tu época estáis atontados. ¿Cómo vas a amar si renuncias a los placeres de la vida? Debes beber vino para que tu alma conozca tus sentidos, debes dejarte embriagar por los licores que enardecen el espíritu. Y aprender a dominar el demonio de la botella. No te fíes nunca de un hombre que no prueba el alcohol. Bebe, por favor, bebe.

Obedecí. No solo descubrí que aquel era el vino con el que había soñado alguna vez, quizás un Sancerre, quizás un vino de la Ribera Sacra; también descubrí lo que quería decir y cómo lo quería decir.

- Abuelo, no sé qué hacer. No sé qué hacer con mi vida. Es decir, sí sé lo que quiero hacer, quiero ser feliz, pero no sé si mi camino es el adecuado. Vivo con una mujer a la que quiero. Pero no puedo dejar de pensar en otra mujer. Dime, ¿qué debo hacer?.

- Hijo, tú debes encontrar tu camino. No. No me digas más. ¿Cómo reconocerlo? No lo sé, cada uno siente de manera diferente. Sé que piensas que tu abuela y yo teníamos el amor perfecto. Es posible, pero eso no significa que alguna vez no dudara, que alguna vez no pensara en que no merecía la pena atarse. Solo cuando me imaginaba mi vida sin ella, libre, y aquel futuro se convertía en un borrón oscuro, en una soledad infinita y por anticipado, me daba cuenta no de que quería a tu abuela, sino de que la amaba.

El abuelo dio un largo sorbo al vino. Miró la copa, paladeó el licor y calló. Justo cuando iba a preguntarle algo más, siguió:

- Déjame continuar. Si dudas, si tienes dudas, imagina el futuro. Imagina a tu compañera dentro de unos años. Imagínate tú. ¿Eres capaz de hacerlo? ¿Cómo harás más daño, siendo infeliz y haciéndola infeliz o marchándote?. En el amor no hay deberes. En el amor no hay obligaciones. Pero debes saberlo, el precio por amar siempre es sufrir, aunque sea un poco.

Los dos callamos largo rato. Me di cuenta de que yo no había ido a él, ni de que él había venido a mí. Nos habíamos encontrado después de tantos años en un sueño, quizás más real que muchas vidas. Aun así quise preguntarle por los misterios del más allá.

- Abuelo,…

- Hijo, ¿no has aprendido nada? No te preocupes por la otra vida, sea lo que sea, ya lo verás. Preocúpate del amor. Solo el amor tiene sentido. Vida y amor son la misma cosa. Y ahora, antes de que me marche, dame otro trago de ese vino.

MIS PAÍSES.

Un día me levanté gracioso y me inventé un país. Como había leído a Robert E. Howard, seguí su práctica de escoger el nombre de entre aquellos reinos de la Antigüedad que la Historia olvidó o que jamás conoció, pues su existencia se mantiene entre el olvido y la brumosa leyenda. Podría haber elegido Hyrkania, Pomerania, Northumbria o Syldavia, pero, ¡hete aquí!, y por eso de haber leído la “Reina Margot”, me quedé con Euskal Herría.
¡Qué bonito país!, con sus fronteras, sus siete provincias, su idioma, su música, su historia, sus montes, sus ríos, sus flautas y su todo. ¡Qué bonita entelequia!. Pero pronto empezaron los problemas, como no me había inventado un ejército, lo hicieron sus pobladores y comenzaron una guerra sorda y sucia, sin más sentido que el de poder sentirse héroes haciendo no sé cuantas barbaridades. Y sin más sentido que ondear una bandera que yo no había inventado.
Como ya estaba harto de este país, me inventé otro. Y como la pseudo historia me fue mal, acudí a la Historia, donde tampoco anduve fino, ya que, aunque escogí el anciano reino de Aragón, me salió otro que llamé Catalunya.
También me quedó bonito. Tenía todo lo del anterior, y más dinero, y selección de fútbol, y literatos, poetas, cantantes, historia con reyes y condes, y una bandera molona a rayas rojas y amarillas. Pero resultó un follón, no me entendía con ellos, lo que era Aragón ya no era Aragón, de repente eran varios países, varias islas, todo se normalizaba, y para mí, que soy un hombre un poco desordenado y más espontáneo, todo, todo, se me hizo demasiado.
Con dos países ya a mis espaldas, busqué el tercero, que sería el vencido, pero me salió, por azar, el de los vencedores. Supuse que era un problema de dimensiones e imaginé un país más grande, con mucho mar, mucho campo, varios ríos, montañas y valles de sobra para todos. Pero con todo lo grande que me salió, casi como Francia, la gente parecía no caber dentro. Y en un instante se me llenó de una gente rara, muy rara, que poco a poco y en silencio se adueñó del país, y pusieron una bandera que habían copiado de la anterior, aunque con muchas menos franjas. Y gritaban, ¡España!, ¡España!. Y decían que este país y los anteriores y los posteriores y los sucesivos eran y serían suyos. Y me entró miedo. Mucho miedo.
Sentí como nos inundaban el desorden, la anarquía, la desmembración; vi como nuestra vida se acababa, se interrumpía el sentido de nuestra existencia, se desmoronaban nuestros cimientos... Lo vi y corrí a la calle a contárselo a todo el mundo, quería que todos estuvieran advertidos. Gritaba y gritaba, la gente miraba como se mira a un loco y permanecía inalterada, impasible, bebiendo cerveza y comiendo pan, amándose y afanándose en sobrevivir ajena al desastre.
Y recordé que lo de los países había sido solo un invento, y entonces me desaparecieron las sombras y la desazón. Y no hallé muros de patria mía que mirar, y no hallé ruinas que cuidar y restaurar. Tan solo supe que lo real, si acaso había algo real, es ese lapso de tiempo entre nuestro parto y el viaje en la barca del viejo Caronte.

LOS HOMBRES TAMBIÉN HABLAN DE AMOR

Está escrito.

Eres hombre, heterosexual, y, encima, cuarentón, por tanto, no debes hablar de amor. Tienes que ser gracioso, fuerte, trabajador, atlético, barrigón, o lo que quieras; puedes barrer, planchar, cocinar o coser. Incluso se supone que puedes hablar de mujeres. Sí, pero no hables de amor. No te escucharán. No eres creíble.

Quizás nadie haya caído en la cuenta de que muchos hombres no se han conformado con encontrar a una compañera, o de que han sufrido desamores varios y han sobrevivido a sus siete corazones rotos, o de que todavía pueden sentirse abandonados como niños pequeños por un pequeño desplante. Y es posible que nadie recuerde que en, aproximadamente, la mitad de los problemas de amor del mundo hay un hombre implicado. Raro será que alguno no dé la talla para opinar. Es un desperdicio y una idiotez. Pero el mundo, no solo el fútbol, es así.

Y si es difícil hablar de amor, imposible es decir que eres capaz de amar. No de querer, sino de estar enamorado eternamente como un quinceañero. No puedes ser el rudo vaquero, montar a caballo, y amar. Y, sobre todo, ser amado. Ni confesar que sufres, por amor. Y que mueres de amor.

… porque amores que matan nunca mueren…

domingo, 30 de mayo de 2010

TRIATLON

“Gutiérrez, ¿te echas una carrera?”. Quien decía esto era uno de los deportistas destacados de la clase, bastante parecido a Charlton Heston, mi mejor amigo de aquella época. Lo acompañaban Carranza y otros cuantos de la pandilla de  la calle Siete de Mayo. Así que dije lo que dice quien quiere hacerse hombre, sí. A pesar de que yo pesaba unos cuantos kilos más que Mendoza, y de que mi figura era regordeta. Regordeta no. Gorda.
Me preparé en el borde de la piscina mirando al otro borde que estaba, a mis ojos, en la frontera del Universo. Y cuando el padre de Mendoza dio la señal, me lancé al agua con el propósito de no hacer el ridículo. Pateaba con fuerza, hundía mis brazos en el agua con rabia, y lo hacía tan rápido como podía. Sigue, sigue, decía mi voluntad. Para, para, decían mis pulmones. Así que saqué la cabeza del agua para mirar a mis lados, y no vi a nadie. Mierda, el último. No puede ser, no puedo quedar el último. Nada, nada con más fuerza. Y lo hice. Con todas mis fuerzas, antes la muerte que el deshonor.
Y llegué. Toqué el borde. Me así con fuerza a una argolla y miré en qué posición había quedado. Para comprender lo ocurrido tuve que tomar oxígeno. Miré hacia atrás y, ni el más ligero de los demás, había cubierto una tercera parte de la piscina. Primero, fui primero. Por delante de muchos matones. Por primera vez, en algo físico, fui primero.
Ayer hice un triatlón. Los nervios de antes de la competición eran inmensos, ahora sé que se parecían a los de aquel día de septiembre de un año de los ochenta, y me los acrecentaba mi compañero, ayer por la mañana Caballo Loco. Cuando el juez gritó “gou”, como atunes en una almadraba salieron disparados miles de pies y de patadas. Yo me quedé el último, agarrado al pantalán, esperando encontrar mi momento. Y cuando lo vi, empecé a nadar, por fuera haciendo más metros, solo.  Con la cabeza metida en un agua turbia, del color del té si quiero ser fino, como caldo de caracoles si quiero ser exacto. Sin mirar, hasta que necesité tener la referencia de la primera boya. Iba fresco, nadando tranquilo, con mi mejor estilo. Piernas estiradas, pateando desde la cadera, la mano ligeramente girada, hundiéndose en el agua para empujarla hasta mi barriga y tronco extendido. Y miré a mi izquierda, los participantes boqueaban, se pateaban entre sí y no avanzaban. Yo desde mi trayectoria exterior iba más rápido y más descansado.
Todavía me quedaba un miedo en el cuerpo, el acople a mi bicicleta del siglo pasado. Con cambios por manetas en el cuadro, con rastrales. Pero, una vez me monté y tuve los pies metidos en los anticuados pedales, subir la primera cuesta fue una bendición. Y allí ya sabía que iba a terminar alegre, exultante por realizar la prueba. Hasta recuperé la sensación de desuello y ahogo de la carretera de Villarrubia que antes tanto transité en solitario. Y me congratulé por haber recuperado mi bici de aquel robo en la playa.
La carrera la hice con piernas de corcho, pero al lado de mi compañero. Corrimos bajo un sol abrasador, sobre un suelo de tierra reseca y dándonos la mano como dos italianos cabrones para esprintarnos en el último trecho. Lo justo para saber que los dos ganamos nuestra carrera y que vendrán nuevos retos. Espero que al lado de mi compañero.

jueves, 27 de mayo de 2010

LADRÓN, COFRADE, FUNCIONARIO Y DIÁCONO

(Dedicado a aquellos que no se dan cuenta de que estamos en el mismo bando)

Tú, ladrón, te has ido con honores. Tus rapiñas, tus coacciones, tus mentiras y tus chanchullos han sido premiados. El dinero que has atesorado lo guardas con avaricia, lo cuentas y lo recuentas cada noche para comprobar que podrías haber robado más. La historia se te ha acabado, y, aunque ha florecido la simiente plantada, sabes que ya no será para ti lo que tu hijo sustraiga. Y te lamentas por ello.

Tú, cofrade, has mancillado lo sagrado. Tus ansias de estar por delante de tu adorado Señor y de tu Virgen te han llenado de desazón. Castígate, fustígate, flagélate. Has pecado. Y ni siquiera las vigilias, las adoraciones nocturnas, las peregrinaciones a Tierra Santa moviéndote en Mercedes, los ayunos que hiciste comiendo langosta y cordero, te librarán, no de la condena de Dios, sino de la condena de tu propia alma negra.

Tú, funcionario, has trabajado para ti. Has montado tu oficina, tu empresa, tu pequeño imperio en este pueblo. Y te lo han permitido. Y te lo han consentido. Porque durante décadas has vendido tu firma, tu palabra, tu dudoso honor a cambio del silencio. Y has humillado, acobardado y coaccionado a los que elegías para darles un mísero sueldo. Y has sobornado y chantajeado a los que tenían que vigilarte.

Tú, diácono, te refugiaste en la Iglesia. Sí, olvidaste a Dios y te refugiaste en los brazos de la Curia. De la indecente Curia que te aceptó como a un hijo, porque tú como un fiel siervo has pagado los diezmos, porque tú como un fiel esclavo has perpetuado la doctrina del miedo y la sumisión. Porque tú has entonado el Padrenuestro pensando en el Becerro de Oro.

Yo te doy las gracias porque al irte nos castigaron. Sí, a aquellos que no quisieron unirse a tu homenaje nos castigaron como a niños traviesos con una hora más de trabajo. Te doy las gracias porque gracias al castigo celebramos tu marcha, como rebeldes, bebiendo cerveza a tu mala salud, brindando por tu adiós con la alegría de quien se cura de la rabia. Porque gracias a ti comulgamos con patatas fritas. Porque gracias a que te odiamos nos hicimos más amigos.

Yo te maldigo con la maldición que pueda enviarte este alma triste. Te maldigo pensando en que quiero que haya un Dios justo y que haya Cielo para que no lo huelles. Aunque yo tampoco lo haga.

lunes, 5 de abril de 2010

HAY ALGO QUE HUELE A PODRIDO.

(De un antiguo diario. Año 2005)

Quien trabaja con medio ambiente no debería asustarse de un mal olor, es habitual estar cerca de la descomposición de la materia, de la anoxia del agua, de los humos pestilentes de las cloacas.

Quien trabaja como funcionario no debería sorprenderse de la lentitud de la maquinaria administrativa, girando como una polea excéntrica, ora rápido, ora inmóvil, casi eterna.

Pero cuando se combinan ambas en lo que alguien conocido como Pdte. definió como "las cloacas del Estado" no puedo menos que sentirme como el personaje del cuadro de Munch, plano, retorcido en una mueca infinita, inútil para expresar mi rabia y mi dolor, impotente.

¿A qué viene esto? ¿por qué empezar así una mañana?

Esta mañana escuchaba a Ibarra proclamar la inocencia de Vera. Sorprendido por esto, lo comenté con mi compañera de coche, a la sazón izquierdista confesa, funcionaria con un puesto relevante, esperando un refuerzo a mi indignación. Lo que no esperaba es quedarme con ganas de llorar, sentir que la conciencia del mal no es universal.

Mi compañera justificó el terrorismo de Estado. Según ella: " la verdadera democracia no comenzó hasta el 82 y ETA intentaba desmoronarla, tú no puedes recordar aquello porque tenías pocos años, pero lo que hicieron los GAL fue evitar muchas muertes, a cambio de muy pocas. La manera de hacerlo fue la que utilizan todos los Estados, hasta los más democráticos. Lo que habría que hacer es indultar a Vera y zanjar la cuestión. Hay momentos en los que hay que poner en la balanza los pros y los contras, y aquel fue uno de ellos, había que salvar a la democracia y lo hicieron. Gracias a esto en España, comenzó la democracia en los 90."

Para mí sería fácil atacar personalmente a mi compañera siguiendo la trayectoria de sus contradicciones políticas, pero esto no me vale porque sus argumentos ni siquiera son suyos. Lo único que puedo pensar es, tomando prestada una definición de mi amigo Antonio Morilla, izquierdosa.

Pero me asustan varias cosas, entre ellas que no veo diferencia entre estos argumentos y los que han esgrimido golpistas de todas las épocas, esa labor de salvadores de patrias que tuvieron Franco, Tejero, Videla, Pinochet, Sttroessner.

Por otro lado, usando un principio de duda sistemática, debemos dudar de todo, hasta de llevar la razón. Podemos pensar que los militantes de ETA la pueden tener, que sus aspiraciones son legítimas; entonces, lo único que legitima nuestra postura es que no usamos el terror, la violencia, la muerte como arma; que intentamos vivir sin imposiciones, sin el miedo, sin la coacción. En el momento en que usemos las mismas armas somos iguales, asesinos, porque ni las ideas ni los fines importan.

Lo único que me ayuda a soportar la burocracia es que pienso que es garantía para el ciudadano, de que este procedimiento administrativo es necesario para asegurar el escrupuloso cumplimiento de todos los derechos de los ciudadanos. Si quienes han de mover sus hilos, buscan la formalidad en los procesos más rutinarios y la olvidan en los asuntos en los que hay que ser exquisito en el procedimiento, a lo que da lugar es a pensar que la burocracia no es sino una suerte de sadismo, un procedimiento para poner trabas, unos misteriosos arcanos que los funcionarios mueven en una particular liturgia.

Olvidar. ¿Olvidan las familias de los enterrados en cal?

Recuerdo siempre un viaje con mis compañeros de carrera, de Madrid a Asturias, decidieron parar en el Valle de los Caídos con la excusa de ver una construcción de hormigón armado. Yo me negué a parar y un compañero me dijo: "Hombre, olvida esto que pasó hace muchos años y es solo política.". Mi abuelo perdió su juventud y sus sueños picando piedra en aquel valle, sus padres malvivieron muertos de hambre hasta que de verdad el hambre los mató, no volvió a ver a sus hermanos....

Olvidar. Esa es la clave. Callar y olvidar. Como los borregos.

miércoles, 24 de marzo de 2010

LA TEORÍA DE INSPIRONES Y ESTUDIONES.

Esta Teoría, en puridad, no es ni mía, ni nueva. No recuerdo si fue enunciada por primera vez en la víspera de un examen de Fluidos o de Termodinámica, o en el aula del propio examen. Dice así:
  1. Los seres humanos son seres racionales. Sus conocimientos provienen de dos tipos de partículas fundamentales: los inspirones y los estudiones.
  2. Los inspirones y los estudiones son partículas subatómicas, con gran potencial energético. Son idénticas en características entre sí, salvo en su masa y en su velocidad.
  3. Los inspirones y los estudiones vagan. Son partículas itinerantes.
  4. La vida media de un estudión y un inspirón libres es muy corta, y depende de múltiples factores. Se estima en el entorno [2·10-6 s, 10 s.].
  5. La duracion de la vida de un estudión o un inspirón fijados en un individuo sano pasa a ser la duración de la vida del individuo.
  6. Para que estas partículas se fijen en el individuo, el individuo debe tener los puertos sinápticos activos.
  7. La forma de activar los puertos sinápticos para estudiones consiste en concentrarse en la lectura, en el estudio o en trabajos no físicos. Se debe realizar en zonas con gran concentración de estudiones. Estas partículas prefieren ambientes cerrados y con poco ruido pues son muy sensibles a los cambios de presión.
  8. Para activar los puertos sinápticos para inspirones no se conoce una forma concreta. Se han realizado estudios que demuestran la existencia de una predisposición genética a tener dichos receptores permanentemente cerrados o abiertos. Otros informes correlacionan la apertura de los puertos especializados para inspirones con la activación de los puertos para estudiones.
  9. Los estudiones tiene un alto grado de especialización, existen estudiones específicos para cada área del conocimiento. Los inspirones no tienen esa especialización tan determinada, y aunque existen inspirones de conocimiento muy específicos, la mayoría de los inspirones estudiados hasta el momento son muy generalistas y actúan sobre el modo de razonamiento.
  10. La fijación de estudiones provoca cansancio en el individuo. La fijación de inspirones, euforia. Se han documentado casos de individuos atacados por un inspirón que han llorado de alegría. La última vez que ocurrió en España fue en la Escuela de Ingenieros en un examen de dibujo. El individuo resolvió el problema de Idea Feliz. Se desconoce si además aprobó.
  11. Al ser partículas poco específicas existen falsos positivos en la captación de inspirones. Se han dado casos de soluciones para problemas de Cálculo Infinitesimal que correspondían a exámenes de Hogar. Sin embargo, siempre provocan euforia.
  12. La concentración de estudiones es inversamente proporcional al número de personas que se encuentren en el recinto. En las aulas de examen, es nula.
  13. La concentración de inspirones no se ha podido correlacionar con ninguna variable. Tiene un término probabilístico indeterminado, se supone azarosa.
  14. Todo el mundo ha recibido un inspirón en algún momento de su vida. Esto no quiere decir que haya podido usarlo. Es necesaria cierta cantidad de estudiones para determinar el uso adecuado.
  15. Cierto individuos no han recibido jamás un estudión.

viernes, 19 de marzo de 2010

LA POLÍTICA EMEPETRÉS.

Hace años, Inma y yo dejamos de escuchar música. El nuevo equipo de música con emepetrés que instalamos en el coche ponía en nuestra mano, de repente, setecientas u ochocientas canciones. Iniciamos un zapeo en busca de la canción perfecta. No más de un minuto de espera en cada corte. Terminamos con la paciencia y la tranquilidad que reporta prestar atención a una obra completa, dejamos de apreciar los distintos tempos y los silencios. Fue como coger todas las óperas del mundo, desnudarlas de recitativos, tomar las arias y quedarnos solo con los Do de pecho. Despojamos de sentido a la audición.

Hace días escuché a Rafael Escuredo, político de otra generación, menos formada en tecnologías que la actual, honda base moral, humanista y política. Eran otros los políticos, transmitían ambición de cambio, ilusión por hacer funcionar un modelo de gobierno distinto. Nada más, y nada menos, que la democracia. La Democracia.

Los políticos actuales, al menos los que yo conozco, no sabrán dentro de veinte años por qué tomaron una decisión u otra. Estoy seguro que ni siquiera serán conscientes de haber tomado decisiones. Los que yo conozco, actúan a impulsos. A impulsos de la calle, de encuesta o de popularidad. A impulsos, buscando en el efecto de lo inmediato la perpetuidad en el cargo. En el más profundo de su fondo no hay más discurso que las políticas de salón, hechas a medida para mostrarse mordiente en una tertulia o en una charla de casino. Los que yo conozco no son capaces de sentarse a dialogar y a razonar; incapaces de escuchar y entender la postura contraria; incapaces de negociar. Hablan a la radio. Hablan a la tele. Ante ellas se confiesan y anuncian lo que van a hacer. Son chispazos de razonamientos. Al modo en el que yo escucho la música en el coche. Adiós a las sinfonías. Adiós a la armonía. Adiós a la música.

sábado, 13 de marzo de 2010

IN MEMORIAM. MIGUEL DELIBES.

Si alguna vez escribo algo decente, algo realmente decente, se lo deberé a mucha gente, a muchas historias. Como dijo Miguel Delibes, he tomado de gorra de todos los escritores que he leído las palabras, las expresiones, el estilo. Entre ellos, como parte fundamental está Delibes, sobre el que se vertebran las primeras lecturas adultas y compone el esqueleto sobre el que se añaden todas las demás historias.

Con buen criterio fui guiado en mi primera adolescencia a la lectura de Delibes; en mi paso de la niñez a la adolescencia, de la inopia a la gilipollez, me acompañó un número ingente de obras de este autor castellano. En El Camino está la historia de todos aquellos que hemos dejado la ciudad natal cuando nos alcanzó la madurez; en un sentido mayor es la historia de todos aquellos que hemos creído ser maduros y pasar por una experiencia de transición. En El Hereje la historia de los que creen que este mundo puede cambiarse y descubren que ningún poder lo permitirá.

El estilo de Delibes, de Don Miguel Delibes, es sobrio, buen castellano, de Lengua y de sentir. En sus palabras, siempre precisas, oportunas, se condensa el mejor lenguaje que aprendimos, el mejor castellano, con aromas de pólvora, plumas de perdiz, becadas, bruma de campo a primera hora de la mañana. En sus escritos está la humanidad precisa, la ironía contenida, la tristeza del católico, la del periodista sabio y objetivo. La de un viejo profesor que nos enseñó a todos sin que nos diéramos cuenta de que nos enseñaba.

jueves, 11 de marzo de 2010

GRACIAS GAVI. GRACIAS PEPE.

(Carta a El País. Año 2007)
 
En 1995 en el transcurso del Viaje Tecnológico que los alumnos de la rama de mecánica de la Escuela de Ingenieros hicimos, so pretexto de visitar un edificio singular, realizamos una parada de dos horas en el Valle de los Caídos. Durante la preparación del viaje se discutió este asunto, porque yo, por respeto a mi padre, hijo de un ex combatiente del bando republicano, mostré mi repulsa a visitar este lugar. Aun así, por cosas de las mayorías, decidieron a última hora realizar la visita. La excusa que me dieron fue que ya era hora de dejar la política y la historia atrás.

No pude ocultar mi indignación y mi rabia. Jamás he considerado "política" los trabajos forzados, ni los servicios militares obligatorios que después cumplieron los que lucharon por sus ideas en el ejército derrotado y que fueron confinados en campos de concentración. En cambio, sí entiendo como Historia, todas aquellas historias y tragedias de los represaliados. Y creo con firmeza en que hay que saber contar la verdad, y escribir la Historia de este país incluyendo todos los aspectos duros y trágicos que se han olvidado hasta hoy.

Mi único acto de rebeldía fue quedarme en al autocar. Pensé que lo haría solo. Mi sorpresa fue que conmigo se quedaron Enrique, Antonio, Pepe y Gavi. Sé que los demás pensaron que estábamos borrachos o que éramos demasiado vagos como para salir. La realidad no fue así. Y lo que para muchos fue un acto menor quizás ya olvidado, para mí fue importantísimo.

Gracias Pepe. Gracias Gavi.