jueves, 23 de octubre de 2014

CONCURSOS Y TRAICIÓN

Hoy he publicado tres entradas en este blog; las tres tienen en común ser hijas de una traición. Y, sin ser grave para la humanidad, ni para mi vida, sí es reprochable haberla cometido contra mí mismo.

Las tres entradas surgen como participaciones en concursos de microrrelatos, uno sobre Julio Verne y otro de la cadena SER que debía comenzar con la frase con la que se inicia. Y la felonía no es sino la del propio hecho de presentarme a un concurso. 

Se habrá adivinado ya que no he ganado. Desde un punto de vista moral no ganar implica casi una redención, pues en el pecado de participar y no llegar a nada, va la penitencia. Pero mi mayor problema no está ahí, sino en mi inexistente propósito de enmienda. No es que piense en volver a participar, no. Es que pienso, de una forma objetiva, que los relatos ganadores del concurso de Verne no lo merecían, primero por incumplir muchas de las bases del concurso, luego, por ser de mala calidad. De muy mala calidad.

Piensen que tengo mal perder; piensen que mis relatos puede que no sean relatos. Pero, en cualquier caso, no piensen que creo que los míos son mejores. Claro que tengo la tentación de pensar que no entiendo la decisión del jurado, claro que tengo la tentación contraria, decir que los míos eran tan malos que no podían ganar ni a estos.

Y esa es la traición, dejar el camino que se sigue por optar a gustar a quien no se dirige esta escritura. Dejar de creer en una forma de hacer las cosas o de expresarlas.

Para quien quiera comparar:


HOMICIDIO


Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad. O, al menos, eso quiero imaginar porque no volvió a despertarse. Me cuenta mi hija que ella espiaba escondida tras la puerta y que lo vio depositar varios paquetes junto al árbol, sonreir, beberse casi de un trago la copita de brandy que le habíamos preparado y acurrucarse en el rincón de donde lo levantaría el juez. ¿Cómo explicarle a la niña que no era forma de vengar a los Reyes Magos mezclar la bebida de Papá Noel con la morfina del abuelo? ¿Cómo explicarle la desaparición del abuelo sin quebrar su infantil inocencia?

VERNE EN LA TORRE EIFFEL

La segunda planta de la Torre Eiffel ofrece una magnífica visión de París. Es sabido que este recinto privado alberga un lujoso restaurante que regenta Ducasse. Pero pocos conocen que el contrato de la concesión contiene dos cláusulas inamovibles, el nombre del restaurante, Jules Verne, no podrá alterarse y siempre habrá un pequeño rincón frente al mirador oeste reservado a determinado señor. Este hombre acudirá cada tarde a tomar allí café frente a la cristalera, desde donde, de forma callada, rememorará todas las obras que cree que ha escrito y los viajes que imaginó. Este hombre sueña con escribir, pensando que será hacerlo de nuevo, que nació en Nantes hace casi dos siglos y que vislumbró una nueva era en una época aun oscura. Sentado en un cómodo sillón siente a diario el cansancio de Nemo y de Robur, y la valentía de César Cascabel o del correo del Zar. Sobre todo se siente como Grant, el capitán, esperando a que sus hijos den con él.
Por si acaso va usted a París, no deje de pasar alguna tarde por allí y espere. Es posible que sea el día en que la Torre Eiffel emprenda, como la nave que es, su camino hacia las estrellas. Hacia la aventura infinita de ese señor del que nos cabe la duda de que no vaya a cumplir 187 años.
No se preocupe, a pesar del azaroso trayecto, comerá usted bien. Muy bien.

VERNE EN EL OLIMPO

Al llegar a aquel páramo descubrió lo que leía el señor de barba blanca. El tomo de De la Tierra a la Luna estaba ajado pero el barbudo no levantaba la vista. Cuando el señor Verne alcanzó su altura, aquel al que llamaron apóstol le dijo, Julio te esperamos, hoy 24 de marzo de 1905, te esperamos. Por qué lee usted mi libro, fue la respuesta al saludo. El señor Gagarin me lo prestó, según él, fue su inspiración para convertirse en lo que fue. No conozco a nadie llamado así, es lógico aun no ha nacido, entonces cómo, en este lugar no hay tiempo ni distancia, fue la sucesión de preguntas y respuestas previa a que Verne cerrara los ojos y recordara la forma en la que la mañana se había levantado fría y lluviosa y cómo él se había quedado dormido frente a la ventana imaginando a Robur en su aeronave atravesar las nubes.
De un sobresalto el señor Verne tuvo un ataque de lucidez y preguntó a aquel otro señor con gran familiaridad, dime si he muerto, dime si es este el cielo o el infierno. Y aquel que negó tres veces antes de que cantara el gallo dijo, has venido a un lugar que no conocen los mortales, a este espacio en el que habitarás con Nemo, Kerabán y Héctor Servadac, en el que te enamorarás mil veces de Nadia al vislumbrar un rayo verde y en el que defenderás la luz de un faro patagón. Has venido a un lugar con muchos nombres, donde, como dije, se entremezclan los tiempos y los hombres, aquellos que trascienden a los otros.
Verne, curioso e inmortal, solo tenía una pregunta, ¿ha leído usted En el País de las Pieles?

lunes, 6 de octubre de 2014

AGRADECIMIENTOS.

Hace tiempo pensé escribir una lista con todas aquellas personas que me abrieron la puerta para que saliera y que, en contra de lo que ellos pensaban, me hicieron un favor pues, en vez de cortarme un camino, lo que hicieron fue abrirme otro. No sé si son muchos o pocos estos encontronazos en mi vida, es decir, no sé si son más o menos que los de otras personas, ni si mis vivencias son más o menos que las de otros congéneres, lo que sé es que lo que he vivido y lo que he padecido, sentido, luchado, o dejado de padecer, sentir y por lo que me mantuve inane, ahora me han conformado de esta manera. Todo lo anterior es lo que me ha llevado hasta aquí.

Me habrían gustado caminos más fáciles, atajos, escaleras deslizantes, plataformas, puentes de plata, ayudas, bastones, sin embargo, con los rodeos emprendidos, con los caminos recorridos, con el desaliento, con el cansancio, se ha moldeado una persona. Y hablo de ella. 

Tengo dieciséis años, o diecisiete, y estoy en la cama, arropado por una colcha de estampado psicodélico y me veo.  Mis cuarenta y cuatro años, mi matrimonio, mis dos hijas, son una ilusión; una imagen con la que no he soñado. No reconozco al hombre que veo, ni su imagen, ni su estado, ni sus dolencias, ni sus miedos; no soy el hombre que sueño ser. Y en la nebulosa que hay alrededor del futuro creo que hay un camino que se ha perdido. 

Sí, el futuro es incierto, lleno de puertas que se abren en una sola dirección, que no pueden tomarse para volver, lleno de posibilidades sobre las que hay que elegir, imaginando que son como cuerdas que vibran y que están en muchos sitios casi al mismo tiempo. Tocarlas en un momento concreto determina una melodía u otra. Sí, puede que sea eso, cuerdas, cuerdas que como las que ataban el nudo gordiano se pueden deshacer con la voluntad, la espada de los que no tenemos otra arma. Y sí, a fuerza de voluntad, he llevado el futuro a un sitio que me gusta más.

Mis cuarenta y cuatro años, mi esposa, mis hijas, tienen nombre y rostro, fueron el futuro y son el presente, fueron la esperanza y hoy son mi vida. Hay poco más. Mi voluntad quiso llegar hasta ellas y hasta ellas arribé. Pero soy yo el que no me reconozco; no preví que llegar hasta aquí resultara tan duro y esforzado; no preví que sortear la marea del tiempo supusiera dejar atrás ilusiones y sonrisas, fuerzas, ánimos, sueños, carácter, entereza.

El tiempo me ha vuelto rígido, en casi cualquier sentido de la palabra. Con el tiempo me ha crecido como una coraza, casi como si el roce con el transcurrir del éter hubiera endurecido una capa externa de mí. La ligereza del muchacho que está en la cama, ese que es un suspiro, un sollozo, ha ido tomando consistencia, densidad, y ahora es como un pequeño blindado que intenta caminar con cuidado, atropellando sin querer, de vez en cuando, una flor. El tiempo ha cambiado la voz de este habitante de la cama plegable, ahora no sabría explicar con palabras argentinas que flor, blindado, coraza, éter, camino y demás son solo imágenes literarias y que no quiere agradecer nada a los que le han cerrado puertas, hay que batallar mucho para buscar otros caminos, y que él ha tenido suerte y ha llegado a donde quería llegar hace unos treinta años. Otros no la han tenido.

Sí, es la víspera de mi cumpleaños y esto parece triste; aquel muchacho de dieciséis que quería ser poeta habría escrito un poema, un cuento mucho más dulce o, incluso, un relato burlón. Este hombre de cuarenta y cuatro escribe esto. ¡He aquí lo que el tiempo hace con los retoños!. Si no fuera porque se encuentra la esperanza en el amor, en un poema de una niña, o en la voltereta de otra, sería para mandarlo a hacer puñetas.  

lunes, 11 de agosto de 2014

LOS DESORIENTADOS.

(ADVERTENCIA: NO LEER SI SE TIENE INTENCIÓN DE LEER LOS DESORIENTADOS DE AMIN MAALOUF)

No creo que mi visión de Oriente Medio sea la más certera, a la leyenda, a las historias sobre la caballerosidad de Saladino, o el esplendor de la corte Omeya, se sobreponen cientos de años en los que los habitantes de Líbano, Jordania, Siria, bien podían ser llamados moros o árabes. Incultura vil que han, si no cambiado, moderado las lecturas de libros y cómics sobre estos países, sobre Irán, Iraq, Turquía, Afganistán... Pero el poso de años de considerar a estas gentes los otros, los invasores, los bárbaros, los atrasados queda, y me sigo sorprendiendo, como buen lector, con las historias que provienen de allí. Como si me las contara Sherezade.

Pensaba que el título se refería a gente que se encuentra sin rumbo, pudiera ser; pero, se me ocurre, que se trata de gente que ha perdido "su Oriente", de exiliados, de extranjeros en el país en el que viven y de extranjeros en el país al que vuelven. Y es así también con los que permanecen en su país, han perdido el país en el que vivieron, pues si, este país que nunca nombra el escritor, ha sobrevivido a las guerras, su verdadero país, el interior, el que forman sus familias, sus amigos, sus vivencias, hace años que quedó atrás.

Esta historia es la de un reencuentro, la de una vuelta, la de un sortilegio, la de una catarsis. Es, para el protagonista, la historia perfecta; es, para los demás la historia que no viviremos; quizás no tengamos esas deudas con el pasado, quizás no tengamos esas necesidades y hemos aprendido a no dar la vuelta al pasado, sino a caminar hacia adelante; aunque nos pueda esperar en una curva la guadaña de la maldita muerte; pero hemos aprendido que así somos, con nuestras carencias, nuestros defectos, y nuestros afectos. 

Me turbó el libro, no puedo dejar de pensarlo; en una época en la que mi mujer está reencontrando sus raíces, en la que está reforjando la cesta que ya tenía en el pasado, yo también he sentido la necesidad de reencontrar, aunque sea en un simple mensaje, los mimbres una vez empezados a trenzar; los de Córdoba, los de los primeros años en Sevilla, los únicos válidos de la playa, los de Morón. 

Y no me quiero dormir, necesito el cuento de Sherezade, las historias refinadas y cultas de aquellos a los que Maalouf convierte en sus instrumentos, en la fantasía de un cuarentón que jamás fue feliz, que, quizás, jamás acabe la biografía de Atila. Adam, el primer hombre; Adam, ¿el último? 

Y pienso en mi patria, mi pequeña patria, formada por tres mujeres; y pienso en vosotros, amigos, amigas, familia, y siento que sois a la vez mi patria y mi frontera, a donde quiero llegar y de donde no me quiero ir.

Si se está turbado, no se puede quedar uno a medias tintas. Instalarse en mitad del camino hacia ningún sitio, mantener la boca medio cerrada, es una tontería, una rendición a las propias convicciones. Por eso creo que es mejor empezar de nuevo. Y sí, en esta ocasión es posible que destripe el libro.

Al acabar este libro pensé que a Amin Maalouf le faltó algo para convertir en obra maestra esta historia. Y es este final abrupto en el que el protagonista desaparece pero no del todo; sobra o falta algo. Si se tratara de una película se podría pensar que el protagonista ha muerto y que de alguna manera se ha de acabar el proyecto, por lo que lo mejor es acomodarlo. Tratándose de un escrito pienso que o le faltaron fuerzas, o ganas, o quiso estar acorde a los tiempos e imitar al cine. Y aquí lo mejor habría sido recurrir a la fórmula de señalar que el diario es un diario inacabado; de que quizás todo lo vivido lo vive alguien que al recibir la primera llamada entra en una especie de coma o cualquier recurso que o nos hubiera preparado para el desenlace o nos hubiera resultado una sorpresa. Para nada me conforma el final a modo de final de serie de televisión. Lo siento. 

Cuando comencé en verano la lectura, Israel bombardeaba Gaza y una facción radical y extrema del Islam extendía su horror por Oriente. Hace años Israel bombardeaba Líbano, Egipto o Siria y el terror estaba en Argelia, Irán, Iraq o Yemen. Por eso pensé que esta historia merece ese marco, un marco intemporal en un país innominado que parece vivir un atisbo de paz. Oriente es tierra de sutilezas, de complicaciones bizantinas en las que es fácil perderse, y yo no soy un experto en ellas. Mi visión de esta tierra no es, seguro que no lo es, la más certera. Pienso en leyendas, en historias de cruzados, en Saladino, en los Omeyas. Y mi vil incultura que yo creo moderada por la lectura de libros y cómics sobre Irán, Palestina, Siria, Turquía, Egipto, Líbano o Afganistán, demuestra que estoy convirtiendo en un todo a una pléyade de naciones y de culturas. Y mi fatalidad, o mi incultura, me hacen pensar que dentro de diez años, con distintos escenarios, Israel bombardeará algún territorio y el terror fanático nos atemorizará a todos. 

Desnortado. Esnortao. Aquí, en Andalucía se usa esta palabra como sinónimo de tonto, es posible que venga de despistado, es decir el que no encuentra la pista, la huella, el camino. Así entendí yo el título, referido a gente que se encuentra sin rumbo. Se me ocurrió, sin embargo, que se trata de gente que ha perdido "su Oriente", de exiliados, de extranjeros en el país en el que viven y de extranjeros en el país al que vuelven. Pero no solo son desorientados los que se fueron, los que permanecieron en su país perdieron, y cambiaron, el país en el que vivieron, pues si, este país que nunca nombra el escritor, ha sobrevivido a las guerras, su verdadero país, el interior, el que forman sus familias, sus amigos, sus vivencias y sus costumbres, hace años que quedó atrás.

El escritor nombra protagonista a un cuarentón, que vive y revive una historia perfecta; vuelve a su tierra, se reconcilia con sus recuerdos, cierra las historias con los amigos que dejó atrás, vive la pasión que nunca supo reclamar, y disfruta de una posición acomodada y privilegiada. Es como el sueño de un niño de cuarenta años. Quizás contado así, parece un personaje egocéntrico que poco puede gustar. Si alguno ha sufrido alguna vez un golpe muy fuerte sabe que, al principio, no duele, no se siente nada, y solo poco a poco, cuando se empieza a desentumecer la zona, empieza ese dolor como de agujas que se convierte en un dolor continuo e insoportable. Así entiendo yo el proceso de Adam. Un despertar, una catarsis, hasta un sortilegio. Hacia un punto en el que Adam no es nadie sino todos los amigos que fueron, todas las vidas que se cruzaron en él, y que, poco a poco, van llenando el vacío del exiliado, ocupando el hueco que él no dejó que terminaran de ocupar.  

Mi turbación no consistió en que sienta que tengo deudas con el pasado, no. Hay cosas, temas, asuntos, personas, actitudes, momentos, que se han cerrado mal o en falso. Claro, las hay seguro en la vida de todos. Pero no tengo esas deudas con lo ocurrido, no tengo esas necesidades y he aprendido, o lo he intentado, a no dar la vuelta al pretérito, sino a caminar hacia adelante; aunque me pueda esperar en una curva la guadaña de la maldita muerte; pero he aprendido que así soy, con carencias, con defectos. Con afectos.

Lo que más me turbó fue la búsqueda de los antiguos amigos, el encuentro con lo que son ahora, la convergencia en un punto actual de caminos que se separaron.Y es posible que sea porque veo que mi mujer se está reconciliando con sus raíces, que, por fin, abre los ojos hacia el futuro sin renunciar a lo forjado con antelación y yo he sentido la necesidad de pensar en qué mimbres empecé a trenzar que merezcan la pena ser retomados. Y eso me conduce a los amigos de Córdoba, estos a los que el tiempo ha agrandado y unido a una época llena de cambios, llena de ilusiones y de miedos, los compañeros de estación cuando estábamos a punto de coger distintos trenes; a algunos de los amigos de los primeros años en Sevilla, esos años duros, interminables, desazonadores, desesperanzadores; a uno de los amigos que conocí en la playa y que se convirtió en compañero de charlas y de anhelos, de coloquios sobre libros, y sobre las mujeres; a otros de los que por el trabajo conocí y trascendieron más allá del horario compartido. Todos tienen nombre, todos saben quiénes son.  

Sentí, leyéndolo, que no quería dormir, que necesitaba el cuento de Sherezade, las historias refinadas y cultas de aquellos a los que Maalouf convierte en sus instrumentos, en la fantasía de un cuarentón que jamás fue feliz, que, quizás, jamás acabe la biografía de Atila.  

jueves, 19 de junio de 2014

COMENTARIOS.

Un blog es un cuaderno. Virtual, electrónico, pantalla al mundo o lo que sea. Sí, tecnología del siglo XXI, de finales del XX, y ya desfasado. Sí, ya ha cambiado la forma de escribir. Desde el relato oral al papiro, luego al papel, a la imprenta, a la máquina de escribir, hemos llegado a la puntilla. Al comentario destilado que apostilla.

Salvo para la ironía, el sarcasmo, o para dirigir a un conductor despistado, no me bastan dos frases. Bueno, con dos palabras como te amo, por favor, te quiero o con monosílabos como ven, sí o no, se construyen mundos y vidas. Pero para expresar lo que significan seis años de ensueño, un reinado de 40 años, los desastres de Calatrava, o el abandono en nuestro país de la educación o la sanidad, dos frases se quedan cortas.

Dirán algunos, si no sabes hacerlo con esos mimbres es que no sabes resumir lo que piensas. Yo, que no sé si pienso, o si lo que hago es rotar ideas en mi mente a la manera de las balas en el cargador de un revólver, no lo entiendo. Pues no creo que de cualquier cosa se pueda tener la seguridad para resumir la propia opinión en una frase o en un meme, porque no creo que esa frase pueda albergar matices con todo lo que se quiere expresar y que, dada su cortedad, hemos aprendido a rellenar lo que sugieren las frases de los demás a nuestro antojo. De ahí los problemas,  que también los suscitan estos nuevos medios.

Estamos dejando a la prensa, a los tertulianos, a los politólogos que sean ellos los que rellenen, y dominen, en nuestro mundo, la información y el pensamiento. Y nosotros nos estamos dejando, nos basta con la comodidad de hacer un comentario. De hacer un titular para ser retuiteado, a veces solo con la intención de saber que nos siguen. No importa que ni siquiera nos lean.

Un blog es un cuaderno, esto ya fue dicho. Un blog responde a algo anticuado, esto también. Y les pido que sean anticuados y me cuenten qué les parecen las entradas, si las leen. Pues, a veces, este fondo negro desconsuela, uno ve que han sido más de ocho mil visitas a sus páginas, y piensa, si es eso lo que hace, al ver las estadísticas de la página, que solo puede tener seguridad de que sean visitas reales las que provienen del extranjero y que la mayoría de las de aquí, son entradas del propio autor para corregir y pulir.

Comenten, comenten, pero no sean cortos. O sí, pero comenten. Por favor.

miércoles, 18 de junio de 2014

LLAMADME FRIKI.

My Dear Tod Browning, if only you could see, if only you could know how much damage your film of 1932 has done. Just for a while I would be pleased to know that people understood your message, but I realise that over concepts the shadow of a name has flown. 

Neither Poetry nor Maths are for monsters; neither people without legs or arms nor people low minded could be considered nature fails; neither any of the creatures that in this moment are sharing our room, our time, our age could be considered freaks, except those who have taken the straight path to evil or those who have preferred to forget those things that are made with heart, and heart, too.

So, please, clever people, you, who can play and run, you, who have the sacred gift of enjoying life without suffering; you, damned happy and beautiful people, call me freak. Call me freak and name me friend of Poetry, Theatre, Literature, Physics, Maths, History, make me friend of forgotten people, make me companion of a Legion, that one composed of hearts and souls, heavy and damaged hearts, light and eternal souls.

Llamadme Friki. Call me Freak.

miércoles, 4 de junio de 2014

LA MONEDA

Si alguien me tiene por alguien de izquierdas me gusta pensar que acierta. A esta persona no le sorprendería que La Moneda fuera un edificio referencial para mi vida. Se confundiría, sin embargo, si dijera que la fecha a la que asociarlo es la del 11 de septiembre, en palabras de Silvio Rodríguez,  la del doble salto escalofriante.

Si alguien que me conoce dijera que me gustan los grabados, también me inclino a pensar en su certero diagnóstico. Erraría quien conociendo mi biografía pensara en Durero y en su antológica exposición en la Escuela de Artes y Oficios. Durero es un genio, pero los vientos y las tintas aprendidas al sol de África son algo más para mí.

Si alguien me dice que me gusta el vino, aquí acertaría. En el centro de la diana. Pero, ¿y la cerveza?, ¿y las cabinas de teléfono?, ¿y perderme del grupo?. Sin duda un lector no avisado, y no avispado, no dará con la tecla de este galimatías que cuento. Pero, permitidme, lectores, que mantenga la historia, nuestra historia, en este secreto.

Permitidme lectores, que diga, nos gusta La Moneda, la de Sevilla. Nos gustan los grabados, los de Bea. Nos gusta que nos inviten a eventos, recuérdalo Mari Nieves. Nos gusta la cerveza, la de las exposiciones y la de ese bar en el arco centenario. Nos gusta perdernos, y besarnos, mantener la tensión, la ilusión y los secretos. Nos gusta.

Veinte años más tarde. Que no son nada.

jueves, 29 de mayo de 2014

EL DÍA QUE ME SEPARÉ DE C.B. II. EL ENCUENTRO.


Perseguido por el lamento de las banshees, dolido por el dolor de las actrices, abrumado por la cercanía del abismo. Así he transitado por los filmes; así, como Orfeo, en pos de la puerta del Hades, así, he caminado. Y te encuentro aquí, C.B., jugando en el sofá de Martín Hache, congelando botellas de vino de Champagne, manejando una esfera de cristal a la que unos días llamas Xanadú y otros Rosebud. Díme, ¿qué haces aquí, C.B.?
 
¿Quién eres tú para preguntarme? Yo soy la opinión, yo soy el crítico, yo soy quien decide la moda, quien entroniza a los maestros, quien despelleja a quien se le antoja.
 
Junto a C.B., quien ahora está en el camarote del Nautilius, vestido de Nemo, dormita su compañero. Groupie lo llaman algunos. Esclavo lo siente él. El compañero está gordo, tendrá unos cincuenta años, la piel de la cara un poco picada desde una adolescencia atroz, el pelo cortado con un estilo que fue novedoso hace décadas, la ropa de color estridente es demasiado ajustada en unas zonas, demasiado holgada en otras. El compañero dormita. Asiente a las palabras de C.B., pero dormita. Dormita.
 
C.B. charla, expone, cuenta; parlotea y solo él se escucha. C.B. no responde a nada ni a nadie, y ni siquiera mi pregunta de por qué muestra tan poco respeto al decir que no le interesan determinados trabajos, determinadas personas,  motivan una respuesta más allá del me aburren y no me interesan.
 
C.B. cuenta cómo descubrió el poder de deshacer egos y reputaciones, cómo su aspecto desaliñado y su odio a la felicidad le han dotado de una credibilidad superior a la del resto de los mortales, cómo desde su púlpito puede hablar de películas, y de música, y de salmón, y de whisky, y de libros, y de lo que desee. Él, C.B., es el amo. Y no le importa destruir vidas o mundos, el placer que el poder le otorga vale más que esas vidas, que esos mundos.
 
C.B. calla. El Colt frente a su cara, ese Colt que se convierte en una Lüger, una Beretta, un Magnum o una Remington, a medida que caminamos por El Desafío de las Águilas, El Tesoro de Sierra Madre o Perdición, lo intimida. Nunca le gustaron a C.B. las películas con final feliz; y lo que no sabe es que, quizás, a mí sí. C.B. calla, porque por un momento ha adivinado mi gusto por un final feliz, pero no sabe en qué consiste.
 
C.B. sale al desértico paisaje donde el 7º de Caballería carga. Yo me doy la vuelta, tiro al suelo mi revólver y camino por una senda interminable en un cementerio de Viena. Suena la melodía escalonada de una cítara.
 
El compañero de C.B. dormita. No importa quién venga luego. Él asentirá. Y dormitará. Ahora, dormita. Dormita.

LA BÚSQUEDA